miércoles, 12 de agosto de 2009

Los narcisistas del poder


En la orientación narcisista se experimenta como real sólo lo que existe en nuestro interior, mientras que los fenóme­nos del mundo exterior carecen de realidad de por sí y se expe­rimentan sólo desde el punto de vista de su utilidad o peligro para uno mismo. (…) (Para el narcisista) la única realidad que existe es la que está dentro de él, la de sus temores y deseos.
Erich Fromm

En Sonora muchos ciudadanos estamos inconformes con los resultados de la elección a gobernador, pero tal disentimiento no tiene que ver con el triunfo o la derrota de determinado candidato sino con la desesperanza y la indignación que provoca un sistema político cada vez más enfermo. La naturaleza de este estadio del acontecer cotidiano nacional, es decir, el desencanto mayúsculo de la población, no puede ser más evidente, está ahí, permea todos los ámbitos de la sociedad, sin embargo los-que-viven-de-la-política (decir “clase política” o “políticos” es quizá concederles una estatura que, en virtud de su mal papel, no han alcanzado) suelen actuar completamente desvinculados de esa realidad.

Padecemos en su ya casi intolerable expresión el narcisismo de los hombres de poder. En los ámbitos de la mitología y del psicoanálisis la figura de Narciso es compleja y resulta imposible agotar sus distintas facetas en unas cuantas líneas. Algunos pensadores han calificado a la época contemporánea como “la era de Narciso” (Gilles Lipovetsky) o han definido a la cultura actual como “la cultura del narcisismo” (Christopher Lasch). Si bien esa condición es atribuible a grupos sociales o a personas en lo particular, el asunto se torna grave cuando quienes la despliegan son individuos en los que recae una responsabilidad de representación ciudadana o de servicio público.

De ese tan vasto y abordado tema, y sobre todo tan vigente, lo que interesa destacar es el papel que los otros desempeñan en la mirada narcisista, es decir, qué son los otros para el narcisista, en este caso para el prototípico hombre de poder a la mexicana. Cuando Freud se refería a que en el narcicismo “la libido ha sido sustraída al mundo exterior y aportada al yo”, daba pie a la definición de una serie de características de ese tipo de personalidad, como la concentración en sí mismo, el aislamiento del entorno, la incapacidad para percibir la realidad externa, el desprecio de los demás, el desconocimiento del valor de éstos y la insensibilidad frente a sus problemas y necesidades.

En ese sentido Narciso es la antítesis de Prometeo: el que robó el fuego a los dioses para otorgárselo a los mortales simboliza la filantropía, la solidaridad con los otros, el énfasis en el conocimiento, el interés en el progreso civilizatorio, el avance integral del hombre; aquello que, digamos, consideraríamos como lo deseable y óptimo en un hombre que se jacte de ser político en el sentido aristotélico: zoon politikon, que implica que los grandes valores humanos sólo pueden ser conquistados en la polis, en la plenitud de lo social.

En la medida en que para el narcisista “el objeto es él mismo”, no hay cabida para el diálogo. El psicoanalista Joan Coderech define al narcisismo, precisamente, como la imposibilidad del diálogo, como el “no diálogo”. De ahí que mientras los hombres de poder se regocijan en su afección narcisista, amplían la distancia que mantienen con los ciudadanos: sus discursos son encadenamientos de palabras vacías de sentido; sus imágenes, repulsivas caricaturas; sus propuestas, meros recursos para salir del paso mientras logran satisfacer el beneficio para sí mismos; sus discusiones, guiones fraguados para ser escenificados en papeles que se reparten ellos mismos, en un franco autismo teatral: el público no existe.

No inspiran el menor indicio de credibilidad pero no reparan en ello, se hacen los desentendidos, no cambian, se mantienen ciegos y sordos; están, pues, limitados por su narcisismo. Esto tiene sus costos, pero no tenemos aún respuestas claras sobre la magnitud del importe.

El narcisismo “puro” corresponde a un estadio muy preciso en la vida del individuo: es fundamentalmente en la niñez cuando el propio yo constituye el objeto primordial del amor (léase interés en el mundo exterior, reconocimiento del otro…). A medida que el ser humano crece, madura, ese narcisismo en estado puro va cediendo; se presentan rasgos, sí, pero “la vida anímica se ve forzada a traspasar las fronteras del narcisismo y a investir de libido objetos exteriores. (…) Un intenso egoísmo protege contra la enfermedad; pero, al fin y al cabo, hemos de comenzar a amar para no enfermar…”, dice Freud.

Pero el empeño narcisista de los hombres de poder arroja una conclusión bastante vulgar: su anclaje en el estadio primordial, básico, elemental del desarrollo psíquico, pone de manifiesto una condición enfermiza.

Si bien habría que enriquecer esta interpretación con aspectos históricos concretos de la historia política mexicana para tener un cuadro más ilustrativo de lo que parecería ser nuestro destino manifiesto en ese terreno, hay que decir que el desenlace de Narciso es su desintegración. Al serle imposible sostenerse en su afección, se fragmenta y muere.

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