lunes, 7 de diciembre de 2009

Las nuevas brujas de Veracruz


La atribución, sin diagnósticos claros y precisos, de enfermedades mentales y facultades sobrenaturales nada inocuas como la brujería, a las mujeres, es una práctica antigua.
En la Europa de la Edad Media y más fuertemente en los siglos XVI y XVII, tuvieron lugar las célebres y atroces cacerías de brujas. El sustantivo femenino corresponde precisamente al hecho de que las perseguidas eran sobre todo mujeres que mostraban comportamientos distintos a los esquemas permitidos o tolerados: por ejemplo rebeldía o “mal carácter”.
Muchas mujeres, en realidad melancólicas o histéricas, fueron consideradas brujas. Para que la conversión de una a otra figura pudiera ser consistente, tuviera una lógica, existían recursos basados en la medicina de la época. Así, uno de los tantos intentos de explicación del humor negro o melancolía tenía que ver con la acción del demonio: éste se aprovechaba de la bilis negra para provocar males en las personas. Según algunos médicos, el diablo inducía con mayor facilidad a las mujeres pues el sexo femenino “es inconstante en razón de su complexión, de creencias ligeras, malicioso, impaciente, melancólico por ser incapaz de dirigir sus afecciones: y principalmente las viejas débiles, estúpidas y de espíritu vacilante” (citado por Roger Bartra en Cultura y Melancolía).
En 1610 ocurrió la última ejecución de brujas en Holanda; en 1684, en Inglaterra; 1745, en Francia; 1775, en Alemania, y 1782 en Suiza. Pero vendrían otro tipo de cacerías cuyas presas serían también las mujeres.
En el siglo XIX, en un pabellón del famoso hospital de la Salpêtrière de París, se encontraban hospitalizadas, en una mezcla nada favorable, pacientes “alienadas”, “histéricas” y epilépticas, es decir, las que padecían trastornos psicológicos o psiquiátricos convivían con enfermas que soportaban síntomas mucho más severos, violentos y traumáticos, o por lo menos más estrepitosos (El teatro de las histéricas. Y de cómo Charcot descubrió, entre otras cosas, que también había histéricos, Héctor Pérez Rincón). Las consideradas alienadas e histéricas eran enviadas ahí por sus familiares con argumento tan vagos como que presentaban “constantes crisis nerviosas” y comportamientos “caprichosos e impredecibles”. En realidad se trataba, nuevamente, de conductas no consideradas positivas ni deseables en el sexo femenino, tales como inusitados afanes de independencia, carácter fuerte que pretendía imponerse, crítica o rechazo de las normas morales prevalecientes, comportamiento sexual reprobable en una mujer, etcétera.
En 1835, el médico y antropólogo James Cowles Pritchard, acuñó el concepto de insania moral para designar estados de propensión a la melancolía y la pena, que luego daban lugar a “períodos de condición opuesta de excitación preternatural” (lo que después se conocería como enfermedad maniacodepresiva)”. En ese “desarreglo moral”, las personas mostraban expresiones inusuales de “sentimientos fuertes”, principios de conducta “pervertidos” y eran incapaces de comportarse con decencia y propiedad. Para ilustrar el caso, Pritchard pone el ejemplo de “una mujer modesta y discreta (que) se transforma en violenta y abrupta en sus maneras, locuaz, impetuosa y gritona”.
De ahí en adelante, en el membrete “insania moral” quedarían comprendidas las mujeres cuyo comportamiento no es el que la sociedad tradicional espera. Argumentos absurdos para sustentar supuestos diagnósticos de locura o insania moral, abundaban. He aquí algunas expresiones que podrían considerarse típicas: (de un médico a su paciente) “Su delirio es total, y lo más peligroso e incurable es que usted habla como una persona en plena posesión de su raciocinio”, “usted padece de ‘orgullo incurable’”; (de un doctor a los padres de una chica destinada al manicomio) “Quiere demasiado, tiene demasiadas ideas, es demasiado independiente. No sabe lo que es mejor para ella. No sabe qué es una conducta adecuada. Es moralmente insana”.
