La moral por los suelos…
¡Sopla una vez más,
Fuelle de la virtud!
¡Ah!
¡Rugir una vez más!
¡Rugir moralmente!
¡Como león moral
Ante las hijas del desierto!
Friedrich Nietzsche, Así hablaba Zaratustra
Según una acepción del término, lo “moral” corresponde a lo correcto, lo aceptable, lo bueno, atributos cuyo contenido, por supuesto, cambia históricamente. Pero algo que se ha mantenido más o menos estable a lo largo de las épocas ha sido la tendencia de los grupos sociales más influyentes económica y políticamente a atribuirse la “moralidad”, como si esa cualidad fuera intrínseca a su condición.
Así, en la antigüedad la única moral válida era la de los hombres libres, de ahí que no era considerado inmoral el trato brutal a los esclavos, desprovistos, para aquellos, de moral. En la Edad Media la aristocracia feudal consideraba que por razones “de sangre”, por el hecho de pertenecer a la nobleza, era poseedora de un conjunto de cualidades morales que los plebeyos, sólo por serlo, no poseían; moral y religión ligadas, la compensación por los sacrificios terrenales, el reconocimiento del valor y dignidad personales, vendrían después de la muerte, en el paraíso terrenal.
La nueva polarización de clases en el capitalismo genera una moral dominante acorde con los fines de la burguesía, es decir, con la acumulación de riqueza, en la que inicialmente se pondera el trabajo, la laboriosidad, el esfuerzo personal, la confianza en sí mismo, la honradez, el patriotismo, la libertad, pero que con el tiempo da lugar a otras conductas consideradas no precisamente “morales” como el individualismo excesivo, el egoísmo, la ambición, la hipocresía. En ese escenario, el trabajador es valorado en lo que le reporta de beneficio económico al patrón, y poco importa su constitución moral.
Descrito de forma muy general y, ciertamente, esquemática, así han sido las cosas.
En pleno siglo XXI en Hermosillo, han surgido situaciones que, con base en los planteamientos anteriores, invitan a hacer un somero “análisis de caso”:
1.- Se incendia una guardería y mueren 49 niños. 2.- Fallecen porque ni la guardería ni la bodega aledaña en donde inició el incendio cumplían con las condiciones de seguridad que exige la ley. 3.- Por lo tanto hay culpables y están bien identificados. 4.- No se ha aplicado la ley; en delitos cuyas consecuencias no tienen comparación por no acercarse ni por asomo a lo devastador de este caso, solemos ver que la ley actúa rápidamente, pero la diferencia es que en muchos de esos crímenes no están involucradas personalidades influyentes. 5.- Los papás de los niños, en ejercicio de su derecho, exigen que se aplique la ley. 6.- Representantes de grupos “destacados” en las esferas de la economía, la política, la sociedad y la religión, pretenden influir en el juicio que se hace a (algunos de) los responsables con el “argumento”, consignado en cartas enviadas al juez que lleva el caso, de que son personas portadoras de elevados valores morales. 7.- El tema de la moral vuelve a surgir cuando el gobernador le dice al papá de uno de los niños que los integrantes del movimiento 5 de junio “no tienen moral”.
El escenario no parece estar muy alejado de lo que ocurría en otras épocas, lo cual indica los exiguos logros de nuestro progreso civilizatorio (que cada vez parece más un retroceso civilizatorio), entendido como la búsqueda constante de una sociedad más justa, más igualitaria, más humanista. Los portadores de la “moral dominante”, representada por empresarios, funcionarios y por la iglesia católica en la figura del arzobispo, han trazado así el panorama: los dueños de la guardería, infractores de la ley, detentan los valores morales, son quienes encarnan lo que ellos llaman moral, mientras que los trabajadores, víctimas de los delitos cometidos por los catalogados como intachables, víctimas para siempre por haber sido condenados a experimentar el más terrible de los dolores humanos, la pérdida de un hijo, ¡carecen de moral!
Si se emprendiera la estrategia de enviar cartas avalando la calidad moral de los papás y las mamás de los niños afectados, el peso debería ser mayor frente al juez, pues los padres de familia ultrajados no han delinquido, cuando los otros sí. Entonces, ¡redactemos esas cartas!
Desgraciadamente, la realidad nos dicta cada vez con más fuerza que el Estado no está…
Una postura incongruente en este contexto de manipulación de la moral, es que la mayoría de aquellas personas aliadas de la impunidad, se han manifestado defensoras del “derecho a la vida”, es decir, están en contra de la despenalización del aborto porque defienden la vida del embrión y del feto en el seno materno, y por lo tanto están a favor de que se castigue, “de acuerdo a la ley”, a las madres que se atrevan a interrumpir un embarazo. Sin embargo, están en contra de que se castigue a los culpables de que 49 niños habitantes de este mundo hayan fallecido.
¿No es ésta una contradicción más que aberrante, que refleja una doble moral escandalosa, imperdonable?
Si esta gente es escuchada y sus “recomendaciones” son tomadas en cuenta, se está propiciando que la ley siga infringiéndose en el ámbito de las guarderías, y que, terrible es decirlo, pueda haber más tragedias de esa naturaleza. ¡Eso es lo que está en juego!
La impunidad, está comprobado, genera más delito, más violencia, más impunidad.
