martes, 22 de diciembre de 2009

Las exenciones religiosas VIP o de cómo “gaviotear” una bendición nupcial

El numeral 1055 del derecho canónico define el matrimonio como un “consorcio de toda la vida”, y el 1056 considera la indisolubilidad como propiedad esencial de esa unión. Según el canon 1141, “El matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte”. El matrimonio es rato si es sacramental, es decir, si se ha efectuado entre personas bautizadas, y ha sido consumado “si los cónyuges han realizado de modo humano el acto conyugal apto de por sí para engendrar la prole” (canon 1061).

La Iglesia no anula matrimonios consumados, es decir, no atiende, como en el caso de la ley civil, causas posibles de disolución del vínculo matrimonial una vez que dicho vínculo ha cumplido de origen con las condiciones de validez, pero tiene la facultad de declarar la nulidad de un matrimonio si en el preciso momento de la unión hubo circunstancias que lo hicieron improcedente o inválido. Es decir, la duda que interesa despejar es si los cónyuges verdaderamente se han casado, o si su matrimonio fue nulo de origen, independientemente de lo que haya ocurrido en el transcurso de la vida matrimonial. El juez eclesiástico establecerá si verdaderamente se celebró el matrimonio, o si se interpuso alguna dificultad por la que el consentimiento emitido no fue válido.

El tribunal, por tanto, sólo puede dar dos respuestas: sentencia pro nullitate o pro validitate: el matrimonio fue nulo o válido.

Las principales causas de declaración de nulidad matrimonial se agrupan en tres ejes:

1.- Los impedimentos matrimoniales o inhabilidades para ser contrayente legítimo, como estar ya casado con otra persona o que la pareja tenga una relación de parentesco próxima, entre otras.

2.- Los defectos del consentimiento matrimonial. El consentimiento matrimonial presupone la capacidad y madurez mental de los cónyuges para asumir la responsabilidad de la unión, la cual no ha de haber sido propiciada por violencia, engaño, simulación o condicionamiento. El acto no puede ser declarado libre, pleno y responsable si el participante: a) Carece de suficiente uso de razón; b) Tiene un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio; c) No puede asumir las obligaciones del vínculo por causas de naturaleza psíquica.

3.- El tercer eje es la forma de celebración del matrimonio: los contrayentes han de ser católicos y haber celebrado el acto ante una persona designada por el derecho canónico, como el párroco, sacerdote o diácono delegado, y ante dos testigos.

Cuando alguna de las condiciones de estos tres ejes no se cumple el matrimonio puede declararse nulo “en un proceso judicial mediante pruebas fiables que lleven al tribunal eclesiástico a una certeza moral de su invalidez, expresada en la correspondiente sentencia de nulidad”. (Para toda esta información, remito a la página electrónica http://www.iuscanonicum.org).

Sirva la extensa y engorrosa explicación anterior para dar cuenta de las complicaciones que supone lograr una sentencia de nulidad matrimonial, la cual faculta al postulante para contraer nuevamente un matrimonio religioso. Para mucha gente, aun cuando tenga intenciones de casarse de nuevo después de un divorcio (civil), este proceso no es fundamental en la medida en que un segundo matrimonio por la iglesia no le es significativo. Al contrario, algunas personas son capaces de falsear datos para lograr el propósito. Tal es el caso de alguien que alega que su cónyuge padecía de “insanidad mental” al momento de contraer matrimonio, cuando, contradictoriamente, fue capaz de convivir con esa pareja durante, digamos, más de 15 años, en cuyo transcurso procrearon hijos y llevaron una vida más o menos estándar.

Viéndolo desde un punto de vista en cierta medida contrario, las causas de nulidad matrimonial no dejan de prestarse a la manipulación ni de contener vicios burocráticos como los de cualquier otra institución: si se cuenta con los “apoyos” necesarios, no debe ser tan difícil tergiversar documentos o situaciones de origen para lograr el propósito final. Además, es curioso que detalles meramente técnicos, como algunos de los mencionados más arriba, puedan ser causa suficiente para anular años o décadas de vida en común de un matrimonio que se comportó como “religioso” durante todo ese tiempo.

No hay que olvidar que la búsqueda de la nulidad matrimonial, sobre todo cuando existe la intención de unirse de nuevo con otra persona, o ya se ha establecido ese vínculo por la vía civil, obedece a la negativa de vivir en “pecado”, pues ése es el estatus que la Iglesia impone a quienes optan por esa decisión: volver a casarse por la vía civil después de un matrimonio religioso, equivale al pecado de adulterio, por lo que la persona en cuestión no puede comulgar ni confesarse. La iglesia reclama ese “pecado” en diversos ámbitos, no sólo en lo que compete a los sacramentos. Véase el caso de una madre de familia divorciada y casada de nuevo que pretendió, por razones ajenas a lo religioso, inscribir a su hijo en una escuela católica pero su solicitud fue rechazada por estar viviendo “en pecado”, según las palabras literales del funcionario de la orden que la atendió. Evidentemente en dichas escuelas no realizan exámenes de honradez y moralidad a la comunidad de padres, compuesta en gran medida por empresarios y políticos de renombre, ya que para la institución educativa es suficiente el dato técnico de que “no viven en pecado”.

Por lo regular son los católicos VIP, grandes empresarios, conocidos políticos, actores, actrices, gente con poder, quienes pueden solventar los largos y onerosos trámites que el procedimiento de declaración de nulidad implica; además, esos personajes suelen contar con la amistad de altos jerarcas de la iglesia, quienes les funcionan como asesores e intermediarios (la gente famosa y con rating puede coadyuvar a contener y cohesionar el redil). Esto nos lleva al eterno tema de los privilegios que otorga la institución religiosa según las clases sociales, lo que implica la no igualdad de los fieles ante ella, la antidemocracia clerical, la discriminación (léanse arzobispos y obispos que casan y bautizan solamente a miembros de las clases pudientes, fanáticos de las páginas de sociales, etcétera).

Pongamos por caso las declaraciones de nulidad matrimonial otorgadas a los sendos primeros matrimonios de Vicente Fox y Marta Sahagún, quienes gozan nuevamente de una cándida unión religiosa. No es una casualidad que los dos consiguieran el fallo a favor por parte de la justicia eclesiástica, incluido el receso obligado del ex presidente para que lo declararan psicológicamente apto para dar el añorado paso. Por cierto, según el obispo de San Cristóbal de las Casas, Felipe Arizmendi Esquivel, la “Santa Sede declaró nulo el matrimonio religioso del ex presidente (…) porque se comprobó, después de estudios especializados, que tenía graves trastornos de personalidad en el momento de haberse realizado la ceremonia” (http://www.exonline.com.mx/diario/noticia/primera/pulsonacional/experto_cuestiona_alarde_de_fox_por_segunda_boda/456214). ¡O sea que los ciudadanos no estábamos tan mal en nuestras apreciaciones: Fox sí estaba mal de la cabeza! ¿O se tratará de un trastorno especial que afecta a la persona, luego la abandona (cuando tiene el cargo de presidente, por ejemplo), después la vuelva a afectar, y así sucesivamente?

Y por supuesto, el reciente caso de quien se siente ya candidato presidencial, si no es que presidente de México, Enrique Peña Nieto (o “golden boy”), al montar tan burdamente, para congraciarse con la tendencia antilaicista que se promueve con empecinamiento en el país, la escena del anuncio de su boda frente al mismísimo Papa para conseguir su bendición (¡que todo México y el mundo se entere a través de las cámaras de Televisa enviadas ex profeso!), y también con el fin de abonar argumentos para la declaración de nulidad del primer matrimonio de su futura esposa, la actriz Angélica Rivera (la Gaviota). Después de esa bendición, ¿quién de la iglesia se atreverá a interponer obstáculos para que la ex esposa de conocido productor de aquella misma televisora quede libre para casarse de nuevo por la ley de Dios, y como Dios manda?

Habrase visto mayor ridículo, mayor desacierto, mayor alarde anticonstitucional en un país que no encuentra salida para su recuperación, en buena parte por ignorar o darle la espalda a las enseñanzas de la historia.

Durante la breve entrevista y posterior rueda de prensa el susodicho reiteró, como para continuar cosechando votos del ala conservadora y azul a la que parece estar apostándole todo, que existe una “espléndida relación con los obispos de su entidad”, alardeando soberana indiferencia a los principios del laicismo.

¿Qué pensarán de todo esto algunos compañeros de partido del gobernador del Estado de México, integrantes, junto con miembros de otros partidos y destacados académicos e intelectuales, del recién creado frente “Ciudadanos en defensa del Estado laico”, cuyo fin es preservar la separación entre el Estado y la Iglesia y oponerse a las “acciones que buscan instaurar un régimen confesional en el país”?

Por lo pronto su desplante, inmaduro, alocado, irracional, grotesco, irrisorio, propio de un imberbe aprendiz de actorcillo cilindreado por Televisa, no insulta la inteligencia del espectador. Su condición de político premoderno, anacrónico, trasnochado, es demasiado obvia.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Las nuevas brujas de Veracruz


