Perdón por el pesimismo:
Si la muerte de 49 niños sigue impune, no tenemos remedio como sociedad
Perdón por la tristeza, dice Joaquín Sabina en una fina paráfrasis al “Perdonen la tristeza” de César Vallejo. Para completar el cuadro que nos toca interpretar habría que agregar: “Perdón por el pesimismo”. Pesimismo, precisamente, por estar advirtiendo la tristeza, por ésa que comienza a abundar, a penetrar en los individuos, a permear los ambientes. La tristeza producto de la decepción, la incredulidad, el escepticismo, la impotencia. La que se respira en los espacios de la pobreza, el desamparo, la desigualdad, la injusticia; en los hoyos negros de la impunidad.
La tristeza resultado del cansancio acumulado de decenas de años de relativa esperanza que llevamos a cuestas los que compartimos el transcurrir de parte del siglo pasado y de éste que, parece, no cumplirá su sino.
Si la esperanza muere al último, pareciera que la carrera está por terminar.
Cuando hablamos de política en este país, las verdades de Perogrullo se convierten en una necesidad. Decir “políticos corruptos, insensibles e irresponsables” es en realidad una perogrullada, porque cumple con las condiciones de clara evidencia y obviedad que caracterizan a esas verdades. Pero seguimos repitiéndolas porque, tras la falta de reacciones adecuadas, positivas e inteligentes de parte de los gobiernos y los políticos frente a la decadencia en picada que soportamos, no nos queda más recurso que la palabra, ya sea a través de la escritura o de los gritos descarnados de quienes piden justicia en mítines, marchas, plantones, huelgas de hambre, y desde sus propios hogares –o devastados espacios en donde estuvieron fincados sus hogares, si hogares se les pudo llamar– los humillados y ofendidos, los olvidados, cuando, por ejemplo, las fuerzas de la naturaleza arrasan con su paupérrimo patrimonio de un minuto a otro.
Pese a las demostraciones constantes de que las circunstancias cambian pero para empeorar, nuestra capacidad de asombro se mantiene: a pesar de todo seguimos creyendo, o nos esforzamos en seguir creyendo, no nos resignamos, pero esa fuerza impulsora natural hacia la confianza y el optimismo se ve traicionada una y otra vez, y el asombro negativo prevalece para dar lugar al pesimismo, la tristeza.
Sin embargo, la capacidad de creer no puede ser eterna. Habrá que sustituirla por nuevas acciones que ya se están urdiendo en muchos rincones de México.
En autocrítica –la cual esperemos dé lugar a muchas de esas acciones contundentes de rebeldía productiva, constructiva–, estamos alejados de las desgracias ajenas, desvinculados, desconectados unos de otros; no existen instancias, estructuras viables y efectivas de conexión, de comunicación y por lo tanto de solidaridad. La sociedad mediatizada es, como nunca, el fenómeno que nos tiene en estado de sitio social. Para muchos el mundo es lo que las grandes televisoras deciden difundir. Y punto.
Sabemos muy poco. No sabemos nada.
Entran y salen, llegan y se van generaciones de políticos y nos siguen traicionando. Se ha llegado al extremo de que si queremos saber qué es lo que los gobernantes no harán durante sus gestiones, sólo hay que escuchar atentamente sus promesas de campaña: “todo lo que digan será al revés”, como dice el dicho juguetón. Estamos situados no ya en el doble discurso, sino en el discurso al revés. Tal es el caso de mayor impunidad de los últimos tiempos: el de la guardería ABC y las promesas de justicia de Guillermo Padrés cuando era candidato a gobernador. Un elemento más para el asombro, y para el pesimismo y la tristeza.
Al igual que hace casi seis meses no conocemos a detalle y profundidad el estado de los familiares de los niños fallecidos en el incendio, ni el de los pequeños cuya salud se vio gravemente afectada, en algunos casos para toda la vida, a consecuencia del siniestro. No se ha molestado el nuevo gobierno en hacer el diagnóstico global de la tragedia, y tampoco, claro, se ha aplicado la ley; mucho menos se ha hecho justicia.
Si hay alguna razón legal o justificación jurídica avaladora de que las pompis antes tan pronunciadas de Alejandra Guzmán y hace unos días bastante enfermitas (perdón por el ejemplo tan difundido, pero es muy bueno), generen de manera casi inmediata la acción de la ley, en contraste con la no aplicación de ésta en el caso de la muerte de 49 niños como resultado de la negligencia de los dueños de la guardería y funcionarios de los tres niveles de gobierno, la ley no sirve y este país no tiene remedio.
La impunidad en el caso ABC es un asunto de clases sociales, de contubernios, de complicidades delictivas, del miserable Estado de Desecho de este país del cinismo.
Perdón, pues, por el pesimismo, la tristeza...
jueves, 26 de noviembre de 2009
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