martes, 27 de octubre de 2009

El Instituto Sonorense de Cultura y sus tentaciones por la tecla “delete”

Alguien dijo: La historia oficial es la autobiografía del Estado.


Ha ocurrido desde siempre. Desde los orígenes de la historia como relato de los sucesos pasados, surgió la historia oficial, aquella avalada por el Estado, destinada a legitimar los intereses de los hombres en el poder, y de sus aliados en la sociedad.
Hay, claro, mucho que decir sobre la historia oficial: un tema complejo, controvertido, extraordinariamente vigente. Pero aquí me quiero referir solamente a una de las múltiples características de esa historia dominadora, dominante: la práctica consuetudinaria de borrar, omitir, desaparecer, cortar, erradicar, mutilar acontecimientos, hechos, personajes, a la medida de los deseos, intereses, conveniencias, gustos, traumas y quizás patologías de quienes tienen el control sobre los medios de transmisión de los acontecimientos pretéritos, entre los que sobresalen, todavía, los libros.
Hay desde erradicaciones criminales hasta omisiones que no afectan la interpretación de la Gran Historia (o de la que se considera como tal), y que sólo incumben a unos cuantos. De las primeras hay dolorosos, escandalosos ejemplos, tantos que es más frondosa la historia no oficial paralela que se ha tenido que construir como contrapeso a las grandes mentiras (como pueden calificarse las grandes omisiones): la otra historia de la Segunda Guerra Mundial, lo otra historia de los pueblos indígenas, la otra historia de las dictaduras latinoamericanas, y así podríamos seguir, sitio por sitio, época por época, desde el principio de los tiempos hasta la actualidad, lo que da pie a pronosticar que no tiene por qué ser, desgraciadamente, diferente en el futuro. (En el aquí y el ahora, entre las deleznables omisiones pueden incluirse los recortes de ciertas etapas de la historia de México en los libros de texto gratuitos de algunos niveles escolares).
Las supresiones chiquititas son un reflejo, digamos, chafa, de aquellas mayores y, desafortunadamente, trascendentes; mientras éstas son casi siempre resultado de propósitos de largo alcance, producto de confabulaciones cuidadosamente urdidas (malsanas, dolosas, sí), con el fin de desviar y tergiversar lo que después será la memoria de los sucesos, las pequeñas supresiones son generalmente resultado de caprichos personales, especie de complejos de quienes, al ostentar un “podercito” por un tiempo, se sienten gratificados con tan sutil cosa como la omisión deliberada, en sus inventarios, de los nombres de personas que en determinado momento no les fueron precisamente afines.
Tal es el caso de la exclusión de varios artistas, creadores y coordinadores de proyectos, en el libro que registra la labor del Instituto Sonorense de Cultura en el período sexenal que acaba de concluir. Ya ha habido declaraciones de artistas cuya participación fue ignorada, borrada de esa publicación, que lleva por título (irónicamente para el caso) Todos somos memoria (Hermosillo, agosto de 2009). En la medida en que el documento se presenta como recuento exhaustivo y pormenorizado de las actividades realizadas, dichos recortes no tienen justificación.

La amnesia prefabricada les hizo olvidar, por lo menos:
1.- La trayectoria del músico Fernando Palma como violonchelista de la Orquesta Filarmónica de Sonora, su papel como compositor y arreglista de la Orquesta Juvenil, y el que sus obras hayan sido “las primeras sinfónicas escritas por un sonorense para Sonora”, entre otras valiosas aportaciones (Dossier Político, 9 de septiembre de 2009).
2.- La mención de la creadora y directora de la única revista cultural impresa que se editó en el sexenio por parte del ISC, Lúdika (2004-2005), así como de su equipo de trabajo y colaboradores, la descripción del proyecto, su penetración, su acogida por parte de la comunidad cultural.
3.- La mención de la creadora y co-conductora del programa televisivo “Carnaval de la palabra” (2005), que se transmitió por TELEMAX como parte de la agenda de la serie denominada “Barra Libre”. A diferencia del caso anterior, en el que no se dedica ni un solo párrafo a la publicación y sólo se incluye, como para cumplir el requisito, una miniatura de la portada de uno de los números, en el caso de “Carnaval” se mencionan los nombres de otros participantes pero no el de la autora del proyecto, en quien descansó su origen y buena parte de su desarrollo.

Son, apenas, unos cuantos ejemplos que reflejan el predominio de reacciones viscerales por sobre los valores de la imparcialidad y la objetividad, que deberían atenderse en una publicación oficial. Las obras de Palma ha sido interpretadas y grabadas; de la revista Lúdika existen ejemplares impresos de todos las ediciones, y las transmisiones del programa televisivo fueron grabadas también. En todos los casos, la información relativa a los creadores y participantes de los proyectos quedó consignada. Los sucedidos, pues, tienen un soporte material, tangible, mientras que la “verdad” oficial sólo puede sostenerse como mentira.

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