Los niños de la guardería: los Kim Phuc de un México que “no está en guerra”
El Estado no está.
Federico Campbell
La ambición económica irresponsable y el desprecio por los otros son elementos inherentes del trasfondo de la tragedia del 5 de junio en Hermosillo. La ilegalidad, la corrupción, el tráfico de influencias, la mentira, el encubrimiento, la complicidad, son maniobras derivadas de esas dos fatídicas conductas.
El Estado no está.
Federico Campbell
La ambición económica irresponsable y el desprecio por los otros son elementos inherentes del trasfondo de la tragedia del 5 de junio en Hermosillo. La ilegalidad, la corrupción, el tráfico de influencias, la mentira, el encubrimiento, la complicidad, son maniobras derivadas de esas dos fatídicas conductas.
Cuarenta y nueve niños murieron porque personas integrantes de diversos organismos decidieron no atender, o contribuir a que no se atendiera, la normatividad establecida para garantizar la seguridad de un lugar en el que, se supone, los niños están cuidados y protegidos mientras sus padres trabajan.
Todos ellos contribuyeron a cargar de napalm la bomba en que se fue convirtiendo la guardería ante tanto desacato, y finalmente el napalm cayó sobre los niños.
La escena monstruosa, abominable, inaudita, que la imaginación no puede ni quiere esbozar, del napalm desprendiéndose del techo y adhiriéndose y quemando los frágiles cuerpos de los menores, trae a la memoria aquella fotografía-símbolo de la guerra de Vietnam, la de la niña Kim Phuc corriendo desnuda junto a otros niños, con tres soldados detrás escoltando fríamente el horror indescriptible que reflejan sus rostros por el dolor físico desmesurado que estaban experimentando. “El dolor era tan terrible que perdí la conciencia (…) Yo no sabía lo que era el dolor. Me había caído en la bicicleta algunas vez, pero el napalm es lo peor que pueden imaginar. Es quemarte con gasolina por debajo de la piel”, relató Kim Phuc muchos años después.
En Hermosillo tuvimos decenas de Kim Phuc; 48 de ellos sucumbieron al crimen y muchos más, como la niña vietnamita, vivirán toda su existencia con las huellas del dolor, los estragos físicos y las laceraciones del impacto emocional.
Sin embargo México no está en guerra…, aparentemente. Guerra del narco aparte, en nuestro país se libra un combate que quiere permanecer oculto pero que cada vez lo está menos: una trinchera está ocupada por la mancuerna entre los gobiernos que no cumplen la ley y las oligarquías que se enriquecen gracias a que tampoco la cumplen, y en la otra se encuentra la población que no pertenece a ninguno de esos ámbitos, sobre todo la clase trabajadora y la que ni siquiera ha llegado a ese estatus porque carece de formas para obtener sustento (en México, no hay que olvidar, hay ochenta millones de pobres). Evidentemente, los ubicados en esta última trinchera participan en ella contra su voluntad, prácticamente no tienen armas y llevan todas las de perder.
En esta guerra desigual, de ultrapoderosos contra desprotegidos en extremo, el Estado es un fantasma, o, como dice Federico Campbell, simplemente no es: “Se indignan en Los Pinos porque unos intelectuales de Estados Unidos deciden que, junto a otros, México es un Estado fallido. Ojalá que fuera nada más fallido. Lo desgarrador y triste es que ni siquiera Estado es, al menos en la concepción de los politólogos italianos que considera inexistente a un Estado cuando no se cumple la ley de manera objetiva e impersonal, y en todos los casos sin excepción. Ésa es su premisa para sostener que no existe el Estado”.
Podrían ilustrarse las reflexiones anteriores con el escenario del incendio de la guardería ABC y no dejaríamos ningún cabo suelto. No sería difícil diseñar un diagrama de flujo como los que se utilizan en algunas materias para representar gráficamente procesos multifactoriales, e ir, flecha con flecha, estableciendo las redes de complicidad, contubernio y corrupción entre los actores que fueron fabricando las condiciones para que la tragedia tuviera lugar.
En esta guerra de fuertes contra débiles que parece infinita, lo más despreciable es el vicio incontrolable de la acumulación de dinero, que nubla toda consideración frente a las consecuencias que puede tener esa degeneración en el prójimo, en los otros, aunque esas consecuencias equivalgan a la muerte. Los dueños de la guardería y todas las autoridades involucradas padecen ese vicio, porque es el dinero, finalmente, el elemento que ha prevalecido en todo esto (ya sea recibido o dado en cash o como compra de silencios). A esa mezquindad la acompaña otra: el desprecio por los pobres. Ésa es otra guerrilla moral que debería estarse librando en las conciencias de los involucrados, cuyo contendiente sería un conjunto de principios ajeno a esas conciencias, como el sentido de justicia, de equidad, de respeto por los demás y en particular por los más desprotegidos.
Ahora, después de que un ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación justificó su propuesta de negativa para que esa instancia no nombrara una comisión investigadora para el caso de la guardería, con el argumento de que “no se está ante un acontecimiento que tenga un impacto trascendente en la forma de vida de una comunidad”, ¿no dan ganas, ahora sí, de gritar a los cuatro vientos: “Al diablo con las instituciones”?
Pero la necesidad de justicia y la esperanza se imponen y hay que hacer y contestar una segunda pregunta: ¿Qué hacer, qué sigue? En virtud de que lo acontecido es inédito, de que algo tan monstruoso era inimaginable, se está creando un gran espacio para la libertad política creadora por parte de la sociedad civil.
¿O queremos un acontecimiento más trascendente que éste?
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