La atribución, sin diagnósticos claros y precisos, de enfermedades mentales y facultades sobrenaturales nada inocuas como la brujería, a las mujeres, es una práctica antigua.
En la Europa de la Edad Media y más fuertemente en los siglos XVI y XVII, tuvieron lugar las célebres y atroces cacerías de brujas. El sustantivo femenino corresponde precisamente al hecho de que las perseguidas eran sobre todo mujeres que mostraban comportamientos distintos a los esquemas permitidos o tolerados: por ejemplo rebeldía o “mal carácter”.
Muchas mujeres, en realidad melancólicas o histéricas, fueron consideradas brujas. Para que la conversión de una a otra figura pudiera ser consistente, tuviera una lógica, existían recursos basados en la medicina de la época. Así, uno de los tantos intentos de explicación del humor negro o melancolía tenía que ver con la acción del demonio: éste se aprovechaba de la bilis negra para provocar males en las personas. Según algunos médicos, el diablo inducía con mayor facilidad a las mujeres pues el sexo femenino “es inconstante en razón de su complexión, de creencias ligeras, malicioso, impaciente, melancólico por ser incapaz de dirigir sus afecciones: y principalmente las viejas débiles, estúpidas y de espíritu vacilante” (citado por Roger Bartra en Cultura y Melancolía).
En 1610 ocurrió la última ejecución de brujas en Holanda; en 1684, en Inglaterra; 1745, en Francia; 1775, en Alemania, y 1782 en Suiza. Pero vendrían otro tipo de cacerías cuyas presas serían también las mujeres.
En el siglo XIX, en un pabellón del famoso hospital de la Salpêtrière de París, se encontraban hospitalizadas, en una mezcla nada favorable, pacientes “alienadas”, “histéricas” y epilépticas, es decir, las que padecían trastornos psicológicos o psiquiátricos convivían con enfermas que soportaban síntomas mucho más severos, violentos y traumáticos, o por lo menos más estrepitosos (El teatro de las histéricas. Y de cómo Charcot descubrió, entre otras cosas, que también había histéricos, Héctor Pérez Rincón). Las consideradas alienadas e histéricas eran enviadas ahí por sus familiares con argumento tan vagos como que presentaban “constantes crisis nerviosas” y comportamientos “caprichosos e impredecibles”. En realidad se trataba, nuevamente, de conductas no consideradas positivas ni deseables en el sexo femenino, tales como inusitados afanes de independencia, carácter fuerte que pretendía imponerse, crítica o rechazo de las normas morales prevalecientes, comportamiento sexual reprobable en una mujer, etcétera.
En 1835, el médico y antropólogo James Cowles Pritchard, acuñó el concepto de insania moral para designar estados de propensión a la melancolía y la pena, que luego daban lugar a “períodos de condición opuesta de excitación preternatural” (lo que después se conocería como enfermedad maniacodepresiva)”. En ese “desarreglo moral”, las personas mostraban expresiones inusuales de “sentimientos fuertes”, principios de conducta “pervertidos” y eran incapaces de comportarse con decencia y propiedad. Para ilustrar el caso, Pritchard pone el ejemplo de “una mujer modesta y discreta (que) se transforma en violenta y abrupta en sus maneras, locuaz, impetuosa y gritona”.
De ahí en adelante, en el membrete “insania moral” quedarían comprendidas las mujeres cuyo comportamiento no es el que la sociedad tradicional espera. Argumentos absurdos para sustentar supuestos diagnósticos de locura o insania moral, abundaban. He aquí algunas expresiones que podrían considerarse típicas: (de un médico a su paciente) “Su delirio es total, y lo más peligroso e incurable es que usted habla como una persona en plena posesión de su raciocinio”, “usted padece de ‘orgullo incurable’”; (de un doctor a los padres de una chica destinada al manicomio) “Quiere demasiado, tiene demasiadas ideas, es demasiado independiente. No sabe lo que es mejor para ella. No sabe qué es una conducta adecuada. Es moralmente insana”.
Los propios padres, quienes con engaños trasladaban a sus hijas a las clínicas, se mostraban intolerantes y escandalizados ante conductas y actitudes “fuera de lo normal”, al grado de estar completamente seguros de que lo mejor era aislarlas, muchas veces para toda la vida. Así, una madre le dice al médico que su hija “lee novelas de Zola, tiene un affair con su tutor y desea ganarse la vida como profesora de piano”; además rechaza la religión y dista mucho de tener fe en la autoridad, lo cual la convertía en una candidata ideal para el hospital de salud mental (Juicio a la psicoterapia, Jeffrey Masson Mouffaieff).
Todo esto ocurrió en países como Francia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos durante el siglo XIX y buena parte del XX.
Ahora en México, el 17 de noviembre de este año, una diputada del Congreso del Estado de Veracruz, avalada por las bancadas mayoritarias del PRI y el PAN, presentó la iniciativa de sustituir, para el delito de aborto, “la pena privativa de libertad por un tratamiento médico integral y multa”. Se trata de una reforma al Artículo 150 del Código Penal del Estado, infructuosamente desaprobada por el PRD, PT y Convergencia (treinta y siete votos a favor, seis en contra y cero abstenciones), que quedó así: “A la mujer que se provoque o consienta que se le practique un aborto se le impondrá un tratamiento en libertad consistente en la aplicación de medidas educativas y de salud y multa de setenta y cinco días de salario mínimo”.
Es decir, en ese estado, quien aborte ya no irá a la cárcel (mientras no reincida), sino que recibirá tratamiento médico, de lo que se infiere que las mujeres que abortan están... enfermas, necesitan rehabilitación.
Esta propuesta pone en evidencia la fabricación despiadada de una nueva satanización de las mujeres que practican el aborto: ¿Enfermas? ¿Brujas?
Según la aclaración de un diputado promotor del texto de reforma, las medidas que se aplicarán en ese tratamiento integral son “laborales, educativas, de salud o de cualquier índole…”: un tratamiento “con las medidas educativas de salud” (sic).
La intención nada inocente de la iniciativa se comprueba al leer la versión estenográfica de la sesión, durante la cual la diputada Dalia Edith Pérez Castañeda, única priista que votó en contra de la reforma, solicitó tiempo para revisar con cuidado el texto antes de la votación, pues no se habían entregado copias a los miembros del congreso, es decir, ¡no lo conocían!, pero el presidente en turno se negó, arguyendo lo siguiente: “Finalmente, el resultado de la votación le va a permitir a usted o a cualquier diputado hacer el debate sobre el tema”. Es decir, se pretendía que la discusión se diera después de que el texto fuera votado, y así ocurrió: la propuesta fue aprobada por el PRI y el PAN y después se procedió a la discusión.
Todavía más: inicialmente la Junta de Coordinación Política había acordado que ese punto no se incluyera en el orden del día de la sesión del 17 de noviembre, pero en ausencia de la diputada del PRD, Margarita Guillaumín Ramírez, quien después denunciaría el hecho ante el pleno, el resto de los diputados decidió que sí se incluyera, pero una vez que ya había concluido la sesión de la Junta, por lo que esa modificación era formalmente improcedente.
Con trampas, pues, la iniciativa logró colarse y los ganones fueron, en contubernio como muchas otras veces y cada vez con mayor frecuencia, el PRI y el PAN.
La diputada Guillaumín criticó el “benévolo concepto de que (las mujeres que abortan) están enfermas, están perturbadas, están locas, son ignorantes”, cuando lo que necesitan es “vivir en un Estado de derecho, en un Estado laico, en un Estado que respete la libertad, la vida, la dignidad y las diferencias religiosas, ideológicas y filosóficas…”. Pero sus palabras fueron terminantemente ignoradas.
Bienvenidos, pues, a la cacería de brujas neomedieval en plena era posmoderna.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Perdón por el pesimismo:
Si la muerte de 49 niños sigue impune, no tenemos remedio como sociedad


Perdón por la tristeza, dice Joaquín Sabina en una fina paráfrasis al “Perdonen la tristeza” de César Vallejo. Para completar el cuadro que nos toca interpretar habría que agregar: “Perdón por el pesimismo”. Pesimismo, precisamente, por estar advirtiendo la tristeza, por ésa que comienza a abundar, a penetrar en los individuos, a permear los ambientes. La tristeza producto de la decepción, la incredulidad, el escepticismo, la impotencia. La que se respira en los espacios de la pobreza, el desamparo, la desigualdad, la injusticia; en los hoyos negros de la impunidad.
La tristeza resultado del cansancio acumulado de decenas de años de relativa esperanza que llevamos a cuestas los que compartimos el transcurrir de parte del siglo pasado y de éste que, parece, no cumplirá su sino.
Si la esperanza muere al último, pareciera que la carrera está por terminar.
Cuando hablamos de política en este país, las verdades de Perogrullo se convierten en una necesidad. Decir “políticos corruptos, insensibles e irresponsables” es en realidad una perogrullada, porque cumple con las condiciones de clara evidencia y obviedad que caracterizan a esas verdades. Pero seguimos repitiéndolas porque, tras la falta de reacciones adecuadas, positivas e inteligentes de parte de los gobiernos y los políticos frente a la decadencia en picada que soportamos, no nos queda más recurso que la palabra, ya sea a través de la escritura o de los gritos descarnados de quienes piden justicia en mítines, marchas, plantones, huelgas de hambre, y desde sus propios hogares –o devastados espacios en donde estuvieron fincados sus hogares, si hogares se les pudo llamar– los humillados y ofendidos, los olvidados, cuando, por ejemplo, las fuerzas de la naturaleza arrasan con su paupérrimo patrimonio de un minuto a otro.
Pese a las demostraciones constantes de que las circunstancias cambian pero para empeorar, nuestra capacidad de asombro se mantiene: a pesar de todo seguimos creyendo, o nos esforzamos en seguir creyendo, no nos resignamos, pero esa fuerza impulsora natural hacia la confianza y el optimismo se ve traicionada una y otra vez, y el asombro negativo prevalece para dar lugar al pesimismo, la tristeza.
Sin embargo, la capacidad de creer no puede ser eterna. Habrá que sustituirla por nuevas acciones que ya se están urdiendo en muchos rincones de México.
En autocrítica –la cual esperemos dé lugar a muchas de esas acciones contundentes de rebeldía productiva, constructiva–, estamos alejados de las desgracias ajenas, desvinculados, desconectados unos de otros; no existen instancias, estructuras viables y efectivas de conexión, de comunicación y por lo tanto de solidaridad. La sociedad mediatizada es, como nunca, el fenómeno que nos tiene en estado de sitio social. Para muchos el mundo es lo que las grandes televisoras deciden difundir. Y punto.
Sabemos muy poco. No sabemos nada.
Entran y salen, llegan y se van generaciones de políticos y nos siguen traicionando. Se ha llegado al extremo de que si queremos saber qué es lo que los gobernantes no harán durante sus gestiones, sólo hay que escuchar atentamente sus promesas de campaña: “todo lo que digan será al revés”, como dice el dicho juguetón. Estamos situados no ya en el doble discurso, sino en el discurso al revés. Tal es el caso de mayor impunidad de los últimos tiempos: el de la guardería ABC y las promesas de justicia de Guillermo Padrés cuando era candidato a gobernador. Un elemento más para el asombro, y para el pesimismo y la tristeza.
Al igual que hace casi seis meses no conocemos a detalle y profundidad el estado de los familiares de los niños fallecidos en el incendio, ni el de los pequeños cuya salud se vio gravemente afectada, en algunos casos para toda la vida, a consecuencia del siniestro. No se ha molestado el nuevo gobierno en hacer el diagnóstico global de la tragedia, y tampoco, claro, se ha aplicado la ley; mucho menos se ha hecho justicia.
Si hay alguna razón legal o justificación jurídica avaladora de que las pompis antes tan pronunciadas de Alejandra Guzmán y hace unos días bastante enfermitas (perdón por el ejemplo tan difundido, pero es muy bueno), generen de manera casi inmediata la acción de la ley, en contraste con la no aplicación de ésta en el caso de la muerte de 49 niños como resultado de la negligencia de los dueños de la guardería y funcionarios de los tres niveles de gobierno, la ley no sirve y este país no tiene remedio.
La impunidad en el caso ABC es un asunto de clases sociales, de contubernios, de complicidades delictivas, del miserable Estado de Desecho de este país del cinismo.
Perdón, pues, por el pesimismo, la tristeza...

jueves, 19 de noviembre de 2009

La increíble y triste historia del guion desconocido y sus censores desalmados


…lo dijo Hermann Broch: la única moral de la novela es el conocimiento; es inmoral aquella novela que no descubre parcela alguna de la existencia hasta entonces desconocida; así pues: ‘llegar al alma de las cosas’ y dar buen ejemplo son dos intenciones distintas e irreconciliables…
Milan Kundera, El telón



