miércoles, 12 de agosto de 2009

Las ironías del trinomio impugnación-spots-modelo golden boy


Un político debe ser capaz de predecir lo que pasará mañana, y la próxima semana, y el mes que viene y el año próximo. Y también debe ser capaz de explicar por qué no acertó.
Winston Churchill

El hartazgo de los ciudadanos frente a determinadas prácticas no tiene ningún peso, o lo tiene tan poco que es imperceptible, en el diseño y rediseño (reformas) de la política electoral mexicana. ¿Qué puede ser más evidente para ilustrar ese fastidio que el rechazo generalizado a la excesiva transmisión de spots televisivos durante las campañas? Antes o después de la reforma electoral, comprados directamente por los partidos o transmitidos en calidad de prerrogativas, el caso es que los spots siguen siendo el soporte de lo que se ha denominado “telecracia electoral” (“República del Spot” llamó el analista y periodista Jenaro Villamil a este escenario cada vez más invasivo en la vida nacional).

No sólo el sentir ciudadano es ignorado en ese terreno, sino que, como una burla, que a la vez es una contradicción histórica en el supuesto camino de construcción de la democracia, la cantidad de spots emitidos ha sido directamente proporcional al fastidio: es decir, a mayor hartazgo, la respuesta es… ¡más elementos para el hartazgo!, o sea, una mayor cantidad de spots. En las elecciones de este año fueron difundidos más de 23 millones de esas cuñas (como prefiere llamarles la RAE para evitar el anglicismo), contra los aproximadamente 800 mil de 2006.

Además de actuar ofendiendo la percepción ciudadana, se desdeñan las conclusiones de estudios serios y rigurosos realizados por especialistas en el tema, las cuales señalan que el centrar las campañas electorales en los spots:

a) Desplaza o relega la verdadera comunicación política, la que privilegia el planteamiento de ideas, argumentos y propuestas, y propicia el diálogo y el debate.
b) Rehúye el interés y participación de la ciudadanía.
c) Promueve el “personalismo”, la ficción de que la acción política procede y depende de individuos concretos: los candidatos.
d) Deja la comunicación política en mano de los publicistas y asesores de imagen, es decir, en manos del marketing, con lo que las diferentes opciones electorales se promueven como mercancías, desvirtuando los principios democráticos. (Estos excesos han dado lugar a la instauración del “modelo bombón” o “modelo golden boy”, como le llama Denise Dresser refiriéndose a un personaje de por allá del centro del país. Tal patrón tiene, ¡por supuesto que las tiene!, sus variantes regionales).
e) No contribuye a mejorar la calidad de la democracia, sino que la tergiversa, la frena, la entorpece.

Ahora bien, ¿no es irónico que una demanda de impugnación (que en esta ocasión la emprende un partido político en particular, pero que, a la mexicana, podría ser cualquier otro) esté centrada en el regateo de la cantidad de spots transmitidos durante el proceso electoral, es decir, basada precisamente en ese género publicitario que entraña múltiples indicadores de nuestro retraso democrático?

Pertinencia legal aparte, ¿no es irónico que el recurso que persigue algo tan drástico como la anulación de la contienda, destaque un argumento finalmente tan pobre y desdeñable?

¿No es irónico que el partido político demandante alegue como parte de la explicación de su fracaso electoral la transmisión de una menor cantidad de sus spots, cuando eso es precisamente lo que la población clama, la reducción de esos comerciales?

¿No es una burla a la democracia y a la inteligencia de los ciudadanos que se ponga en juego una elección porque supuestamente la gente vio más a un candidato que a otro en la televisión (o lo escuchó más en la radio)?

¿No han reparado en que la publicidad electoral se parece cada vez más a la (mala) caricatura, que es insultante, grotesca y en muchos casos ridícula, y que devalúa la política?

¿No se percatan de que para lo que es útil esa publicidad tan vulgar, tan poco elaborada, tan cada vez menos provista de calidad y menos hecha para estimular la reflexión, es para exaltar el humor, para inspirar el chiste, el chascarrillo, la charra (lo que por lo menos aligera un poco los estragos de la impotencia y la frustración que genera tanto desmán)?

¿Algún ciudadano se percató acaso de la descomunal diferencia de spots de la que se habla?

Sí, la impugnación incluye otros argumentos, pero los dos primeros refieren directamente a los spots, e indirectamente también el tercer punto, en tanto alega una extralimitación en el tope de gastos de campaña del otro partido (con lo que en parte se habrían comprado los “spots ilegales”).

¿No será, para rematar con la ironía, que mucha gente decidió no votar por el candidato perdedor a consecuencia de la saturación de su imagen producto del exceso de cobertura y propaganda que le dieron la radiodifusora y la televisora oficiales, que cuentan con amplia penetración en todo el estado?

Suprema ironía, ¿verdad?

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