martes, 27 de octubre de 2009

Post suffragium triste

Para Federico Campbell
A 15 años de la publicación de Post scriptum triste

Los límites, ataduras, dependencias, condicionamientos, son inherentes a la existencia humana. No hace falta extender más el razonamiento para encontrar, con indiscutible facilidad, los correlatos que presenta en la realidad. El ser humano (ya se dijo desde los orígenes de la filosofía, pero Ortega y Gasset lo hizo con particular claridad) es al mismo tiempo su circunstancia: uno y otra, inseparables.
Si algo es connatural al hombre es su fragilidad, y la máxima expresión de ésta es la inevitabilidad de la muerte. Las sujeciones, constreñimientos vitales, son pequeñas señales de lo que al final sobrevendrá inevitablemente.
Por el solo hecho de ser, existir, verse impelido a transitar el camino de la vida, ésta es complicada, difícil. De lo individual a lo general o colectivo, las imposiciones de los distintos sistemas económicos y regímenes políticos (porque el Estado es, por naturaleza, coercitivo), intensifican o aligeran las ataduras (constreñimientos) de por sí consustanciales al hombre. ¿Los extremos?: podríamos poner como ejemplos el fascismo por un lado y la socialdemocracia (por lo menos en términos teóricos) por el otro; en nivel de vida, la pobreza de África y los países latinoamericanos de una parte, y los altos índices de desarrollo humano de naciones como Noruega, Suecia e Islandia, de la otra. Si nos abocamos a la historia de un solo país, los vaivenes de la gráfica imaginaria nos darían indicios importantes para evaluar el asunto en cuestión.
En estos momentos en México, hay una verdadera acometida a la sociedad y al individuo por parte del Estado en términos de dificultades vitales, que en eso se traduce el impacto del alza a los impuestos y los nuevos gravámenes. Decisiones en el terreno político, hechas la mayoría en función de intereses de grupo, cotos de poder, conveniencias personales, y de manera irresponsable, irreflexiva e inhumana, se multiplican del lado de la sociedad civil en la forma de yugos más severos, empezando con cada uno de los 20 millones de personas en pobreza alimentaria en el país.
Casi cinco centenas de legisladores, en contubernio con el gobierno federal, deciden cómo será la vida cotidiana, las noches y los días, las horas, los minutos, de cada uno de las decenas de millones de mexicanos, porque los impuestos no son entelequias que rondan como fantasmas el éter, sino factores que repercuten en el diario vivir, en el sentido más crudo y elemental de la frase. Diario vivir: alimentación, salud, sobrevivencia. Eso es lo que está en juego.
Pero el ser humano no es cuerpo por un lado y alma por el otro. La dualidad impuesta por el cristianismo ha arrojado interpretaciones equívocas y de atroces consecuencias para el desarrollo de la humanidad. El mundo aún no se ha percatado lo suficiente de la gravedad de esa falacia.
Pareciera que la clase política mexicana (con contadas excepciones) ha asumido la conseja religiosa de que los hombres están condenados a soportar las penurias en esta tierra en aras de una recompensa más allá de la muerte. De otro modo no puede entenderse tanta insensibilidad.
Cuando hablamos de alimentación, salud, al parecer que nos estamos refiriendo a meros recursos para la sobrevivencia del cuerpo, visto en lo que somos de especímenes biológicos, de animales, pues. Pero cuando esos recursos dejan de serlo, cuando menguan, cuando escasean, cuando no es posible adquirirlos, cuando no son suficientes, se torna más que evidente que no sólo está en juego la enfermedad del cuerpo, sino aquello que le es constitutivo: el alma, la mente, las emociones.
De tal manera que lo que el Estado está haciendo, y cada vez con mayor vehemencia (parece que ése es el calificativo adecuado), es no sólo enfermando cuerpos, sino almas, espíritus, mentes, ánimos, visiones del mundo.
Si esto sigue así no sólo tendremos mayor desnutrición, enfermedades, fallecimientos por hambre, por falta de atención médica adecuada, sino más enfermedades mentales, más depresiones, más suicidios. Y en un dramático círculo vicioso, el desencanto, la tristeza, la desesperanza, la impotencia, enferman todavía más al cuerpo.
Y así, en plena era de la Alta Tecnología, los venerables dueños del poder en México, entre las varias salidas que existen para enfrentar la crisis (que viene “de fuera”, nos dicen, tergiversando, simplificando burdamente el panorama e insultando nuestro sentido común e inteligencia), como la de hacer que los grandes empresarios paguen sus impuestos como debe ser, entre muchas otras, eligen la que significa enfermar más al pueblo, porque ellos, claro, no forman parte de ese pueblo. He ahí el quid del asunto, y la razón por la que “nuestra democracia” debe ser replanteada, modificada, transformada.
Para otro artículo dejo la reflexión sobre nuestra condición de Sísifos contemporáneos, que soportan el castigo de los dioses, pero que, a diferencia del personaje mitológico, no cometimos (o no hemos cometido) la falta de desobedecerlos.

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