Y la moral, sí, está por los suelos…
jueves, 27 de agosto de 2009
jueves, 20 de agosto de 2009
La “edad del crimen” y el valor de la palabra
Diga usted
señor juez:
¿cuánta sangre nos cuesta un kilo de justicia?
Francisco Morales, del poemario “Vasta, informal manera de decir Acteal”
Esta época, dice el escritor y periodista Federico Campbell, pasará a la historia como “la edad del crimen”.
En México, si bien es posible rememorar otros tiempos marcados flagrantemente por el delito, la trasgresión de la ley, el atropello a los derechos, la injusticia, la impunidad, en ninguno ha coincidido todo esto tan plenamente con la jactancia insistente, sobre todo en el discurso gubernamental, de que en el país se han conquistado altos niveles de democracia y un progresivo respeto a los derechos humanos. A pesar del pesimismo y el desencanto que nos congrega a muchos mexicanos, según los cuales pocos ingredientes más habría para abonar esos sentires, no deja de resultar sorprendente que ambas circunstancias se desarrollen de una manera tan disociada, tan dramáticamente ajena y opuesta.
Más ofensivo resulta aún que ámbitos en los que se han conquistado derechos sustantivos sean los más atacados por el crimen. Se “avanza” en libertad de expresión pero: se asesina a periodistas, se balacean oficinas de medios de comunicación, el gobierno presiona para que periódicos que ejercen esa libertad desaparezcan. Se “avanza” en los derechos de las mujeres pero: la violencia intrafamiliar se incrementa, la violación sexual es una práctica cada vez más ejercida por miembros del ejército pues el fuero los protege, guarderías en donde las madres dejan a sus hijos mientras trabajan violan la normatividad de seguridad y sus niños mueren calcinados. Se “conquistan” derechos electorales pero, vaya contradicción, el escepticismo y la incredulidad ciudadana crecen, pues en el marco de ese terreno se viola constantemente la ley.
Sí, vivimos en la sociedad del crimen: es un crimen Acteal y sus 20 indígenas encarcelados injustamente por 11 años; es un crimen Atenco y los abusos y torturas por parte de los policías, sobre todo contra las mujeres (“fuimos insultadas, humilladas, golpeadas, torturadas, abusadas sexualmente y violadas..., fuimos tocadas, pellizcadas, pateadas, golpeadas con puños, toletes, macanas, escudos, en nuestros senos, nalgas y genitales. Nada nos podrá sanar el abuso sexual y la violación”, dice el testimonio de una de muchas mujeres víctimas de la infamia imperdonable); es un crimen la muerte de 49 niños y los daños irreversibles que padecerán varias decenas más a causa de la negligencia y la avaricia de un grupo de empresarios y de la corruptela, irresponsabilidad e insensatez que compartían con funcionarios de los tres niveles de gobierno.
Es un crimen el caso de las indígenas Ernestina Ascencio Rosario y Jacinta Francisco Marcial; es un crimen que la diferencia entre ricos y pobres sea cada vez mayor; es un crimen que un ciudadano mexicano sea (casi) el hombre más rico del mundo y que conviva, por lo menos virtualmente, con 60 millones de personas sumidas en la pobreza; es un crimen el desmesurado gasto electoral en un país de la miseria; es un crimen el exorbitante salario de los “servidores públicos”, que ni sirven como deben ni lo hacen a favor del “público” sino para favorecer intereses privados; es un crimen el desempleo creciente, el sistema de educación maltrecho, la falta de oportunidades para los jóvenes (despojémonos del slogan, el reclamo es literal).
Es un crimen que por atacar al narcotráfico y al crimen organizado se violen los derechos humanos; es un crimen que los niños mueran de desnutrición y que las familias pobres, para subsistir, tengan que comer croquetas para perro; es un crimen que el secretario de Hacienda se atreva a decir que hay que “apretarse el cinturón” como si el cinturón de muchos ciudadanos no se hubiera ajustado ya hasta el ahorcamiento, experiencia que al señor Carstens le es tan ajena; es un crimen que el presidente de la república que padecemos se atreva a retar a quienes señalan a las fuerzas armadas por abuso en “los operativos de seguridad”, a que demuestren “aunque sea un solo caso en que las garantías no se respeten o que no se haya castigado conforme a la ley”. Habrase visto tal simulación, tal cinismo.
Es un crimen que el gobernador de Sonora no haya pedido perdón de rodillas a los padres de los niños fallecidos en la guardería, porque una bodega que dependía de su administración no cumplía con las condiciones de seguridad que la normatividad exigía (culpa IMSS y empresarios adicionada, nadie lo niega), y porque a raíz de esa negligencia el fuego fatal se propagó hasta calcinar a los infantes y a desgraciar de por vida a muchos otros. Es un crimen moral, más allá de su actuación “conforme a la ley”, que el gobernador no se haya erigido como el protector absoluto de todas esas víctimas sonorenses, “orgullosamente sonorenses”, como él, que habitan (o habitaban) el mismo suelo que él gobierna.
Bien, todo esto ha ocurrido y la palabra de “los sin miedo” ha estado ahí, solidaria, denunciante: “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”, reza el himno de la artista y luchadora social Liliana Felipe. La palabra, el grito, el reclamo, el coraje, han estado presentes gracias a la sensibilidad, la aguda conciencia y la instintiva y reflexiva solidaridad de muchos ciudadanos, lo que reporta un aliciente inigualable para no perder la esperanza (por completo).
