La crisis de la palabra o la soberanía del mal-decir
La devaluación metódica del habla en la propaganda política y en el esperanto del mercado de masas es demasiado poderosa y difusa para ser definida sin dificultad. En aspectos decisivos, la nuestra es una civilización “después de la palabra”.
George Steiner
Hay un crimen que, en cierto sentido, engloba a todos los demás: el crimen contra la palabra. ¿Su nicho?: la esfera de la política, en concreto la de los hombres en el poder. Si el mundo sobrevive, si la humanidad no perece, esta época será calificada como aquella en la que la palabra perdió casi completamente su propósito, su fin último, que, en el terreno de la relación entre gobernantes y gobernados incluye, o debería incluir, la fidelidad del discurso, el nombramiento veraz de la realidad.
Con Steiner, la retórica política, la falsedad de los medios de comunicación dominantes, la trivialización del discurso público, han hecho que todo lo que oímos hoy en día sea una jerga vacía, una “locuacidad cancerosa”.
Entre gobernantes y gobernados la brecha es cada vez más grande en virtud de ese crimen contra la palabra: ahí en donde supondríamos debía estar la intersección de ambas entidades, el punto de encuentro, la comunicación efectiva, útil, se ha abierto un hoyo negro, un vacío cada vez más profundo.
Acá la realidad, y su discurso allá. Las cifras dramáticas sobre la pobreza, la corrupción, el delito, el crimen organizado, el abuso de autoridad, la falta de respeto a los derechos humanos, la desconsideración cada vez más irresponsable hacia los niños, todo eso que conocemos porque afortunadamente existen formas más o menos objetivas de evaluar la realidad (por parte de organismos internacionales, centros de investigación, universidades y Organizaciones No Gubernamentales), todo eso acá, y ellos con su palabra devaluada, falsa, corrupta, sucia, allá. Ellos maquillando, enmascarando la realidad, simulando que aquello no pasa, y que si pasa es “de a poquito”, meros catarritos, detallitos sin importancia, y los ciudadanos padeciendo la brutalidad de las circunstancias reales.
Dos mundos, dos historias que se desencadenan en sentidos opuestos.
La historia se repite cada informe de gobierno, cada intervención pública del funcionario, cada vez que ocurre un crimen escalofriante y el gobernante en turno sale a decir que se hará justicia, que “nada ni nadie por encima de la ley”, que no habrá distingos ni excepciones en su aplicación. Y después: la palabra burlada. Aquello fue una mera sucesión de vocablos para salir del paso, para sortear el momento difícil de la indignación social.
Veámoslo bien: estamos atrapados en el absurdo. Ellos con su palabra devaluada, simuladora, encubridora, mentirosa, y los ciudadanos sometidos a ella como público cautivo de un montaje grotesco y degradante. ¡Y las cosas no cambian: empeoran! Cada vez más simulación, más mentira, más crímenes contra la palabra.
Sí, la historia se repite. Para ellos no es complicado porque basta con “refritear” los discursos pasados, desempolvar unos, rehacer otros, para volver a soltar la misma arenga en el proscenio del mal-decir. Pero para el ciudadano no es fácil porque resulta cada vez menos tolerable ver cómo la palabra se devalúa más, los asideros se pierden y sobreviene con mayor fuerza lo que es ya sustancia en la atmósfera ciudadana: la incertidumbre, la desconfianza, la desesperanza, el desencanto.
El discurso de Felipe Calderón con motivo de su tercer informe de gobierno es un ejemplo de esta burocratización de la palabra: frases hechas, manipulación de la información, omisiones, escamoteo de lo esencial, retórica, vacuidad. Es un discurso que repite a los dos anteriores (2007 y 2008); comparte con ellos una lista ejemplar de lugares comunes, de buenos propósitos, de bellos pensamientos sobre el gran país que somos y sobre la fortaleza de los mexicanos para soportar estoicamente las crisis (que, claro, la mayoría nos vienen de fuera), pero sobre todo, los tres son el mismo mar de promesas.
Es un ejercicio interesante leer y comparar los tres mensajes porque se confirma lo que hemos expuesto. Si en el discurso de antier se notó un ligero cambio de tono es porque, en este escenario de notable presión social, había que inocular la percepción de que se está en sintonía con la preocupación colectiva, pero no, se trata de las mismas palabras vacías de significado. No sería necesario esperar al informe para convencernos de que el presidente continúa con su propósito de “transformar al país” como lo ha repetido hasta la saciedad. Los hechos hablarían por sí solos.
En el mensaje con motivo de su primer informe de gobierno FC convocó a “transformar a México de ser un país con casi la mitad de su población en la pobreza, a ser un país próspero y donde hayamos erradicado totalmente la miseria”. En el mensaje alusivo a su tercer informe, adujo (en relación a los 10 pasos para “salvar al país”): “El primero y fundamental, tiene que ver con las condiciones de pobreza en la que vive la mitad de la población, y en particular la pobreza extrema, que sufre uno de cada cinco mexicanos”. En sus palabras, en dos años la pobreza aumentó de “casi la mitad de la población” a “la mitad de la población”, y nunca supimos por qué su convocatoria de 2007 falló y cómo fue, pues, que pasamos de casi la mitad de pobres en el país a estrictamente la mitad. Ejemplos como éste abundan en los tres discursos.
Por eso, tanto los informes anuales como los mensajes a la nación deberían ser documentos fundamentalmente evaluadores de las promesas y propósitos inscritos en el documento antecedente: el informe y el mensaje del segundo informe, una evaluación y autocrítica de lo que se cumplió o no se cumplió de lo dicho en el primero, y así sucesivamente. De otra manera no saldremos nunca de este círculo vicioso, de esta farsa de la palabra política (y de la palabra “política”).
Como dijo ayer el analista Adolfo Sánchez Rebolledo: “la elite dirigente se esconde tras las palabras para no aceptar su pobreza intelectual y moral, pero se prepara para proseguir con las mismas políticas de siempre”.
Los políticos han creado una suprarrealidad y las tensiones entre ella y la realidad cotidiana son cada vez más fuertes. El fondo que se ha tocado no es el fondo al que alude Calderón (por cierto, repite 17 veces la palabra “fondo” en su discurso, con lo que al final el vocablo ya no nos dice mucho, ha sido desgastado: todo lo quiere hacer “a fondo”, ¿qué termina por ser “a fondo”?), en donde desde hace tiempo nos estamos precipitando, sino la falta de fondo que proyectan sus palabras.
jueves, 3 de septiembre de 2009
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