El propósito de la literatura es explorar la condición humana, “llegar al alma de las cosas”, como quería Flaubert. En el sustantivo “cosas” están contenidas todas las humanas, todo lo que concierne, compete, corresponde al hombre. Nada de lo humano le está vedado a la literatura: desde los sentimientos más excelsos hasta las más execrables pasiones; los comportamientos “rectos” como los considerados perversos; la nobleza y la virtud, el vicio y la bajeza. Con Kundera, el enigma que interesa al novelista es tan amplio y complejo como el enigma existencial.
Una obra literaria no se juzga a partir de criterios morales sino estéticos. La justicia que una obra persigue no es de índole moral sino poética, y es a partir de sus reglas internas como se le puede considerar estéticamente válida o no. Pero claro, el juicio estético no representa un problema menor: no existen criterios plenamente objetivos en los que pueda basarse, los valores estéticos son históricos y no inamovibles…, etcétera. Sin embargo, existen vastos consensos que hacen valorar al Quijote y a la Divina Comedia como expresiones de la gran literatura.
Algo que está presente en las grandes obras literarias es una especie de mecanismo de “devolución” de la complejidad a las cosas humanas, algo así como la subversión del “automatismo de la percepción” que proclamaban los formalistas rusos como misión de la literatura. Así, los asesinatos de Crimen y castigo y de El Extranjero no están ahí para ser juzgados desde el punto de vista legal o moral, es decir, a partir de un automatismo que lleva a valorar las acciones humanas como buenas, malas o regulares, condenables o no, sino para ser entendidas recurriendo a la complejidad de los móviles humanos de los que fueron resultado.
A la luz de estas consideraciones, resulta muy curioso cómo esos dos terrenos, el de la moral y el del arte, son puestos, digamos, en el mismo costal en el asunto de la censura al guion basado en la novela Memoria de mis putas tristes de Gabriel García Márquez. La Coalición Regional contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe, que realiza una loable labor contra la prostitución infantil, un problema aberrante y que lamentablemente sigue creciendo, logró que se retiraran los financiamientos mexicanos prometidos para el rodaje de la película, alegando que ésta “glorificaría le pedofilia y la prostitución infantil”. Este criterio ha sido compartido y defendido públicamente por la periodista Lydia Cacho.
Varias lecturas y observaciones pueden hacerse de este acto de censura:
1.- Censuraron un guion que no conocen. La directora del organismo, Teresa Ulloa, reconoció que “no conoce el guion, pero el libro sí, y en éste iba a estar basada la película”. Desconoce, pues, el tratamiento que se daría al tema en la cinta, y lo que tampoco parece saber es que la actriz que representaría a la niña de 14 años de la novela es la cubana de 21 años Ana de Mar, lo que puede hacer pensar que habría modificaciones sustanciales en las características de los personajes. Faltó, pues, seriedad e investigación. No se puede censurar algo que no se conoce. De la obra literaria a la cinematográfica hay, con frecuencia, grandes distancias: lo sabemos.
2.- ¿Por qué se censura un guion desconocido y no la novela conocida? ¿Será porque existen “pocos lectores” y “muchos aficionados al cine”? Si es que es ése el argumento, ¿no es endeble? ¿No encierra además el prejuicio de que los que leen están blindados para no “dejarse llevar” por esa supuesta apología e incitación a la pederastia, y que el pueblo es tan ignorante, tan tonto y tan fácil de “convencer” que por ver la obra en la pantalla va a responder activamente a esa “incitación al crimen”? ¿Se puede hablar de la pederastia en términos de clases sociales o de nivel cultural? ¿Acaso no se encuentran por igual a grandes magnates, sacerdotes y gente perteneciente al lumpen ejerciendo esa práctica vil? ¿No es la pederastia un tema mucho más complicado? Es de suponerse que en algunas salas de cine del país se transmite Lolita y que se puede rentar o comprar en formato DVD en los negocios dedicados a la comercialización de películas, entonces ¿por qué no se ha intentado impedir la circulación de esa cinta, y sí el guion de la otra sin siquiera conocerlo?
3.- No se puede establecer una relación directa entre producto artístico y criminalidad. Se necesita un criterio muy estrecho y limitado para pretender que existe una conexión entre una y otra; con ello sólo se consigue desviar la atención de los verdaderos núcleos del problema. La censura del arte nunca ha sido una solución a los problemas sociales. Como dijo Arturo Ripstein, “la pederastia no necesita de invitaciones”.
4.- Habría que haber otorgado el beneficio de la duda a la hipotética película, en virtud del prestigio del guionista, el francés Jean-Claude Carrière, importante colaborador de Luis Buñuel, autor de guiones de cintas como El discreto encanto de la burguesía, Ese oscuro objeto del deseo, El tambor de hojalata, La insoportable levedad del ser y Cyrano de Bergerac, y del director, el danés Henning Carlsen (Hambre, Oviri, Pan), quien trabajaría con el mexicano Ricardo del Río, que a su vez ha colaborado varias veces con Quentin Tarantino. (En fin, gente con experiencia, con reconocimiento, muy lejos de simples improvisados).
5.- Algunos comentaristas han dicho que el meollo del asunto es que el Gobierno del Estado de Puebla sería uno de los organismos financiadores de la película, junto con Televisa y la empresa Femsa (la obra es una coproducción de México, España y Dinamarca), y que el tema se mezcló con el pleito Cacho-Mario Marín (el repudiado “gober precioso”). Probablemente esto es cierto, pues de no ser así la periodista y la asociación censora estarían clamando por el retiro de una larga lista de películas (y quizás de obras literarias) con temas similares al de Memoria de mis putas tristes, con lo que la campaña sería, por lo menos, congruente.

martes, 27 de octubre de 2009

Post suffragium triste

Para Federico Campbell
A 15 años de la publicación de Post scriptum triste

Los límites, ataduras, dependencias, condicionamientos, son inherentes a la existencia humana. No hace falta extender más el razonamiento para encontrar, con indiscutible facilidad, los correlatos que presenta en la realidad. El ser humano (ya se dijo desde los orígenes de la filosofía, pero Ortega y Gasset lo hizo con particular claridad) es al mismo tiempo su circunstancia: uno y otra, inseparables.
Si algo es connatural al hombre es su fragilidad, y la máxima expresión de ésta es la inevitabilidad de la muerte. Las sujeciones, constreñimientos vitales, son pequeñas señales de lo que al final sobrevendrá inevitablemente.
Por el solo hecho de ser, existir, verse impelido a transitar el camino de la vida, ésta es complicada, difícil. De lo individual a lo general o colectivo, las imposiciones de los distintos sistemas económicos y regímenes políticos (porque el Estado es, por naturaleza, coercitivo), intensifican o aligeran las ataduras (constreñimientos) de por sí consustanciales al hombre. ¿Los extremos?: podríamos poner como ejemplos el fascismo por un lado y la socialdemocracia (por lo menos en términos teóricos) por el otro; en nivel de vida, la pobreza de África y los países latinoamericanos de una parte, y los altos índices de desarrollo humano de naciones como Noruega, Suecia e Islandia, de la otra. Si nos abocamos a la historia de un solo país, los vaivenes de la gráfica imaginaria nos darían indicios importantes para evaluar el asunto en cuestión.
En estos momentos en México, hay una verdadera acometida a la sociedad y al individuo por parte del Estado en términos de dificultades vitales, que en eso se traduce el impacto del alza a los impuestos y los nuevos gravámenes. Decisiones en el terreno político, hechas la mayoría en función de intereses de grupo, cotos de poder, conveniencias personales, y de manera irresponsable, irreflexiva e inhumana, se multiplican del lado de la sociedad civil en la forma de yugos más severos, empezando con cada uno de los 20 millones de personas en pobreza alimentaria en el país.
Casi cinco centenas de legisladores, en contubernio con el gobierno federal, deciden cómo será la vida cotidiana, las noches y los días, las horas, los minutos, de cada uno de las decenas de millones de mexicanos, porque los impuestos no son entelequias que rondan como fantasmas el éter, sino factores que repercuten en el diario vivir, en el sentido más crudo y elemental de la frase. Diario vivir: alimentación, salud, sobrevivencia. Eso es lo que está en juego.
Pero el ser humano no es cuerpo por un lado y alma por el otro. La dualidad impuesta por el cristianismo ha arrojado interpretaciones equívocas y de atroces consecuencias para el desarrollo de la humanidad. El mundo aún no se ha percatado lo suficiente de la gravedad de esa falacia.
Pareciera que la clase política mexicana (con contadas excepciones) ha asumido la conseja religiosa de que los hombres están condenados a soportar las penurias en esta tierra en aras de una recompensa más allá de la muerte. De otro modo no puede entenderse tanta insensibilidad.
Cuando hablamos de alimentación, salud, al parecer que nos estamos refiriendo a meros recursos para la sobrevivencia del cuerpo, visto en lo que somos de especímenes biológicos, de animales, pues. Pero cuando esos recursos dejan de serlo, cuando menguan, cuando escasean, cuando no es posible adquirirlos, cuando no son suficientes, se torna más que evidente que no sólo está en juego la enfermedad del cuerpo, sino aquello que le es constitutivo: el alma, la mente, las emociones.
De tal manera que lo que el Estado está haciendo, y cada vez con mayor vehemencia (parece que ése es el calificativo adecuado), es no sólo enfermando cuerpos, sino almas, espíritus, mentes, ánimos, visiones del mundo.
Si esto sigue así no sólo tendremos mayor desnutrición, enfermedades, fallecimientos por hambre, por falta de atención médica adecuada, sino más enfermedades mentales, más depresiones, más suicidios. Y en un dramático círculo vicioso, el desencanto, la tristeza, la desesperanza, la impotencia, enferman todavía más al cuerpo.
Y así, en plena era de la Alta Tecnología, los venerables dueños del poder en México, entre las varias salidas que existen para enfrentar la crisis (que viene “de fuera”, nos dicen, tergiversando, simplificando burdamente el panorama e insultando nuestro sentido común e inteligencia), como la de hacer que los grandes empresarios paguen sus impuestos como debe ser, entre muchas otras, eligen la que significa enfermar más al pueblo, porque ellos, claro, no forman parte de ese pueblo. He ahí el quid del asunto, y la razón por la que “nuestra democracia” debe ser replanteada, modificada, transformada.
Para otro artículo dejo la reflexión sobre nuestra condición de Sísifos contemporáneos, que soportan el castigo de los dioses, pero que, a diferencia del personaje mitológico, no cometimos (o no hemos cometido) la falta de desobedecerlos.

El Instituto Sonorense de Cultura y sus tentaciones por la tecla “delete”

Alguien dijo: La historia oficial es la autobiografía del Estado.