Pero es urgente plantearse una pregunta: ¿cuál es, actualmente, el valor de la palabra? Sabemos que la que proviene de las esferas del poder es, la mayoría de las veces, una impostura, un fraude, pero, ¿qué hacer para convertir a la palabra que denuncia, a la palabra que acusa con sensibilidad y con razones, desinteresadamente, en un arma poderosa? ¿Qué hacer para que la palabra denunciante tenga un efecto real en la sociedad del crimen? Ése es el reto ahora, y tenemos la misión histórica de despejar esas interrogantes.
Por lo pronto, yo no lo sé de cierto, pero dice el poeta, artífice (sin saberlo) del espíritu de este artículo, el poeta Morales de la perdida Tijuana, de la hallada Tecate: “Has de decir Acteal/para pensar la muerte/hombre/amigo/camarada mujer. Es la palabra exacta/para pensar el miedo/la mentira/ el soborno/la desnuda matanza/“…la tarde es una sombra/de nubes sin apuro/y el café un bebedizo/para engañar minutos solamente…”. Acteal/ como una mancha./Tal/ sencilla palabra/en la desolación del pensamiento.
señor juez:
¿cuánta sangre nos cuesta un kilo de justicia?
Francisco Morales, del poemario “Vasta, informal manera de decir Acteal”
Esta época, dice el escritor y periodista Federico Campbell, pasará a la historia como “la edad del crimen”.
En México, si bien es posible rememorar otros tiempos marcados flagrantemente por el delito, la trasgresión de la ley, el atropello a los derechos, la injusticia, la impunidad, en ninguno ha coincidido todo esto tan plenamente con la jactancia insistente, sobre todo en el discurso gubernamental, de que en el país se han conquistado altos niveles de democracia y un progresivo respeto a los derechos humanos. A pesar del pesimismo y el desencanto que nos congrega a muchos mexicanos, según los cuales pocos ingredientes más habría para abonar esos sentires, no deja de resultar sorprendente que ambas circunstancias se desarrollen de una manera tan disociada, tan dramáticamente ajena y opuesta.
Más ofensivo resulta aún que ámbitos en los que se han conquistado derechos sustantivos sean los más atacados por el crimen. Se “avanza” en libertad de expresión pero: se asesina a periodistas, se balacean oficinas de medios de comunicación, el gobierno presiona para que periódicos que ejercen esa libertad desaparezcan. Se “avanza” en los derechos de las mujeres pero: la violencia intrafamiliar se incrementa, la violación sexual es una práctica cada vez más ejercida por miembros del ejército pues el fuero los protege, guarderías en donde las madres dejan a sus hijos mientras trabajan violan la normatividad de seguridad y sus niños mueren calcinados. Se “conquistan” derechos electorales pero, vaya contradicción, el escepticismo y la incredulidad ciudadana crecen, pues en el marco de ese terreno se viola constantemente la ley.
Sí, vivimos en la sociedad del crimen: es un crimen Acteal y sus 20 indígenas encarcelados injustamente por 11 años; es un crimen Atenco y los abusos y torturas por parte de los policías, sobre todo contra las mujeres (“fuimos insultadas, humilladas, golpeadas, torturadas, abusadas sexualmente y violadas..., fuimos tocadas, pellizcadas, pateadas, golpeadas con puños, toletes, macanas, escudos, en nuestros senos, nalgas y genitales. Nada nos podrá sanar el abuso sexual y la violación”, dice el testimonio de una de muchas mujeres víctimas de la infamia imperdonable); es un crimen la muerte de 49 niños y los daños irreversibles que padecerán varias decenas más a causa de la negligencia y la avaricia de un grupo de empresarios y de la corruptela, irresponsabilidad e insensatez que compartían con funcionarios de los tres niveles de gobierno.
Es un crimen el caso de las indígenas Ernestina Ascencio Rosario y Jacinta Francisco Marcial; es un crimen que la diferencia entre ricos y pobres sea cada vez mayor; es un crimen que un ciudadano mexicano sea (casi) el hombre más rico del mundo y que conviva, por lo menos virtualmente, con 60 millones de personas sumidas en la pobreza; es un crimen el desmesurado gasto electoral en un país de la miseria; es un crimen el exorbitante salario de los “servidores públicos”, que ni sirven como deben ni lo hacen a favor del “público” sino para favorecer intereses privados; es un crimen el desempleo creciente, el sistema de educación maltrecho, la falta de oportunidades para los jóvenes (despojémonos del slogan, el reclamo es literal).
Es un crimen que por atacar al narcotráfico y al crimen organizado se violen los derechos humanos; es un crimen que los niños mueran de desnutrición y que las familias pobres, para subsistir, tengan que comer croquetas para perro; es un crimen que el secretario de Hacienda se atreva a decir que hay que “apretarse el cinturón” como si el cinturón de muchos ciudadanos no se hubiera ajustado ya hasta el ahorcamiento, experiencia que al señor Carstens le es tan ajena; es un crimen que el presidente de la república que padecemos se atreva a retar a quienes señalan a las fuerzas armadas por abuso en “los operativos de seguridad”, a que demuestren “aunque sea un solo caso en que las garantías no se respeten o que no se haya castigado conforme a la ley”. Habrase visto tal simulación, tal cinismo.