Los propios padres, quienes con engaños trasladaban a sus hijas a las clínicas, se mostraban intolerantes y escandalizados ante conductas y actitudes “fuera de lo normal”, al grado de estar completamente seguros de que lo mejor era aislarlas, muchas veces para toda la vida. Así, una madre le dice al médico que su hija “lee novelas de Zola, tiene un affair con su tutor y desea ganarse la vida como profesora de piano”; además rechaza la religión y dista mucho de tener fe en la autoridad, lo cual la convertía en una candidata ideal para el hospital de salud mental (Juicio a la psicoterapia, Jeffrey Masson Mouffaieff).
Todo esto ocurrió en países como Francia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos durante el siglo XIX y buena parte del XX.
Ahora en México, el 17 de noviembre de este año, una diputada del Congreso del Estado de Veracruz, avalada por las bancadas mayoritarias del PRI y el PAN, presentó la iniciativa de sustituir, para el delito de aborto, “la pena privativa de libertad por un tratamiento médico integral y multa”. Se trata de una reforma al Artículo 150 del Código Penal del Estado, infructuosamente desaprobada por el PRD, PT y Convergencia (treinta y siete votos a favor, seis en contra y cero abstenciones), que quedó así: “A la mujer que se provoque o consienta que se le practique un aborto se le impondrá un tratamiento en libertad consistente en la aplicación de medidas educativas y de salud y multa de setenta y cinco días de salario mínimo”.
Es decir, en ese estado, quien aborte ya no irá a la cárcel (mientras no reincida), sino que recibirá tratamiento médico, de lo que se infiere que las mujeres que abortan están... enfermas, necesitan rehabilitación.
Esta propuesta pone en evidencia la fabricación despiadada de una nueva satanización de las mujeres que practican el aborto: ¿Enfermas? ¿Brujas?
Según la aclaración de un diputado promotor del texto de reforma, las medidas que se aplicarán en ese tratamiento integral son “laborales, educativas, de salud o de cualquier índole…”: un tratamiento “con las medidas educativas de salud” (sic).
La intención nada inocente de la iniciativa se comprueba al leer la versión estenográfica de la sesión, durante la cual la diputada Dalia Edith Pérez Castañeda, única priista que votó en contra de la reforma, solicitó tiempo para revisar con cuidado el texto antes de la votación, pues no se habían entregado copias a los miembros del congreso, es decir, ¡no lo conocían!, pero el presidente en turno se negó, arguyendo lo siguiente: “Finalmente, el resultado de la votación le va a permitir a usted o a cualquier diputado hacer el debate sobre el tema”. Es decir, se pretendía que la discusión se diera después de que el texto fuera votado, y así ocurrió: la propuesta fue aprobada por el PRI y el PAN y después se procedió a la discusión.
Todavía más: inicialmente la Junta de Coordinación Política había acordado que ese punto no se incluyera en el orden del día de la sesión del 17 de noviembre, pero en ausencia de la diputada del PRD, Margarita Guillaumín Ramírez, quien después denunciaría el hecho ante el pleno, el resto de los diputados decidió que sí se incluyera, pero una vez que ya había concluido la sesión de la Junta, por lo que esa modificación era formalmente improcedente.
Con trampas, pues, la iniciativa logró colarse y los ganones fueron, en contubernio como muchas otras veces y cada vez con mayor frecuencia, el PRI y el PAN.
La diputada Guillaumín criticó el “benévolo concepto de que (las mujeres que abortan) están enfermas, están perturbadas, están locas, son ignorantes”, cuando lo que necesitan es “vivir en un Estado de derecho, en un Estado laico, en un Estado que respete la libertad, la vida, la dignidad y las diferencias religiosas, ideológicas y filosóficas…”. Pero sus palabras fueron terminantemente ignoradas.
Bienvenidos, pues, a la cacería de brujas neomedieval en plena era posmoderna.

No hay comentarios:

Publicar un comentario