Ha ocurrido desde siempre. Desde los orígenes de la historia como relato de los sucesos pasados, surgió la historia oficial, aquella avalada por el Estado, destinada a legitimar los intereses de los hombres en el poder, y de sus aliados en la sociedad.
Hay, claro, mucho que decir sobre la historia oficial: un tema complejo, controvertido, extraordinariamente vigente. Pero aquí me quiero referir solamente a una de las múltiples características de esa historia dominadora, dominante: la práctica consuetudinaria de borrar, omitir, desaparecer, cortar, erradicar, mutilar acontecimientos, hechos, personajes, a la medida de los deseos, intereses, conveniencias, gustos, traumas y quizás patologías de quienes tienen el control sobre los medios de transmisión de los acontecimientos pretéritos, entre los que sobresalen, todavía, los libros.
Hay desde erradicaciones criminales hasta omisiones que no afectan la interpretación de la Gran Historia (o de la que se considera como tal), y que sólo incumben a unos cuantos. De las primeras hay dolorosos, escandalosos ejemplos, tantos que es más frondosa la historia no oficial paralela que se ha tenido que construir como contrapeso a las grandes mentiras (como pueden calificarse las grandes omisiones): la otra historia de la Segunda Guerra Mundial, lo otra historia de los pueblos indígenas, la otra historia de las dictaduras latinoamericanas, y así podríamos seguir, sitio por sitio, época por época, desde el principio de los tiempos hasta la actualidad, lo que da pie a pronosticar que no tiene por qué ser, desgraciadamente, diferente en el futuro. (En el aquí y el ahora, entre las deleznables omisiones pueden incluirse los recortes de ciertas etapas de la historia de México en los libros de texto gratuitos de algunos niveles escolares).
Las supresiones chiquititas son un reflejo, digamos, chafa, de aquellas mayores y, desafortunadamente, trascendentes; mientras éstas son casi siempre resultado de propósitos de largo alcance, producto de confabulaciones cuidadosamente urdidas (malsanas, dolosas, sí), con el fin de desviar y tergiversar lo que después será la memoria de los sucesos, las pequeñas supresiones son generalmente resultado de caprichos personales, especie de complejos de quienes, al ostentar un “podercito” por un tiempo, se sienten gratificados con tan sutil cosa como la omisión deliberada, en sus inventarios, de los nombres de personas que en determinado momento no les fueron precisamente afines.
Tal es el caso de la exclusión de varios artistas, creadores y coordinadores de proyectos, en el libro que registra la labor del Instituto Sonorense de Cultura en el período sexenal que acaba de concluir. Ya ha habido declaraciones de artistas cuya participación fue ignorada, borrada de esa publicación, que lleva por título (irónicamente para el caso) Todos somos memoria (Hermosillo, agosto de 2009). En la medida en que el documento se presenta como recuento exhaustivo y pormenorizado de las actividades realizadas, dichos recortes no tienen justificación.

La amnesia prefabricada les hizo olvidar, por lo menos:
1.- La trayectoria del músico Fernando Palma como violonchelista de la Orquesta Filarmónica de Sonora, su papel como compositor y arreglista de la Orquesta Juvenil, y el que sus obras hayan sido “las primeras sinfónicas escritas por un sonorense para Sonora”, entre otras valiosas aportaciones (Dossier Político, 9 de septiembre de 2009).
2.- La mención de la creadora y directora de la única revista cultural impresa que se editó en el sexenio por parte del ISC, Lúdika (2004-2005), así como de su equipo de trabajo y colaboradores, la descripción del proyecto, su penetración, su acogida por parte de la comunidad cultural.
3.- La mención de la creadora y co-conductora del programa televisivo “Carnaval de la palabra” (2005), que se transmitió por TELEMAX como parte de la agenda de la serie denominada “Barra Libre”. A diferencia del caso anterior, en el que no se dedica ni un solo párrafo a la publicación y sólo se incluye, como para cumplir el requisito, una miniatura de la portada de uno de los números, en el caso de “Carnaval” se mencionan los nombres de otros participantes pero no el de la autora del proyecto, en quien descansó su origen y buena parte de su desarrollo.

Son, apenas, unos cuantos ejemplos que reflejan el predominio de reacciones viscerales por sobre los valores de la imparcialidad y la objetividad, que deberían atenderse en una publicación oficial. Las obras de Palma ha sido interpretadas y grabadas; de la revista Lúdika existen ejemplares impresos de todos las ediciones, y las transmisiones del programa televisivo fueron grabadas también. En todos los casos, la información relativa a los creadores y participantes de los proyectos quedó consignada. Los sucedidos, pues, tienen un soporte material, tangible, mientras que la “verdad” oficial sólo puede sostenerse como mentira.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Los mentirosos patológicos

De vez en cuando di la verdad para que te crean cuando mientes.
Jules Renard


Todos mentimos. La mentira forma parte de la vida…, y de la vida de todo ser humano. Nietzsche, incluso, elevó la mentira a sostén existencial al asegurar que necesitamos de ella para poder sobrevivir.
Hay desde mentiras inofensivas hasta aquellas que revelan severas patologías; desde piadosas hasta verdaderamente insultantes. Las mentiras que ahora nos interesan son las que pronuncian los políticos, las cuales se inscriben en la categoría de patológicas e insultantes (por lo menos).
Varios analistas, periodistas y representantes populares han advertido su preocupación por ciertas actitudes y comportamientos enfermizos de los políticos mexicanos, en especial de los gobernantes. Hace unos días, el periodista Jaime Avilés dijo que “habría que convocar a un cónclave de expertos en temas de salud mental para intentar descubrir qué enfermedad lo obliga (al presidente Calderón) a mentir asidua, cotidiana y compulsivamente en todos los temas que aborda. Cada día se parece más a Richard Nixon”. Y en su participación en la glosa del tercer informe de gobierno, ante la presencia del Secretario de Gobernación Fernando Gómez Mont en San Lázaro, el diputado por el PT Gerardo Fernández Noroña, refiriéndose a Felipe Calderón, dijo: “Insiste en que van ganando la lucha contra el narcotráfico, insiste en que estamos en Calderolandia y que vivimos en la felicidad. El propio secretario del gobierno de facto acaba de decir que hay avances democráticos, cuando vivimos el peor retroceso democrático que hay en la vida del país”.
Existe un trastorno mental –ya en desuso para algunas corrientes de la psiquiatría, por lo menos con ese membrete– denominado “pseudología fantástica”. A quienes lo padecen se les llama “mentirosos patológicos”. Según algunos especialistas, la pseudología fantástica constituye “la forma más extrema del engaño patológico”. El padecimiento se caracteriza por la elaboración de fantasías a las que se considera como reales, y el paciente las presenta ante los demás como si poseyeran este carácter. Un aspecto importante es que el sujeto reconoce conscientemente la falsedad de sus ficciones, y es en el afán de presentarlas como verdades donde radica principalmente la patología. Los afectados por esta enfermedad, dice un psiquiatra, “mienten con una facilidad pasmosa, ya sea por conveniencia, ya por una absoluta y cínica falta de respeto a la verdad”.
Sería muy tedioso hacer una lista exhaustiva de síntomas de esta enfermedad que comparten decenas de especímenes pertenecientes a la clase política mexicana, pero para fundamentar la sencilla y práctica iniciativa que se propondrá más adelante, es necesario mencionar por lo menos algunos ejemplos, y qué mejor que las fantasías que el presidente Calderón se atrevió a exponer como verdades en el mensaje alusivo a su tercer informe de gobierno, a través de frases como las siguientes:
“La transformación de México está en marcha y va en la dirección correcta”.
“El establecimiento de los acuerdos necesarios entre las diversas fuerzas políticas ha permitido avanzar con éxito en la solución de desafíos torales del Estado de derecho y del desarrollo económico, social, ambiental y democrático del país”.
“En suma, la Estrategia Nacional de Seguridad no sólo ha permitido revertir la tendencia ascendente de la delincuencia y el narcotráfico, sino que ha debilitado las condiciones que hacen posible su reproducción y su ampliación. Por primera vez en mucho tiempo, el Estado está poniendo un límite a la acción de los criminales”.
“Las plazas ni se venden ni se heredan. Las obtienen los mejores maestros”.
“México es la nación en desarrollo que mayor combate al calentamiento global”.
“El país sigue fuerte y con rumbo”.
Es evidente que Felipe Calderón padece de pseudología fantástica. Si en este país no opera la revocación de mandato, si no es posible hacer que los gobernantes se separen de sus puestos por corruptos, incapaces o mentirosos comunes, debe haber alguna manera de que lo hagan con base en escrupulosos diagnósticos psiquiátricos, porque no podemos estar sino frente a verdaderos enfermos cuando han llegado al extremo de pretender que los ciudadanos nos creamos tanta mentira.
Algo verdaderamente tendrá que cambiar y tiene que ser de este lado de la línea que nos separa de los gobernantes que mienten patológicamente, pues en la medida en que están enfermos y no están siendo atendidos debidamente, no tienen remedio. Seguir permitiendo tanto cinismo y tanta burla nos hará pasar a la posteridad, a los ciudadanos de este momento histórico y de este país, como sujetos que no tuvieron la inteligencia, la voluntad y las iniciativas viables para revertir el desalentador estado de cosas, lo cual también podría ser considerado como un comportamiento no precisamente sano.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Los perdones de Jacinta


A Radio Bemba, Dossier Político y a todos los medios de comunicación, periodistas y ciudadanos que abogan abiertamente por la justicia en este país.


Frente a la ausencia de Estado, gobernabilidad y expectativas de cambio en relación a la clase política mexicana, una alternativa a las injusticias crecientes ha sido, desde hace tiempo, lo que algunos han llamado “litigio en los medios de comunicación”. Los medios lo son (medios), efectivamente. ¿Los extremos opuestos de las posibilidades que tienen de mediar?: 1.- Ser meras comparsas de los gobiernos (vocablo éste que, lamentablemente, lleva casi implicados los de corrupción e impunidad); 2.- Ser quienes exhiben sin reservas y exigen solución a los atropellos de la autoridad.
Estos litigios periodístico-ciudadanos no siempre, o más bien casi nunca, consiguen su propósito: contadas voces contra un aparato demasiado fuerte (todavía). Sin embargo, hay casos como el de Jacinta Francisco Marcial que, de no haber sido por las denuncias que de él hicieron algunos periodistas con base en investigaciones serias, honestas y valientes, de la presión que ejercieron en los medios de comunicación, no habría concluido con la liberación de la mujer otomí hace unos días. Además, sin la voz de estos periodistas, esfuerzos como el de las comisiones de Derechos Humanos “Fray Jacobo Daciano” y “Agustín Pro Juárez”, no hubieran tenido una adecuada difusión.
El asunto no es para vanagloriarse porque, como se ha dicho también, el proceso no está realmente concluido pues falta la reparación del daño, así como la liberación de otras dos mujeres que están en la misma situación de Jacinta: un encarcelamiento al que le queda chico el adjetivo de injusto.
Los argumentos esgrimidos por la autoridad al condenar a Jacinta, Alberta y Teresa son inverosímiles, absurdos y cínicos, por decir lo menos. La trama que montaron las autoridades para documentar el caso bien puede constituir el contenido de un chiste, de un chascarrillo, de una broma…, vamos, de una obra del teatro del absurdo (aunque de muy mala calidad). Solamente cuando se ha llegado al colmo del cinismo y la desvergüenza se puede fraguar el argumento de que estas mujeres secuestraron a tres miembros de la AFI… Sólo en un país en donde hasta lo más impensable en términos de abusos es posible, esta trama pudo haberse maquinado en serio.
No cabe duda de que en los cotos en donde se urden estas infamias, lo que predomina es un soberano desprecio a la inteligencia de los ciudadanos, el deporte del ultraje contra una sociedad cada vez más vapuleada.
Es muy doloroso escuchar a Jacinta. La entrevista que le hizo el periodista Ricardo Rocha al salir de la cárcel muestra una realidad que conduce inevitablemente a la conmoción, a las lágrimas, al coraje, a la impotencia excesiva. “Pobre, indígena y mujer” (sus tres verdaderos delitos, como lo ha dicho R. R.), las declaraciones de Jacinta revelan y sintetizan el México Profundo de siglos de injusticia, de usurpación, de intolerancia, de uso de la religión para favorecer la ignorancia, el conformismo y la resignación en aras de una justicia divina, así como el México “Superficial”, el de más acá, el de ahora, heredero y fortalecedor de los más cruentos vicios de la conquista y la colonización, encarnado en este caso en la figura patética de los agentes de la AFI (que ya no existe pero en su lugar está la Policía Federal Ministerial, muy acorde el nombrecito a este gobierno) y sus superiores: el México de la discriminación, de la prepotencia, del abuso, del machismo, de la misoginia, entre otras perlas.
Porque, ¿cómo podemos interpretar que los agentes hayan elegido precisamente a tres mujeres como víctimas de la infamia? Es la exhibición de la más vil cobardía, la más despreciable bajeza moral, la canallada más atroz de parte de un grupo de imbéciles con autoridad, frente a seres que concentran las más acentuadas "debilidades" en este país, según los despreciables criterios de los poderosos (ya se dijo: ser pobre, indígena y mujer). ¿Puede haber una explicación más vergonzosa y despreciable de esos remedos de hombre para justificar su aberración como la de que “las mujeres nos cachetearon, nos jalaron de los pelos”?
De verdad éste sí es un país, de plano, de a mentiritas, como dijo un destacado escritor mexicano.
Del lado de Jacinta, ¿qué arrojan sus declaraciones?: “Yo ni sabía que era secuestro por lo que me acusaron”, dijo. “¿Tiene usted algún rencor?”, le pregunta el periodista, y ella contesta. “No, no, yo no le tengo, porque pos solamente dios sabe por qué hace las cosas, pero yo no le tengo ningún rencor…, a lo mejor ellos cometieron un error, o pos no sé, es un error, a lo mejor en ese momento…, es que a veces no piensa uno las cosas y de repente…, dios tiene la última palabra y dios existe y…”.
Jacinta: ingenuidad, bondad, candidez, resignación, caridad, capacidad de perdonar, fe en el más allá, pero también, y de esto ella no tiene la menor culpa, expresión dolorosa de las consecuencias de siglos de asimilación de unos principios religiosos que fomentan la injusticia en esta tierra.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Elegir la trascendencia por la vía del humanismo: el único gran reto del próximo gobernador