Es un crimen que el gobernador de Sonora no haya pedido perdón de rodillas a los padres de los niños fallecidos en la guardería, porque una bodega que dependía de su administración no cumplía con las condiciones de seguridad que la normatividad exigía (culpa IMSS y empresarios adicionada, nadie lo niega), y porque a raíz de esa negligencia el fuego fatal se propagó hasta calcinar a los infantes y a desgraciar de por vida a muchos otros. Es un crimen moral, más allá de su actuación “conforme a la ley”, que el gobernador no se haya erigido como el protector absoluto de todas esas víctimas sonorenses, “orgullosamente sonorenses”, como él, que habitan (o habitaban) el mismo suelo que él gobierna.
Bien, todo esto ha ocurrido y la palabra de “los sin miedo” ha estado ahí, solidaria, denunciante: “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”, reza el himno de la artista y luchadora social Liliana Felipe. La palabra, el grito, el reclamo, el coraje, han estado presentes gracias a la sensibilidad, la aguda conciencia y la instintiva y reflexiva solidaridad de muchos ciudadanos, lo que reporta un aliciente inigualable para no perder la esperanza (por completo).
Pero es urgente plantearse una pregunta: ¿cuál es, actualmente, el valor de la palabra? Sabemos que la que proviene de las esferas del poder es, la mayoría de las veces, una impostura, un fraude, pero, ¿qué hacer para convertir a la palabra que denuncia, a la palabra que acusa con sensibilidad y con razones, desinteresadamente, en un arma poderosa? ¿Qué hacer para que la palabra denunciante tenga un efecto real en la sociedad del crimen? Ése es el reto ahora, y tenemos la misión histórica de despejar esas interrogantes.
Por lo pronto, yo no lo sé de cierto, pero dice el poeta, artífice (sin saberlo) del espíritu de este artículo, el poeta Morales de la perdida Tijuana, de la hallada Tecate: “Has de decir Acteal/para pensar la muerte/hombre/amigo/camarada mujer. Es la palabra exacta/para pensar el miedo/la mentira/ el soborno/la desnuda matanza/“…la tarde es una sombra/de nubes sin apuro/y el café un bebedizo/para engañar minutos solamente…”. Acteal/ como una mancha./Tal/ sencilla palabra/en la desolación del pensamiento.
viernes, 14 de agosto de 2009
De la ironía como recurso
Acerca del artículo “La verdad sobre el caso ABC”
En otras circunstancias una servidora no enviaría una nota como ésta para aclarar que su artículo del día de ayer, publicado en Dossier Político y titulado “La verdad sobre el caso ABC”, utiliza el recurso de la ironía para destacar, supuestamente con más efectividad, la bajeza moral con la que han actuado los gobiernos y empresarios responsables del incendio de la guardería ABC; responsables de la muerte trágica de 49 niños; responsables de las secuelas fatales que padecen varias decenas de menores más; responsables del sufrimiento que esto ha provocado en las familias, a lo que se suma el dolor, la indignación, la impotencia y la rabia de miles de ciudadanos de Hermosillo, México y el mundo.
Por todo ello y por las inquietudes e interpretaciones erradas que el artículo ha provocado en algunas personas, puntualizo lo siguiente:
1.- La ironía es un recurso “que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice” (RAE); resulta bastante efectivo, pues “lo que no se dice” adquiere una mayor fuerza significativa en el destinatario, oyente o lector. Esta figura es utilizada cotidianamente en el habla común, en el periodismo, en la literatura, en la jerga del chiste, etcétera.
2.- No es una técnica fácil de desarrollar y dominar, y no me considero experta en ella.
3.- El artículo cuenta una historia que ninguno (o por lo menos eso supuse) de los mínimamente enterados de los pormenores de la tragedia, podría creer. En ello radiqué la confianza en que la ironía sería evidente.
4.- Hay mucha gente que desde la primera lectura captó la ironía.
5.- No deja de sorprender que algunos lectores hayan interpretado el artículo de manera literal (aunque, como he dicho, reconozco que no soy experta en el uso de esa figura y seguramente no la he sabido elaborar de la mejor manera), pues cuesta creer que conciban que alguien, en este caso una servidora, se atreva a contar tantas mentiras y a dar una versión tan falsa, tergiversada y amañada de los hechos, sobre todo en el marco de esta atmósfera llena de dolor, de indignación, de enojo, de impotencia, en la que está sumida nuestra ciudad. ¿Quién, en su sano juicio, podría atreverse a decir, en serio, que la actuación de los responsables es un ejemplo “de sensibilidad, de humanismo, de solidaridad, de conmiseración, de conciencia del deber”? ¿Que han dado una “lección histórica de uso del poder para la protección y el beneficio popular”? ¿Que “se ordenó traer de urgencia a los mejores especialistas en tratamientos de quemaduras del país, a los mejores neumólogos pues no faltó quien supusiera que los niños habían inhalado peligrosos gases tóxicos durante el siniestro, y a un equipo de tanatólogos pues no había que descuidar el soporte espiritual”? ¡Todos sabemos que nada de eso ocurrió! ¿Que “frente a la adversidad los empresarios han extraído lo más pulcro de su conciencia moral y han dado una encomiable lección al mundo? ¡Por Dios!, ¿no es eso una ironía?
6.- En fiel apego a ese recurso, lo que en el artículo se dice que se hizo, fue precisamente ¡lo que no se hizo!
