jueves, 10 de septiembre de 2009

Elegir la trascendencia por la vía del humanismo: el único gran reto del próximo gobernador


¿Qué hará posible que un gobernante decida no ser un “títere en la comedia de la Historia”? ¿Qué cualidad tendría que formar parte de su constitución moral para, auténticamente, desear no ser una pieza inercial más en el engranaje de la dinámica política, tal como desde afuera se le presenta? ¿En qué intersticio de su humanidad residirá aquello que puede impulsarlo a sentar una diferencia real enfrentando condicionamientos (determinismos) difíciles, pero no imposibles de franquear?
Generalmente la palabra “cambio” (tan vapuleada, lo sabemos) suele situarse en el terreno de los propósitos y los logros concretos a los que aspira ‒o finge aspirar‒ el gobernante, en lo político, económico y social. Ejemplo: el inefable “cambio del cambio” del presidente Calderón (por el lado de la simulación). Pero, por la misma falta de credibilidad, confianza y esperanza en la figura del gobernante, poco ahondamos en algo mucho más inmediato: lo que se esperaría de la persona del político. Porque es de la persona, ese ente de carne, hueso y alma que asume el poder, de donde parte todo lo demás.
Hay varias formas de trascender, o de concebir la trascendencia. Sin duda para muchos políticos ésta consiste en conquistar un puesto, una posición en el rompecabezas de la burocracia gubernamental; en formar parte de “la banda” ‒si se permite la expresión coloquial‒ que ejerce el poder en determinado momento; quizás simplemente en ser conocido, famoso, en ufanarse porque su nombre “suena” en los medios de comunicación e irrumpe inevitablemente en las conversaciones. Sí, así de banales y mezquinas pueden ser las pretensiones: piénsese por ejemplo en muchos diputados y senadores que pasan sin pena ni gloria por las pasarelas del Congreso de la Unión.
En este mundo permanentemente en crisis, en donde reina la injusticia, la desigualdad, la incomprensión, la incapacidad de ponerse en el lugar de los desprotegidos, de Los Nadies como diría Eduardo Galeano, que cada vez son más y que con nuestros sistemas y métodos de gobierno se siguen multiplicando, trascender tendría que tener como condición el asumir una postura humanista de gobierno. Quizás suene idealista, pero si así lo parece es a causa de la solemnidad de la palabra, que, desposeyéndola de esa equivocada connotación significa, sencillamente, centrar el pensamiento y la acción en el valor y la dignidad del ser humano. Simple pero profundamente complejo a la hora de los hechos, de las acciones, del actuar gubernamental. Antes hay que escudriñar a qué realmente corresponde esa palabra (dignidad) en la realidad, y para lograrlo, la condición es realmente querer trascender.
“Es humanista ‒dice otra definición más académica‒ cualquier posición que cargue el acento sobre el valor y la dignidad del hombre y sus capacidades creadoras, sobre el hecho de que él es el artífice y el soberano del orbe en que vive” (Garin). Así, el humanismo conviene a la figura del político que quiere trascender, ya que a través de esa vía reafirma las posibilidades que el privilegio del poder le otorga para construir, crear, subvertir, sustraerse al estatismo que marca la fetichización de la política (“políticos karaoke” llamó el periodista Jenaro Villamil a aquellos acartonados, teatrales, montadores de escenarios mediáticos para sustituir su incapacidad, su falta de vocación auténtica; humanista, agregaríamos).
Querer trascender es renunciar a esa farsa.
¿Un ejemplo de cómo gobernar desde esa postura humanista? Tratar a los otros, a los gobernados, como semejantes. Ver en ellos un reflejo de la propia humanidad. ¿Cuál es el problema con establecer el diálogo (que implica el reconocimiento de la dignidad del otro) como parte de una metodología de gobierno?
Asumir una postura humanista, es, por ejemplo, tratar más allá de los pleitos leguleyos a los papás de los niños víctimas del incendio de la guardería ABC, como si el gobernante estuviera tratando consigo mismo en una situación similar. Es no hablar irresponsablemente, no prometer lo que se sabe que no se va a cumplir porque no se quiere o no se puede cumplir, es saber callar para no humillar, para no ofender; es enterrar para siempre la retórica y hablar con la verdad; abandonar la frialdad del trato y optar por el acercamiento genuino; renunciar a la autocomplacencia y optar por la autocrítica.
La conquista de ese reto garantizaría la consecución de otros múltiples desafíos, por eso tendría que convertirse en el objetivo integral del gobernante; y por eso hablamos de que se trata de su único GRAN reto, ya que engloba a todos los demás.
La vía humanista, por definición, no se proclama, se practica. Ojalá dentro de uno, dos, cinco, seis años, concluyamos, a partir de los hechos, que tuvimos un gobernante que realmente quiso trascender.

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