¿Qué hará posible que un gobernante decida no ser un “títere en la comedia de la Historia”? ¿Qué cualidad tendría que formar parte de su constitución moral para, auténticamente, desear no ser una pieza inercial más en el engranaje de la dinámica política, tal como desde afuera se le presenta? ¿En qué intersticio de su humanidad residirá aquello que puede impulsarlo a sentar una diferencia real enfrentando condicionamientos (determinismos) difíciles, pero no imposibles de franquear?
Generalmente la palabra “cambio” (tan vapuleada, lo sabemos) suele situarse en el terreno de los propósitos y los logros concretos a los que aspira ‒o finge aspirar‒ el gobernante, en lo político, económico y social. Ejemplo: el inefable “cambio del cambio” del presidente Calderón (por el lado de la simulación). Pero, por la misma falta de credibilidad, confianza y esperanza en la figura del gobernante, poco ahondamos en algo mucho más inmediato: lo que se esperaría de la persona del político. Porque es de la persona, ese ente de carne, hueso y alma que asume el poder, de donde parte todo lo demás.
Hay varias formas de trascender, o de concebir la trascendencia. Sin duda para muchos políticos ésta consiste en conquistar un puesto, una posición en el rompecabezas de la burocracia gubernamental; en formar parte de “la banda” ‒si se permite la expresión coloquial‒ que ejerce el poder en determinado momento; quizás simplemente en ser conocido, famoso, en ufanarse porque su nombre “suena” en los medios de comunicación e irrumpe inevitablemente en las conversaciones. Sí, así de banales y mezquinas pueden ser las pretensiones: piénsese por ejemplo en muchos diputados y senadores que pasan sin pena ni gloria por las pasarelas del Congreso de la Unión.
En este mundo permanentemente en crisis, en donde reina la injusticia, la desigualdad, la incomprensión, la incapacidad de ponerse en el lugar de los desprotegidos, de Los Nadies como diría Eduardo Galeano, que cada vez son más y que con nuestros sistemas y métodos de gobierno se siguen multiplicando, trascender tendría que tener como condición el asumir una postura humanista de gobierno. Quizás suene idealista, pero si así lo parece es a causa de la solemnidad de la palabra, que, desposeyéndola de esa equivocada connotación significa, sencillamente, centrar el pensamiento y la acción en el valor y la dignidad del ser humano. Simple pero profundamente complejo a la hora de los hechos, de las acciones, del actuar gubernamental. Antes hay que escudriñar a qué realmente corresponde esa palabra (dignidad) en la realidad, y para lograrlo, la condición es realmente querer trascender.
“Es humanista ‒dice otra definición más académica‒ cualquier posición que cargue el acento sobre el valor y la dignidad del hombre y sus capacidades creadoras, sobre el hecho de que él es el artífice y el soberano del orbe en que vive” (Garin). Así, el humanismo conviene a la figura del político que quiere trascender, ya que a través de esa vía reafirma las posibilidades que el privilegio del poder le otorga para construir, crear, subvertir, sustraerse al estatismo que marca la fetichización de la política (“políticos karaoke” llamó el periodista Jenaro Villamil a aquellos acartonados, teatrales, montadores de escenarios mediáticos para sustituir su incapacidad, su falta de vocación auténtica; humanista, agregaríamos).
Querer trascender es renunciar a esa farsa.
¿Un ejemplo de cómo gobernar desde esa postura humanista? Tratar a los otros, a los gobernados, como semejantes. Ver en ellos un reflejo de la propia humanidad. ¿Cuál es el problema con establecer el diálogo (que implica el reconocimiento de la dignidad del otro) como parte de una metodología de gobierno?
Asumir una postura humanista, es, por ejemplo, tratar más allá de los pleitos leguleyos a los papás de los niños víctimas del incendio de la guardería ABC, como si el gobernante estuviera tratando consigo mismo en una situación similar. Es no hablar irresponsablemente, no prometer lo que se sabe que no se va a cumplir porque no se quiere o no se puede cumplir, es saber callar para no humillar, para no ofender; es enterrar para siempre la retórica y hablar con la verdad; abandonar la frialdad del trato y optar por el acercamiento genuino; renunciar a la autocomplacencia y optar por la autocrítica.
La conquista de ese reto garantizaría la consecución de otros múltiples desafíos, por eso tendría que convertirse en el objetivo integral del gobernante; y por eso hablamos de que se trata de su único GRAN reto, ya que engloba a todos los demás.
La vía humanista, por definición, no se proclama, se practica. Ojalá dentro de uno, dos, cinco, seis años, concluyamos, a partir de los hechos, que tuvimos un gobernante que realmente quiso trascender.

jueves, 3 de septiembre de 2009

La crisis de la palabra o la soberanía del mal-decir


La devaluación metódica del habla en la propaganda política y en el esperanto del mercado de masas es demasiado poderosa y difusa para ser definida sin dificultad. En aspectos decisivos, la nuestra es una civilización “después de la palabra”.
George Steiner


Hay un crimen que, en cierto sentido, engloba a todos los demás: el crimen contra la palabra. ¿Su nicho?: la esfera de la política, en concreto la de los hombres en el poder. Si el mundo sobrevive, si la humanidad no perece, esta época será calificada como aquella en la que la palabra perdió casi completamente su propósito, su fin último, que, en el terreno de la relación entre gobernantes y gobernados incluye, o debería incluir, la fidelidad del discurso, el nombramiento veraz de la realidad.
Con Steiner, la retórica política, la falsedad de los medios de comunicación dominantes, la trivialización del discurso público, han hecho que todo lo que oímos hoy en día sea una jerga vacía, una “locuacidad cancerosa”.
Entre gobernantes y gobernados la brecha es cada vez más grande en virtud de ese crimen contra la palabra: ahí en donde supondríamos debía estar la intersección de ambas entidades, el punto de encuentro, la comunicación efectiva, útil, se ha abierto un hoyo negro, un vacío cada vez más profundo.
Acá la realidad, y su discurso allá. Las cifras dramáticas sobre la pobreza, la corrupción, el delito, el crimen organizado, el abuso de autoridad, la falta de respeto a los derechos humanos, la desconsideración cada vez más irresponsable hacia los niños, todo eso que conocemos porque afortunadamente existen formas más o menos objetivas de evaluar la realidad (por parte de organismos internacionales, centros de investigación, universidades y Organizaciones No Gubernamentales), todo eso acá, y ellos con su palabra devaluada, falsa, corrupta, sucia, allá. Ellos maquillando, enmascarando la realidad, simulando que aquello no pasa, y que si pasa es “de a poquito”, meros catarritos, detallitos sin importancia, y los ciudadanos padeciendo la brutalidad de las circunstancias reales.
Dos mundos, dos historias que se desencadenan en sentidos opuestos.
La historia se repite cada informe de gobierno, cada intervención pública del funcionario, cada vez que ocurre un crimen escalofriante y el gobernante en turno sale a decir que se hará justicia, que “nada ni nadie por encima de la ley”, que no habrá distingos ni excepciones en su aplicación. Y después: la palabra burlada. Aquello fue una mera sucesión de vocablos para salir del paso, para sortear el momento difícil de la indignación social.
Veámoslo bien: estamos atrapados en el absurdo. Ellos con su palabra devaluada, simuladora, encubridora, mentirosa, y los ciudadanos sometidos a ella como público cautivo de un montaje grotesco y degradante. ¡Y las cosas no cambian: empeoran! Cada vez más simulación, más mentira, más crímenes contra la palabra.
Sí, la historia se repite. Para ellos no es complicado porque basta con “refritear” los discursos pasados, desempolvar unos, rehacer otros, para volver a soltar la misma arenga en el proscenio del mal-decir. Pero para el ciudadano no es fácil porque resulta cada vez menos tolerable ver cómo la palabra se devalúa más, los asideros se pierden y sobreviene con mayor fuerza lo que es ya sustancia en la atmósfera ciudadana: la incertidumbre, la desconfianza, la desesperanza, el desencanto.
El discurso de Felipe Calderón con motivo de su tercer informe de gobierno es un ejemplo de esta burocratización de la palabra: frases hechas, manipulación de la información, omisiones, escamoteo de lo esencial, retórica, vacuidad. Es un discurso que repite a los dos anteriores (2007 y 2008); comparte con ellos una lista ejemplar de lugares comunes, de buenos propósitos, de bellos pensamientos sobre el gran país que somos y sobre la fortaleza de los mexicanos para soportar estoicamente las crisis (que, claro, la mayoría nos vienen de fuera), pero sobre todo, los tres son el mismo mar de promesas.
Es un ejercicio interesante leer y comparar los tres mensajes porque se confirma lo que hemos expuesto. Si en el discurso de antier se notó un ligero cambio de tono es porque, en este escenario de notable presión social, había que inocular la percepción de que se está en sintonía con la preocupación colectiva, pero no, se trata de las mismas palabras vacías de significado. No sería necesario esperar al informe para convencernos de que el presidente continúa con su propósito de “transformar al país” como lo ha repetido hasta la saciedad. Los hechos hablarían por sí solos.
En el mensaje con motivo de su primer informe de gobierno FC convocó a “transformar a México de ser un país con casi la mitad de su población en la pobreza, a ser un país próspero y donde hayamos erradicado totalmente la miseria”. En el mensaje alusivo a su tercer informe, adujo (en relación a los 10 pasos para “salvar al país”): “El primero y fundamental, tiene que ver con las condiciones de pobreza en la que vive la mitad de la población, y en particular la pobreza extrema, que sufre uno de cada cinco mexicanos”. En sus palabras, en dos años la pobreza aumentó de “casi la mitad de la población” a “la mitad de la población”, y nunca supimos por qué su convocatoria de 2007 falló y cómo fue, pues, que pasamos de casi la mitad de pobres en el país a estrictamente la mitad. Ejemplos como éste abundan en los tres discursos.
Por eso, tanto los informes anuales como los mensajes a la nación deberían ser documentos fundamentalmente evaluadores de las promesas y propósitos inscritos en el documento antecedente: el informe y el mensaje del segundo informe, una evaluación y autocrítica de lo que se cumplió o no se cumplió de lo dicho en el primero, y así sucesivamente. De otra manera no saldremos nunca de este círculo vicioso, de esta farsa de la palabra política (y de la palabra “política”).
Como dijo ayer el analista Adolfo Sánchez Rebolledo: “la elite dirigente se esconde tras las palabras para no aceptar su pobreza intelectual y moral, pero se prepara para proseguir con las mismas políticas de siempre”.
Los políticos han creado una suprarrealidad y las tensiones entre ella y la realidad cotidiana son cada vez más fuertes. El fondo que se ha tocado no es el fondo al que alude Calderón (por cierto, repite 17 veces la palabra “fondo” en su discurso, con lo que al final el vocablo ya no nos dice mucho, ha sido desgastado: todo lo quiere hacer “a fondo”, ¿qué termina por ser “a fondo”?), en donde desde hace tiempo nos estamos precipitando, sino la falta de fondo que proyectan sus palabras.