Las cinco colaboraciones que he publicado recientemente en Dossier, son plenamente críticas de la imperdonable y criminal actuación de los gobiernos y de los dueños de la guardería ABC ante la tragedia. Pueden leerse en el portal electrónico de la publicación. De ellas, la que pretendió desenmascarar con “mayor agudeza” la bajeza moral de los responsables, fue malinterpretada por algunos. Qué ironía.
Bien, seguiremos firmes en esta modesta labor. Me dicen amigos con décadas de experiencia en las lides periodísticas (y otros con no tanta experiencia), que son gajes del oficio.
Acerca del artículo “La verdad sobre el caso ABC”
En otras circunstancias una servidora no enviaría una nota como ésta para aclarar que su artículo del día de ayer, publicado en Dossier Político y titulado “La verdad sobre el caso ABC”, utiliza el recurso de la ironía para destacar, supuestamente con más efectividad, la bajeza moral con la que han actuado los gobiernos y empresarios responsables del incendio de la guardería ABC; responsables de la muerte trágica de 49 niños; responsables de las secuelas fatales que padecen varias decenas de menores más; responsables del sufrimiento que esto ha provocado en las familias, a lo que se suma el dolor, la indignación, la impotencia y la rabia de miles de ciudadanos de Hermosillo, México y el mundo.
Por todo ello y por las inquietudes e interpretaciones erradas que el artículo ha provocado en algunas personas, puntualizo lo siguiente:
1.- La ironía es un recurso “que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice” (RAE); resulta bastante efectivo, pues “lo que no se dice” adquiere una mayor fuerza significativa en el destinatario, oyente o lector. Esta figura es utilizada cotidianamente en el habla común, en el periodismo, en la literatura, en la jerga del chiste, etcétera.
2.- No es una técnica fácil de desarrollar y dominar, y no me considero experta en ella.
3.- El artículo cuenta una historia que ninguno (o por lo menos eso supuse) de los mínimamente enterados de los pormenores de la tragedia, podría creer. En ello radiqué la confianza en que la ironía sería evidente.
4.- Hay mucha gente que desde la primera lectura captó la ironía.
5.- No deja de sorprender que algunos lectores hayan interpretado el artículo de manera literal (aunque, como he dicho, reconozco que no soy experta en el uso de esa figura y seguramente no la he sabido elaborar de la mejor manera), pues cuesta creer que conciban que alguien, en este caso una servidora, se atreva a contar tantas mentiras y a dar una versión tan falsa, tergiversada y amañada de los hechos, sobre todo en el marco de esta atmósfera llena de dolor, de indignación, de enojo, de impotencia, en la que está sumida nuestra ciudad. ¿Quién, en su sano juicio, podría atreverse a decir, en serio, que la actuación de los responsables es un ejemplo “de sensibilidad, de humanismo, de solidaridad, de conmiseración, de conciencia del deber”? ¿Que han dado una “lección histórica de uso del poder para la protección y el beneficio popular”? ¿Que “se ordenó traer de urgencia a los mejores especialistas en tratamientos de quemaduras del país, a los mejores neumólogos pues no faltó quien supusiera que los niños habían inhalado peligrosos gases tóxicos durante el siniestro, y a un equipo de tanatólogos pues no había que descuidar el soporte espiritual”? ¡Todos sabemos que nada de eso ocurrió! ¿Que “frente a la adversidad los empresarios han extraído lo más pulcro de su conciencia moral y han dado una encomiable lección al mundo? ¡Por Dios!, ¿no es eso una ironía?
6.- En fiel apego a ese recurso, lo que en el artículo se dice que se hizo, fue precisamente ¡lo que no se hizo!
Las cinco colaboraciones que he publicado recientemente en Dossier, son plenamente críticas de la imperdonable y criminal actuación de los gobiernos y de los dueños de la guardería ABC ante la tragedia. Pueden leerse en el portal electrónico de la publicación. De ellas, la que pretendió desenmascarar con “mayor agudeza” la bajeza moral de los responsables, fue malinterpretada por algunos. Qué ironía.
Bien, seguiremos firmes en esta modesta labor. Me dicen amigos con décadas de experiencia en las lides periodísticas (y otros con no tanta experiencia), que son gajes del oficio.
jueves, 13 de agosto de 2009
La verdad sobre el caso ABC
Con tanta interferencia mediática, no pocas veces dolosa e irresponsable, la percepción de los ciudadanos sobre los acontecimientos sociales y políticos suele caer en el equívoco. Esa influencia invasiva, poderosa y constante, contribuye a deformar lo que denominaríamos una visión objetiva de la realidad, o, sin caer en tal rigor, lo más cercano a esa posible objetividad. Lo sabemos: el cristal con que se mira, sobre todo cuando corresponde a los medios de comunicación, no es precisamente el lente de una cámara que reproduce la realidad tal cual es. Ya lo han dicho renombrados teóricos y pensadores contemporáneos, McLuhan y Sartori incluidos.
No es de extrañarse, pues, que la mayor parte de los ciudadanos nos hayamos creado una idea falsa y errada de la actuación de los dueños y gerentes de la empresa en cuya guardería, donde se albergaba a los hijos de los trabajadores, ocurrió recientemente un incendio de fatales consecuencias.
Las cosas no son como la población ignorante cree y como algunos malintencionados medios de comunicación las han presentado. En realidad el desempeño de quienes hemos considerado responsables de la tragedia ha sido un ejemplo cabal de sensibilidad, de humanismo, de solidaridad, de conmiseración, de conciencia del deber. Esas virtudes comenzaron a perfilarse a partir de la agilidad con que se actuó en cuanto ocurrió la catástrofe; gracias a ello se evitaron consecuencias aún peores que las descomunales que se están padeciendo.
Estamos, señores, ante una lección histórica de uso del poder para la protección y el beneficio popular.
En cuanto los gerentes de la empresa fueron notificados del incendio, inmediatamente, presos de gran preocupación, desesperados, embargados de impotencia e incluso de un pavor producto del impacto alarmante de la noticia, se trasladaron al lugar; en el trayecto, tanto ellos como sus acompañantes llamaban por teléfono, radio y cualquier otro medio que estuviera al alcance, a subgerentes, jefes de departamento, encargados de área, empleados, para que se congregaran en el sitio: todos, todos debían abandonar sus labores. Ni en la empresa ni en el mundo había algo más importante en ese momento.
La idea era organizar con rapidez comisiones especiales para atender a las víctimas en todo lo que requirieran. No se trataba de entorpecer con una nueva aglomeración la diligente labor de los bomberos, de los empleados de la guardería, de los policías, de los voluntarios, sino de realizar, a unos metros del incendio para palpar el pulso de la situación y sensibilizar a los participantes, la primera de incontables reuniones de trabajo que se tendrían a partir de entonces y que no han cesado hasta el día de hoy.
Desde ese instante, toda la experiencia que había llevado a los empresarios a erigir su gran capital económico, toda esa inteligencia, esa capacidad, ese tino, esa destreza, esa amalgama de estrategias que los había conducido a atesorar su gran fortuna, toda esa fuerza ya probada, fue enfocada y aplicada en la atención del conflicto. Si en los negocios habían sido exitosos, ¿cómo no demostrar esa competencia en un escenario que involucraba vidas humanas, en el que habían fallecido decenas de niños y habían quedado afectados de por vida varias decenas más?
Se ordenó abrir un expediente de cada una de las familias, en el cual se consignaría, día por día, todo lo relativo a sus condiciones de salud, económicas, materiales, psicológicas, emocionales, espirituales, y con base en ese documento se canalizaría a los niños a los lugares más idóneos para su debido cuidado y recuperación; se ordenó traer de urgencia a los mejores especialistas en tratamientos de quemaduras del país, a los mejores neumólogos pues no faltó quien supusiera que los niños habían inhalado peligrosos gases tóxicos durante el siniestro, y a un equipo de tanatólogos pues no había que descuidar el soporte espiritual; se ordenó establecer contacto con organismos nacionales e internacionales dedicados a la atención de niños quemados para atraerlos a la ciudad o bien para canalizar a los infantes a sus sedes; se ordenó formar grupos de trabajo constituidos por médicos, enfermeros, trabajadores sociales, psicólogos, tanatólogos y sacerdotes para atender a las familias; se nombró un coordinador para cada grupo, quien daría seguimiento a la atención puntual de todas las necesidades advertidas; se ordenó constituir una comisión mediadora entre las madres y padres de los niños y sus patrones inmediatos para evitar problemas laborales por la ausencia de aquellos en sus trabajos. Lo más importante era la salud de los niños, por lo que los gerentes mayores ordenaron anotar en cada expediente, paso por paso, día por día, la situación particular de cada menor: ellos supervisarían personalmente los documentos.
Se instó a todas las instancias involucradas a no escatimar en gastos: la empresa cubriría todo.
Paralelamente, los gerentes no se deslindaron de la parte legal: ellos se encargarían de coadyuvar a que se cumpliera la ley. Estaban consternados, también tenían hijos y se ponían en el lugar de los padres de los niños. Se aplicaría la ley sin distingos, sin importar los lazos (familiares, amistosos, laborales) que tuvieran con los posibles responsables. Se trataba de un acontecimiento histórico por lo que comportaba de injusticia, de crueldad, de atrocidad, de desmesura, de ahí que su papel también habría de ser considerado histórico.
Sin embargo, toda ese primer período de ayuda desinteresada, de apoyo, que como se ha dicho inició prácticamente junto con la tragedia, no estuvo salpicada de miedos, temores o recelos sobre en quiénes recaería finalmente la mano de la ley. En ese momento no importaba quiénes serían después declarados legalmente responsables, lo importante era atender el problema en lo inmediato, con la mayor solidaridad posible. No era para menos.
Como en buena parte de la población, ocurrió un sacudimiento en la subjetividad de los gerentes: a ellos también les cambió la vida. El acontecimiento ocurrió en su territorio, los niños fallecidos eran sus niños, las familias afectadas laboraban en sus cotos. Era la oportunidad para demostrar el calibre de su condición humana. Ni por asomo se les ocurrió la vulgaridad de comenzar a defenderse ni mucho menos especular sobre otros posibles culpables. En esa coyuntura había que dar, antes que nada, cauce a los dictados de su responsabilidad moral.
Esto que se ha expresado no incorpora sino en una proporción mínima, particularidades sobre la ejemplar actuación de los gerentes de la empresa a la que estaba adscrita la guardería.