jueves, 27 de agosto de 2009

La moral por los suelos…

¡Sopla una vez más,
Fuelle de la virtud!
¡Ah!
¡Rugir una vez más!
¡Rugir moralmente!
¡Como león moral
Ante las hijas del desierto!

Friedrich Nietzsche, Así hablaba Zaratustra


Según una acepción del término, lo “moral” corresponde a lo correcto, lo aceptable, lo bueno, atributos cuyo contenido, por supuesto, cambia históricamente. Pero algo que se ha mantenido más o menos estable a lo largo de las épocas ha sido la tendencia de los grupos sociales más influyentes económica y políticamente a atribuirse la “moralidad”, como si esa cualidad fuera intrínseca a su condición.
Así, en la antigüedad la única moral válida era la de los hombres libres, de ahí que no era considerado inmoral el trato brutal a los esclavos, desprovistos, para aquellos, de moral. En la Edad Media la aristocracia feudal consideraba que por razones “de sangre”, por el hecho de pertenecer a la nobleza, era poseedora de un conjunto de cualidades morales que los plebeyos, sólo por serlo, no poseían; moral y religión ligadas, la compensación por los sacrificios terrenales, el reconocimiento del valor y dignidad personales, vendrían después de la muerte, en el paraíso terrenal.
La nueva polarización de clases en el capitalismo genera una moral dominante acorde con los fines de la burguesía, es decir, con la acumulación de riqueza, en la que inicialmente se pondera el trabajo, la laboriosidad, el esfuerzo personal, la confianza en sí mismo, la honradez, el patriotismo, la libertad, pero que con el tiempo da lugar a otras conductas consideradas no precisamente “morales” como el individualismo excesivo, el egoísmo, la ambición, la hipocresía. En ese escenario, el trabajador es valorado en lo que le reporta de beneficio económico al patrón, y poco importa su constitución moral.
Descrito de forma muy general y, ciertamente, esquemática, así han sido las cosas.
En pleno siglo XXI en Hermosillo, han surgido situaciones que, con base en los planteamientos anteriores, invitan a hacer un somero “análisis de caso”:
1.- Se incendia una guardería y mueren 49 niños. 2.- Fallecen porque ni la guardería ni la bodega aledaña en donde inició el incendio cumplían con las condiciones de seguridad que exige la ley. 3.- Por lo tanto hay culpables y están bien identificados. 4.- No se ha aplicado la ley; en delitos cuyas consecuencias no tienen comparación por no acercarse ni por asomo a lo devastador de este caso, solemos ver que la ley actúa rápidamente, pero la diferencia es que en muchos de esos crímenes no están involucradas personalidades influyentes. 5.- Los papás de los niños, en ejercicio de su derecho, exigen que se aplique la ley. 6.- Representantes de grupos “destacados” en las esferas de la economía, la política, la sociedad y la religión, pretenden influir en el juicio que se hace a (algunos de) los responsables con el “argumento”, consignado en cartas enviadas al juez que lleva el caso, de que son personas portadoras de elevados valores morales. 7.- El tema de la moral vuelve a surgir cuando el gobernador le dice al papá de uno de los niños que los integrantes del movimiento 5 de junio “no tienen moral”.
El escenario no parece estar muy alejado de lo que ocurría en otras épocas, lo cual indica los exiguos logros de nuestro progreso civilizatorio (que cada vez parece más un retroceso civilizatorio), entendido como la búsqueda constante de una sociedad más justa, más igualitaria, más humanista. Los portadores de la “moral dominante”, representada por empresarios, funcionarios y por la iglesia católica en la figura del arzobispo, han trazado así el panorama: los dueños de la guardería, infractores de la ley, detentan los valores morales, son quienes encarnan lo que ellos llaman moral, mientras que los trabajadores, víctimas de los delitos cometidos por los catalogados como intachables, víctimas para siempre por haber sido condenados a experimentar el más terrible de los dolores humanos, la pérdida de un hijo, ¡carecen de moral!
Si se emprendiera la estrategia de enviar cartas avalando la calidad moral de los papás y las mamás de los niños afectados, el peso debería ser mayor frente al juez, pues los padres de familia ultrajados no han delinquido, cuando los otros sí. Entonces, ¡redactemos esas cartas!
Desgraciadamente, la realidad nos dicta cada vez con más fuerza que el Estado no está…
Una postura incongruente en este contexto de manipulación de la moral, es que la mayoría de aquellas personas aliadas de la impunidad, se han manifestado defensoras del “derecho a la vida”, es decir, están en contra de la despenalización del aborto porque defienden la vida del embrión y del feto en el seno materno, y por lo tanto están a favor de que se castigue, “de acuerdo a la ley”, a las madres que se atrevan a interrumpir un embarazo. Sin embargo, están en contra de que se castigue a los culpables de que 49 niños habitantes de este mundo hayan fallecido.
¿No es ésta una contradicción más que aberrante, que refleja una doble moral escandalosa, imperdonable?
Si esta gente es escuchada y sus “recomendaciones” son tomadas en cuenta, se está propiciando que la ley siga infringiéndose en el ámbito de las guarderías, y que, terrible es decirlo, pueda haber más tragedias de esa naturaleza. ¡Eso es lo que está en juego!
La impunidad, está comprobado, genera más delito, más violencia, más impunidad.
Y la moral, sí, está por los suelos…

jueves, 20 de agosto de 2009

La “edad del crimen” y el valor de la palabra

Diga usted
señor juez:
¿cuánta sangre nos cuesta un kilo de justicia?

Francisco Morales, del poemario “Vasta, informal manera de decir Acteal”

Esta época, dice el escritor y periodista Federico Campbell, pasará a la historia como “la edad del crimen”.
En México, si bien es posible rememorar otros tiempos marcados flagrantemente por el delito, la trasgresión de la ley, el atropello a los derechos, la injusticia, la impunidad, en ninguno ha coincidido todo esto tan plenamente con la jactancia insistente, sobre todo en el discurso gubernamental, de que en el país se han conquistado altos niveles de democracia y un progresivo respeto a los derechos humanos. A pesar del pesimismo y el desencanto que nos congrega a muchos mexicanos, según los cuales pocos ingredientes más habría para abonar esos sentires, no deja de resultar sorprendente que ambas circunstancias se desarrollen de una manera tan disociada, tan dramáticamente ajena y opuesta.
Más ofensivo resulta aún que ámbitos en los que se han conquistado derechos sustantivos sean los más atacados por el crimen. Se “avanza” en libertad de expresión pero: se asesina a periodistas, se balacean oficinas de medios de comunicación, el gobierno presiona para que periódicos que ejercen esa libertad desaparezcan. Se “avanza” en los derechos de las mujeres pero: la violencia intrafamiliar se incrementa, la violación sexual es una práctica cada vez más ejercida por miembros del ejército pues el fuero los protege, guarderías en donde las madres dejan a sus hijos mientras trabajan violan la normatividad de seguridad y sus niños mueren calcinados. Se “conquistan” derechos electorales pero, vaya contradicción, el escepticismo y la incredulidad ciudadana crecen, pues en el marco de ese terreno se viola constantemente la ley.
Sí, vivimos en la sociedad del crimen: es un crimen Acteal y sus 20 indígenas encarcelados injustamente por 11 años; es un crimen Atenco y los abusos y torturas por parte de los policías, sobre todo contra las mujeres (“fuimos insultadas, humilladas, golpeadas, torturadas, abusadas sexualmente y violadas..., fuimos tocadas, pellizcadas, pateadas, golpeadas con puños, toletes, macanas, escudos, en nuestros senos, nalgas y genitales. Nada nos podrá sanar el abuso sexual y la violación”, dice el testimonio de una de muchas mujeres víctimas de la infamia imperdonable); es un crimen la muerte de 49 niños y los daños irreversibles que padecerán varias decenas más a causa de la negligencia y la avaricia de un grupo de empresarios y de la corruptela, irresponsabilidad e insensatez que compartían con funcionarios de los tres niveles de gobierno.
Es un crimen el caso de las indígenas Ernestina Ascencio Rosario y Jacinta Francisco Marcial; es un crimen que la diferencia entre ricos y pobres sea cada vez mayor; es un crimen que un ciudadano mexicano sea (casi) el hombre más rico del mundo y que conviva, por lo menos virtualmente, con 60 millones de personas sumidas en la pobreza; es un crimen el desmesurado gasto electoral en un país de la miseria; es un crimen el exorbitante salario de los “servidores públicos”, que ni sirven como deben ni lo hacen a favor del “público” sino para favorecer intereses privados; es un crimen el desempleo creciente, el sistema de educación maltrecho, la falta de oportunidades para los jóvenes (despojémonos del slogan, el reclamo es literal).
Es un crimen que por atacar al narcotráfico y al crimen organizado se violen los derechos humanos; es un crimen que los niños mueran de desnutrición y que las familias pobres, para subsistir, tengan que comer croquetas para perro; es un crimen que el secretario de Hacienda se atreva a decir que hay que “apretarse el cinturón” como si el cinturón de muchos ciudadanos no se hubiera ajustado ya hasta el ahorcamiento, experiencia que al señor Carstens le es tan ajena; es un crimen que el presidente de la república que padecemos se atreva a retar a quienes señalan a las fuerzas armadas por abuso en “los operativos de seguridad”, a que demuestren “aunque sea un solo caso en que las garantías no se respeten o que no se haya castigado conforme a la ley”. Habrase visto tal simulación, tal cinismo.
Es un crimen que el gobernador de Sonora no haya pedido perdón de rodillas a los padres de los niños fallecidos en la guardería, porque una bodega que dependía de su administración no cumplía con las condiciones de seguridad que la normatividad exigía (culpa IMSS y empresarios adicionada, nadie lo niega), y porque a raíz de esa negligencia el fuego fatal se propagó hasta calcinar a los infantes y a desgraciar de por vida a muchos otros. Es un crimen moral, más allá de su actuación “conforme a la ley”, que el gobernador no se haya erigido como el protector absoluto de todas esas víctimas sonorenses, “orgullosamente sonorenses”, como él, que habitan (o habitaban) el mismo suelo que él gobierna.
Bien, todo esto ha ocurrido y la palabra de “los sin miedo” ha estado ahí, solidaria, denunciante: “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”, reza el himno de la artista y luchadora social Liliana Felipe. La palabra, el grito, el reclamo, el coraje, han estado presentes gracias a la sensibilidad, la aguda conciencia y la instintiva y reflexiva solidaridad de muchos ciudadanos, lo que reporta un aliciente inigualable para no perder la esperanza (por completo).
Pero es urgente plantearse una pregunta: ¿cuál es, actualmente, el valor de la palabra? Sabemos que la que proviene de las esferas del poder es, la mayoría de las veces, una impostura, un fraude, pero, ¿qué hacer para convertir a la palabra que denuncia, a la palabra que acusa con sensibilidad y con razones, desinteresadamente, en un arma poderosa? ¿Qué hacer para que la palabra denunciante tenga un efecto real en la sociedad del crimen? Ése es el reto ahora, y tenemos la misión histórica de despejar esas interrogantes.
Por lo pronto, yo no lo sé de cierto, pero dice el poeta, artífice (sin saberlo) del espíritu de este artículo, el poeta Morales de la perdida Tijuana, de la hallada Tecate: “Has de decir Acteal/para pensar la muerte/hombre/amigo/camarada mujer. Es la palabra exacta/para pensar el miedo/la mentira/ el soborno/la desnuda matanza/“…la tarde es una sombra/de nubes sin apuro/y el café un bebedizo/para engañar minutos solamente…”. Acteal/ como una mancha./Tal/ sencilla palabra/en la desolación del pensamiento.