Gracias a esa capacidad de respuesta, fincada en una hasta entonces no apreciada calidad humana, lo que pudo haber sido una debacle de la ya de por sí vulnerada confianza de los empleados en sus patrones, se ha convertido en el motor capaz de transformar para bien el entorno laboral de la empresa, lo que ha sido proyectado de manera natural al contexto social. Es gratificante ser testigos de cómo se ha gestado un diálogo de paz y armonía entre superiores y subalternos, situación que poco pudo haberse vaticinado antes.
El dolor ha sido grande y las pérdidas son irreparables, pero frente a la adversidad los empresarios han extraído lo más pulcro de su conciencia moral y han dado una encomiable lección al mundo. Primero la solidaridad humana, después el beneficio propio, algo que es casi ajeno a quienes ostentan el poder político y económico.
No, lo que vemos no es siempre lo que es. Partamos de esta lección de vida y humanismo y creamos, ahora sí, que otro mundo es posible.
Con tanta interferencia mediática, no pocas veces dolosa e irresponsable, la percepción de los ciudadanos sobre los acontecimientos sociales y políticos suele caer en el equívoco. Esa influencia invasiva, poderosa y constante, contribuye a deformar lo que denominaríamos una visión objetiva de la realidad, o, sin caer en tal rigor, lo más cercano a esa posible objetividad. Lo sabemos: el cristal con que se mira, sobre todo cuando corresponde a los medios de comunicación, no es precisamente el lente de una cámara que reproduce la realidad tal cual es. Ya lo han dicho renombrados teóricos y pensadores contemporáneos, McLuhan y Sartori incluidos.
No es de extrañarse, pues, que la mayor parte de los ciudadanos nos hayamos creado una idea falsa y errada de la actuación de los dueños y gerentes de la empresa en cuya guardería, donde se albergaba a los hijos de los trabajadores, ocurrió recientemente un incendio de fatales consecuencias.
Las cosas no son como la población ignorante cree y como algunos malintencionados medios de comunicación las han presentado. En realidad el desempeño de quienes hemos considerado responsables de la tragedia ha sido un ejemplo cabal de sensibilidad, de humanismo, de solidaridad, de conmiseración, de conciencia del deber. Esas virtudes comenzaron a perfilarse a partir de la agilidad con que se actuó en cuanto ocurrió la catástrofe; gracias a ello se evitaron consecuencias aún peores que las descomunales que se están padeciendo.
Estamos, señores, ante una lección histórica de uso del poder para la protección y el beneficio popular.
En cuanto los gerentes de la empresa fueron notificados del incendio, inmediatamente, presos de gran preocupación, desesperados, embargados de impotencia e incluso de un pavor producto del impacto alarmante de la noticia, se trasladaron al lugar; en el trayecto, tanto ellos como sus acompañantes llamaban por teléfono, radio y cualquier otro medio que estuviera al alcance, a subgerentes, jefes de departamento, encargados de área, empleados, para que se congregaran en el sitio: todos, todos debían abandonar sus labores. Ni en la empresa ni en el mundo había algo más importante en ese momento.
La idea era organizar con rapidez comisiones especiales para atender a las víctimas en todo lo que requirieran. No se trataba de entorpecer con una nueva aglomeración la diligente labor de los bomberos, de los empleados de la guardería, de los policías, de los voluntarios, sino de realizar, a unos metros del incendio para palpar el pulso de la situación y sensibilizar a los participantes, la primera de incontables reuniones de trabajo que se tendrían a partir de entonces y que no han cesado hasta el día de hoy.
Desde ese instante, toda la experiencia que había llevado a los empresarios a erigir su gran capital económico, toda esa inteligencia, esa capacidad, ese tino, esa destreza, esa amalgama de estrategias que los había conducido a atesorar su gran fortuna, toda esa fuerza ya probada, fue enfocada y aplicada en la atención del conflicto. Si en los negocios habían sido exitosos, ¿cómo no demostrar esa competencia en un escenario que involucraba vidas humanas, en el que habían fallecido decenas de niños y habían quedado afectados de por vida varias decenas más?
Se ordenó abrir un expediente de cada una de las familias, en el cual se consignaría, día por día, todo lo relativo a sus condiciones de salud, económicas, materiales, psicológicas, emocionales, espirituales, y con base en ese documento se canalizaría a los niños a los lugares más idóneos para su debido cuidado y recuperación; se ordenó traer de urgencia a los mejores especialistas en tratamientos de quemaduras del país, a los mejores neumólogos pues no faltó quien supusiera que los niños habían inhalado peligrosos gases tóxicos durante el siniestro, y a un equipo de tanatólogos pues no había que descuidar el soporte espiritual; se ordenó establecer contacto con organismos nacionales e internacionales dedicados a la atención de niños quemados para atraerlos a la ciudad o bien para canalizar a los infantes a sus sedes; se ordenó formar grupos de trabajo constituidos por médicos, enfermeros, trabajadores sociales, psicólogos, tanatólogos y sacerdotes para atender a las familias; se nombró un coordinador para cada grupo, quien daría seguimiento a la atención puntual de todas las necesidades advertidas; se ordenó constituir una comisión mediadora entre las madres y padres de los niños y sus patrones inmediatos para evitar problemas laborales por la ausencia de aquellos en sus trabajos. Lo más importante era la salud de los niños, por lo que los gerentes mayores ordenaron anotar en cada expediente, paso por paso, día por día, la situación particular de cada menor: ellos supervisarían personalmente los documentos.