viernes, 14 de agosto de 2009

De la ironía como recurso
Acerca del artículo “La verdad sobre el caso ABC”


En otras circunstancias una servidora no enviaría una nota como ésta para aclarar que su artículo del día de ayer, publicado en Dossier Político y titulado “La verdad sobre el caso ABC”, utiliza el recurso de la ironía para destacar, supuestamente con más efectividad, la bajeza moral con la que han actuado los gobiernos y empresarios responsables del incendio de la guardería ABC; responsables de la muerte trágica de 49 niños; responsables de las secuelas fatales que padecen varias decenas de menores más; responsables del sufrimiento que esto ha provocado en las familias, a lo que se suma el dolor, la indignación, la impotencia y la rabia de miles de ciudadanos de Hermosillo, México y el mundo.
Por todo ello y por las inquietudes e interpretaciones erradas que el artículo ha provocado en algunas personas, puntualizo lo siguiente:
1.- La ironía es un recurso “que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice” (RAE); resulta bastante efectivo, pues “lo que no se dice” adquiere una mayor fuerza significativa en el destinatario, oyente o lector. Esta figura es utilizada cotidianamente en el habla común, en el periodismo, en la literatura, en la jerga del chiste, etcétera.
2.- No es una técnica fácil de desarrollar y dominar, y no me considero experta en ella.
3.- El artículo cuenta una historia que ninguno (o por lo menos eso supuse) de los mínimamente enterados de los pormenores de la tragedia, podría creer. En ello radiqué la confianza en que la ironía sería evidente.
4.- Hay mucha gente que desde la primera lectura captó la ironía.
5.- No deja de sorprender que algunos lectores hayan interpretado el artículo de manera literal (aunque, como he dicho, reconozco que no soy experta en el uso de esa figura y seguramente no la he sabido elaborar de la mejor manera), pues cuesta creer que conciban que alguien, en este caso una servidora, se atreva a contar tantas mentiras y a dar una versión tan falsa, tergiversada y amañada de los hechos, sobre todo en el marco de esta atmósfera llena de dolor, de indignación, de enojo, de impotencia, en la que está sumida nuestra ciudad. ¿Quién, en su sano juicio, podría atreverse a decir, en serio, que la actuación de los responsables es un ejemplo “de sensibilidad, de humanismo, de solidaridad, de conmiseración, de conciencia del deber”? ¿Que han dado una “lección histórica de uso del poder para la protección y el beneficio popular”? ¿Que “se ordenó traer de urgencia a los mejores especialistas en tratamientos de quemaduras del país, a los mejores neumólogos pues no faltó quien supusiera que los niños habían inhalado peligrosos gases tóxicos durante el siniestro, y a un equipo de tanatólogos pues no había que descuidar el soporte espiritual”? ¡Todos sabemos que nada de eso ocurrió! ¿Que “frente a la adversidad los empresarios han extraído lo más pulcro de su conciencia moral y han dado una encomiable lección al mundo? ¡Por Dios!, ¿no es eso una ironía?
6.- En fiel apego a ese recurso, lo que en el artículo se dice que se hizo, fue precisamente ¡lo que no se hizo!
Las cinco colaboraciones que he publicado recientemente en Dossier, son plenamente críticas de la imperdonable y criminal actuación de los gobiernos y de los dueños de la guardería ABC ante la tragedia. Pueden leerse en el portal electrónico de la publicación. De ellas, la que pretendió desenmascarar con “mayor agudeza” la bajeza moral de los responsables, fue malinterpretada por algunos. Qué ironía.
Bien, seguiremos firmes en esta modesta labor. Me dicen amigos con décadas de experiencia en las lides periodísticas (y otros con no tanta experiencia), que son gajes del oficio.

jueves, 13 de agosto de 2009

La verdad sobre el caso ABC

Con tanta interferencia mediática, no pocas veces dolosa e irresponsable, la percepción de los ciudadanos sobre los acontecimientos sociales y políticos suele caer en el equívoco. Esa influencia invasiva, poderosa y constante, contribuye a deformar lo que denominaríamos una visión objetiva de la realidad, o, sin caer en tal rigor, lo más cercano a esa posible objetividad. Lo sabemos: el cristal con que se mira, sobre todo cuando corresponde a los medios de comunicación, no es precisamente el lente de una cámara que reproduce la realidad tal cual es. Ya lo han dicho renombrados teóricos y pensadores contemporáneos, McLuhan y Sartori incluidos.
No es de extrañarse, pues, que la mayor parte de los ciudadanos nos hayamos creado una idea falsa y errada de la actuación de los dueños y gerentes de la empresa en cuya guardería, donde se albergaba a los hijos de los trabajadores, ocurrió recientemente un incendio de fatales consecuencias.
Las cosas no son como la población ignorante cree y como algunos malintencionados medios de comunicación las han presentado. En realidad el desempeño de quienes hemos considerado responsables de la tragedia ha sido un ejemplo cabal de sensibilidad, de humanismo, de solidaridad, de conmiseración, de conciencia del deber. Esas virtudes comenzaron a perfilarse a partir de la agilidad con que se actuó en cuanto ocurrió la catástrofe; gracias a ello se evitaron consecuencias aún peores que las descomunales que se están padeciendo.
Estamos, señores, ante una lección histórica de uso del poder para la protección y el beneficio popular.
En cuanto los gerentes de la empresa fueron notificados del incendio, inmediatamente, presos de gran preocupación, desesperados, embargados de impotencia e incluso de un pavor producto del impacto alarmante de la noticia, se trasladaron al lugar; en el trayecto, tanto ellos como sus acompañantes llamaban por teléfono, radio y cualquier otro medio que estuviera al alcance, a subgerentes, jefes de departamento, encargados de área, empleados, para que se congregaran en el sitio: todos, todos debían abandonar sus labores. Ni en la empresa ni en el mundo había algo más importante en ese momento.
La idea era organizar con rapidez comisiones especiales para atender a las víctimas en todo lo que requirieran. No se trataba de entorpecer con una nueva aglomeración la diligente labor de los bomberos, de los empleados de la guardería, de los policías, de los voluntarios, sino de realizar, a unos metros del incendio para palpar el pulso de la situación y sensibilizar a los participantes, la primera de incontables reuniones de trabajo que se tendrían a partir de entonces y que no han cesado hasta el día de hoy.
Desde ese instante, toda la experiencia que había llevado a los empresarios a erigir su gran capital económico, toda esa inteligencia, esa capacidad, ese tino, esa destreza, esa amalgama de estrategias que los había conducido a atesorar su gran fortuna, toda esa fuerza ya probada, fue enfocada y aplicada en la atención del conflicto. Si en los negocios habían sido exitosos, ¿cómo no demostrar esa competencia en un escenario que involucraba vidas humanas, en el que habían fallecido decenas de niños y habían quedado afectados de por vida varias decenas más?
Se ordenó abrir un expediente de cada una de las familias, en el cual se consignaría, día por día, todo lo relativo a sus condiciones de salud, económicas, materiales, psicológicas, emocionales, espirituales, y con base en ese documento se canalizaría a los niños a los lugares más idóneos para su debido cuidado y recuperación; se ordenó traer de urgencia a los mejores especialistas en tratamientos de quemaduras del país, a los mejores neumólogos pues no faltó quien supusiera que los niños habían inhalado peligrosos gases tóxicos durante el siniestro, y a un equipo de tanatólogos pues no había que descuidar el soporte espiritual; se ordenó establecer contacto con organismos nacionales e internacionales dedicados a la atención de niños quemados para atraerlos a la ciudad o bien para canalizar a los infantes a sus sedes; se ordenó formar grupos de trabajo constituidos por médicos, enfermeros, trabajadores sociales, psicólogos, tanatólogos y sacerdotes para atender a las familias; se nombró un coordinador para cada grupo, quien daría seguimiento a la atención puntual de todas las necesidades advertidas; se ordenó constituir una comisión mediadora entre las madres y padres de los niños y sus patrones inmediatos para evitar problemas laborales por la ausencia de aquellos en sus trabajos. Lo más importante era la salud de los niños, por lo que los gerentes mayores ordenaron anotar en cada expediente, paso por paso, día por día, la situación particular de cada menor: ellos supervisarían personalmente los documentos.
Se instó a todas las instancias involucradas a no escatimar en gastos: la empresa cubriría todo.
Paralelamente, los gerentes no se deslindaron de la parte legal: ellos se encargarían de coadyuvar a que se cumpliera la ley. Estaban consternados, también tenían hijos y se ponían en el lugar de los padres de los niños. Se aplicaría la ley sin distingos, sin importar los lazos (familiares, amistosos, laborales) que tuvieran con los posibles responsables. Se trataba de un acontecimiento histórico por lo que comportaba de injusticia, de crueldad, de atrocidad, de desmesura, de ahí que su papel también habría de ser considerado histórico.
Sin embargo, toda ese primer período de ayuda desinteresada, de apoyo, que como se ha dicho inició prácticamente junto con la tragedia, no estuvo salpicada de miedos, temores o recelos sobre en quiénes recaería finalmente la mano de la ley. En ese momento no importaba quiénes serían después declarados legalmente responsables, lo importante era atender el problema en lo inmediato, con la mayor solidaridad posible. No era para menos.
Como en buena parte de la población, ocurrió un sacudimiento en la subjetividad de los gerentes: a ellos también les cambió la vida. El acontecimiento ocurrió en su territorio, los niños fallecidos eran sus niños, las familias afectadas laboraban en sus cotos. Era la oportunidad para demostrar el calibre de su condición humana. Ni por asomo se les ocurrió la vulgaridad de comenzar a defenderse ni mucho menos especular sobre otros posibles culpables. En esa coyuntura había que dar, antes que nada, cauce a los dictados de su responsabilidad moral.
Esto que se ha expresado no incorpora sino en una proporción mínima, particularidades sobre la ejemplar actuación de los gerentes de la empresa a la que estaba adscrita la guardería.
Gracias a esa capacidad de respuesta, fincada en una hasta entonces no apreciada calidad humana, lo que pudo haber sido una debacle de la ya de por sí vulnerada confianza de los empleados en sus patrones, se ha convertido en el motor capaz de transformar para bien el entorno laboral de la empresa, lo que ha sido proyectado de manera natural al contexto social. Es gratificante ser testigos de cómo se ha gestado un diálogo de paz y armonía entre superiores y subalternos, situación que poco pudo haberse vaticinado antes.
El dolor ha sido grande y las pérdidas son irreparables, pero frente a la adversidad los empresarios han extraído lo más pulcro de su conciencia moral y han dado una encomiable lección al mundo. Primero la solidaridad humana, después el beneficio propio, algo que es casi ajeno a quienes ostentan el poder político y económico.
No, lo que vemos no es siempre lo que es. Partamos de esta lección de vida y humanismo y creamos, ahora sí, que otro mundo es posible.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Los niños de la guardería: los Kim Phuc de un México que “no está en guerra”

El Estado no está.
Federico Campbell

La ambición económica irresponsable y el desprecio por los otros son elementos inherentes del trasfondo de la tragedia del 5 de junio en Hermosillo. La ilegalidad, la corrupción, el tráfico de influencias, la mentira, el encubrimiento, la complicidad, son maniobras derivadas de esas dos fatídicas conductas.

Cuarenta y nueve niños murieron porque personas integrantes de diversos organismos decidieron no atender, o contribuir a que no se atendiera, la normatividad establecida para garantizar la seguridad de un lugar en el que, se supone, los niños están cuidados y protegidos mientras sus padres trabajan.

Todos ellos contribuyeron a cargar de napalm la bomba en que se fue convirtiendo la guardería ante tanto desacato, y finalmente el napalm cayó sobre los niños.

La escena monstruosa, abominable, inaudita, que la imaginación no puede ni quiere esbozar, del napalm desprendiéndose del techo y adhiriéndose y quemando los frágiles cuerpos de los menores, trae a la memoria aquella fotografía-símbolo de la guerra de Vietnam, la de la niña Kim Phuc corriendo desnuda junto a otros niños, con tres soldados detrás escoltando fríamente el horror indescriptible que reflejan sus rostros por el dolor físico desmesurado que estaban experimentando. “El dolor era tan terrible que perdí la conciencia (…) Yo no sabía lo que era el dolor. Me había caído en la bicicleta algunas vez, pero el napalm es lo peor que pueden imaginar. Es quemarte con gasolina por debajo de la piel”, relató Kim Phuc muchos años después.

En Hermosillo tuvimos decenas de Kim Phuc; 48 de ellos sucumbieron al crimen y muchos más, como la niña vietnamita, vivirán toda su existencia con las huellas del dolor, los estragos físicos y las laceraciones del impacto emocional.

Sin embargo México no está en guerra…, aparentemente. Guerra del narco aparte, en nuestro país se libra un combate que quiere permanecer oculto pero que cada vez lo está menos: una trinchera está ocupada por la mancuerna entre los gobiernos que no cumplen la ley y las oligarquías que se enriquecen gracias a que tampoco la cumplen, y en la otra se encuentra la población que no pertenece a ninguno de esos ámbitos, sobre todo la clase trabajadora y la que ni siquiera ha llegado a ese estatus porque carece de formas para obtener sustento (en México, no hay que olvidar, hay ochenta millones de pobres). Evidentemente, los ubicados en esta última trinchera participan en ella contra su voluntad, prácticamente no tienen armas y llevan todas las de perder.

En esta guerra desigual, de ultrapoderosos contra desprotegidos en extremo, el Estado es un fantasma, o, como dice Federico Campbell, simplemente no es: “Se indignan en Los Pinos porque unos intelectuales de Estados Unidos deciden que, junto a otros, México es un Estado fallido. Ojalá que fuera nada más fallido. Lo desgarrador y triste es que ni siquiera Estado es, al menos en la concepción de los politólogos italianos que considera inexistente a un Estado cuando no se cumple la ley de manera objetiva e impersonal, y en todos los casos sin excepción. Ésa es su premisa para sostener que no existe el Estado”.

Podrían ilustrarse las reflexiones anteriores con el escenario del incendio de la guardería ABC y no dejaríamos ningún cabo suelto. No sería difícil diseñar un diagrama de flujo como los que se utilizan en algunas materias para representar gráficamente procesos multifactoriales, e ir, flecha con flecha, estableciendo las redes de complicidad, contubernio y corrupción entre los actores que fueron fabricando las condiciones para que la tragedia tuviera lugar.

En esta guerra de fuertes contra débiles que parece infinita, lo más despreciable es el vicio incontrolable de la acumulación de dinero, que nubla toda consideración frente a las consecuencias que puede tener esa degeneración en el prójimo, en los otros, aunque esas consecuencias equivalgan a la muerte. Los dueños de la guardería y todas las autoridades involucradas padecen ese vicio, porque es el dinero, finalmente, el elemento que ha prevalecido en todo esto (ya sea recibido o dado en cash o como compra de silencios). A esa mezquindad la acompaña otra: el desprecio por los pobres. Ésa es otra guerrilla moral que debería estarse librando en las conciencias de los involucrados, cuyo contendiente sería un conjunto de principios ajeno a esas conciencias, como el sentido de justicia, de equidad, de respeto por los demás y en particular por los más desprotegidos.

Ahora, después de que un ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación justificó su propuesta de negativa para que esa instancia no nombrara una comisión investigadora para el caso de la guardería, con el argumento de que “no se está ante un acontecimiento que tenga un impacto trascendente en la forma de vida de una comunidad”, ¿no dan ganas, ahora sí, de gritar a los cuatro vientos: “Al diablo con las instituciones”?

Pero la necesidad de justicia y la esperanza se imponen y hay que hacer y contestar una segunda pregunta: ¿Qué hacer, qué sigue? En virtud de que lo acontecido es inédito, de que algo tan monstruoso era inimaginable, se está creando un gran espacio para la libertad política creadora por parte de la sociedad civil.

¿O queremos un acontecimiento más trascendente que éste?
Las ironías del trinomio impugnación-spots-modelo golden boy


Un político debe ser capaz de predecir lo que pasará mañana, y la próxima semana, y el mes que viene y el año próximo. Y también debe ser capaz de explicar por qué no acertó.
Winston Churchill

El hartazgo de los ciudadanos frente a determinadas prácticas no tiene ningún peso, o lo tiene tan poco que es imperceptible, en el diseño y rediseño (reformas) de la política electoral mexicana. ¿Qué puede ser más evidente para ilustrar ese fastidio que el rechazo generalizado a la excesiva transmisión de spots televisivos durante las campañas? Antes o después de la reforma electoral, comprados directamente por los partidos o transmitidos en calidad de prerrogativas, el caso es que los spots siguen siendo el soporte de lo que se ha denominado “telecracia electoral” (“República del Spot” llamó el analista y periodista Jenaro Villamil a este escenario cada vez más invasivo en la vida nacional).

No sólo el sentir ciudadano es ignorado en ese terreno, sino que, como una burla, que a la vez es una contradicción histórica en el supuesto camino de construcción de la democracia, la cantidad de spots emitidos ha sido directamente proporcional al fastidio: es decir, a mayor hartazgo, la respuesta es… ¡más elementos para el hartazgo!, o sea, una mayor cantidad de spots. En las elecciones de este año fueron difundidos más de 23 millones de esas cuñas (como prefiere llamarles la RAE para evitar el anglicismo), contra los aproximadamente 800 mil de 2006.

Además de actuar ofendiendo la percepción ciudadana, se desdeñan las conclusiones de estudios serios y rigurosos realizados por especialistas en el tema, las cuales señalan que el centrar las campañas electorales en los spots:

a) Desplaza o relega la verdadera comunicación política, la que privilegia el planteamiento de ideas, argumentos y propuestas, y propicia el diálogo y el debate.
b) Rehúye el interés y participación de la ciudadanía.
c) Promueve el “personalismo”, la ficción de que la acción política procede y depende de individuos concretos: los candidatos.
d) Deja la comunicación política en mano de los publicistas y asesores de imagen, es decir, en manos del marketing, con lo que las diferentes opciones electorales se promueven como mercancías, desvirtuando los principios democráticos. (Estos excesos han dado lugar a la instauración del “modelo bombón” o “modelo golden boy”, como le llama Denise Dresser refiriéndose a un personaje de por allá del centro del país. Tal patrón tiene, ¡por supuesto que las tiene!, sus variantes regionales).
e) No contribuye a mejorar la calidad de la democracia, sino que la tergiversa, la frena, la entorpece.

Ahora bien, ¿no es irónico que una demanda de impugnación (que en esta ocasión la emprende un partido político en particular, pero que, a la mexicana, podría ser cualquier otro) esté centrada en el regateo de la cantidad de spots transmitidos durante el proceso electoral, es decir, basada precisamente en ese género publicitario que entraña múltiples indicadores de nuestro retraso democrático?

Pertinencia legal aparte, ¿no es irónico que el recurso que persigue algo tan drástico como la anulación de la contienda, destaque un argumento finalmente tan pobre y desdeñable?

¿No es irónico que el partido político demandante alegue como parte de la explicación de su fracaso electoral la transmisión de una menor cantidad de sus spots, cuando eso es precisamente lo que la población clama, la reducción de esos comerciales?

¿No es una burla a la democracia y a la inteligencia de los ciudadanos que se ponga en juego una elección porque supuestamente la gente vio más a un candidato que a otro en la televisión (o lo escuchó más en la radio)?

¿No han reparado en que la publicidad electoral se parece cada vez más a la (mala) caricatura, que es insultante, grotesca y en muchos casos ridícula, y que devalúa la política?

¿No se percatan de que para lo que es útil esa publicidad tan vulgar, tan poco elaborada, tan cada vez menos provista de calidad y menos hecha para estimular la reflexión, es para exaltar el humor, para inspirar el chiste, el chascarrillo, la charra (lo que por lo menos aligera un poco los estragos de la impotencia y la frustración que genera tanto desmán)?

¿Algún ciudadano se percató acaso de la descomunal diferencia de spots de la que se habla?

Sí, la impugnación incluye otros argumentos, pero los dos primeros refieren directamente a los spots, e indirectamente también el tercer punto, en tanto alega una extralimitación en el tope de gastos de campaña del otro partido (con lo que en parte se habrían comprado los “spots ilegales”).

¿No será, para rematar con la ironía, que mucha gente decidió no votar por el candidato perdedor a consecuencia de la saturación de su imagen producto del exceso de cobertura y propaganda que le dieron la radiodifusora y la televisora oficiales, que cuentan con amplia penetración en todo el estado?

Suprema ironía, ¿verdad?