Se instó a todas las instancias involucradas a no escatimar en gastos: la empresa cubriría todo.
Paralelamente, los gerentes no se deslindaron de la parte legal: ellos se encargarían de coadyuvar a que se cumpliera la ley. Estaban consternados, también tenían hijos y se ponían en el lugar de los padres de los niños. Se aplicaría la ley sin distingos, sin importar los lazos (familiares, amistosos, laborales) que tuvieran con los posibles responsables. Se trataba de un acontecimiento histórico por lo que comportaba de injusticia, de crueldad, de atrocidad, de desmesura, de ahí que su papel también habría de ser considerado histórico.
Sin embargo, toda ese primer período de ayuda desinteresada, de apoyo, que como se ha dicho inició prácticamente junto con la tragedia, no estuvo salpicada de miedos, temores o recelos sobre en quiénes recaería finalmente la mano de la ley. En ese momento no importaba quiénes serían después declarados legalmente responsables, lo importante era atender el problema en lo inmediato, con la mayor solidaridad posible. No era para menos.
Como en buena parte de la población, ocurrió un sacudimiento en la subjetividad de los gerentes: a ellos también les cambió la vida. El acontecimiento ocurrió en su territorio, los niños fallecidos eran sus niños, las familias afectadas laboraban en sus cotos. Era la oportunidad para demostrar el calibre de su condición humana. Ni por asomo se les ocurrió la vulgaridad de comenzar a defenderse ni mucho menos especular sobre otros posibles culpables. En esa coyuntura había que dar, antes que nada, cauce a los dictados de su responsabilidad moral.
Esto que se ha expresado no incorpora sino en una proporción mínima, particularidades sobre la ejemplar actuación de los gerentes de la empresa a la que estaba adscrita la guardería.
Gracias a esa capacidad de respuesta, fincada en una hasta entonces no apreciada calidad humana, lo que pudo haber sido una debacle de la ya de por sí vulnerada confianza de los empleados en sus patrones, se ha convertido en el motor capaz de transformar para bien el entorno laboral de la empresa, lo que ha sido proyectado de manera natural al contexto social. Es gratificante ser testigos de cómo se ha gestado un diálogo de paz y armonía entre superiores y subalternos, situación que poco pudo haberse vaticinado antes.
El dolor ha sido grande y las pérdidas son irreparables, pero frente a la adversidad los empresarios han extraído lo más pulcro de su conciencia moral y han dado una encomiable lección al mundo. Primero la solidaridad humana, después el beneficio propio, algo que es casi ajeno a quienes ostentan el poder político y económico.
No, lo que vemos no es siempre lo que es. Partamos de esta lección de vida y humanismo y creamos, ahora sí, que otro mundo es posible.
miércoles, 12 de agosto de 2009
Los niños de la guardería: los Kim Phuc de un México que “no está en guerra”
El Estado no está.
Federico Campbell
La ambición económica irresponsable y el desprecio por los otros son elementos inherentes del trasfondo de la tragedia del 5 de junio en Hermosillo. La ilegalidad, la corrupción, el tráfico de influencias, la mentira, el encubrimiento, la complicidad, son maniobras derivadas de esas dos fatídicas conductas.
El Estado no está.
Federico Campbell
La ambición económica irresponsable y el desprecio por los otros son elementos inherentes del trasfondo de la tragedia del 5 de junio en Hermosillo. La ilegalidad, la corrupción, el tráfico de influencias, la mentira, el encubrimiento, la complicidad, son maniobras derivadas de esas dos fatídicas conductas.
Cuarenta y nueve niños murieron porque personas integrantes de diversos organismos decidieron no atender, o contribuir a que no se atendiera, la normatividad establecida para garantizar la seguridad de un lugar en el que, se supone, los niños están cuidados y protegidos mientras sus padres trabajan.
Todos ellos contribuyeron a cargar de napalm la bomba en que se fue convirtiendo la guardería ante tanto desacato, y finalmente el napalm cayó sobre los niños.
La escena monstruosa, abominable, inaudita, que la imaginación no puede ni quiere esbozar, del napalm desprendiéndose del techo y adhiriéndose y quemando los frágiles cuerpos de los menores, trae a la memoria aquella fotografía-símbolo de la guerra de Vietnam, la de la niña Kim Phuc corriendo desnuda junto a otros niños, con tres soldados detrás escoltando fríamente el horror indescriptible que reflejan sus rostros por el dolor físico desmesurado que estaban experimentando. “El dolor era tan terrible que perdí la conciencia (…) Yo no sabía lo que era el dolor. Me había caído en la bicicleta algunas vez, pero el napalm es lo peor que pueden imaginar. Es quemarte con gasolina por debajo de la piel”, relató Kim Phuc muchos años después.
En Hermosillo tuvimos decenas de Kim Phuc; 48 de ellos sucumbieron al crimen y muchos más, como la niña vietnamita, vivirán toda su existencia con las huellas del dolor, los estragos físicos y las laceraciones del impacto emocional.
Sin embargo México no está en guerra…, aparentemente. Guerra del narco aparte, en nuestro país se libra un combate que quiere permanecer oculto pero que cada vez lo está menos: una trinchera está ocupada por la mancuerna entre los gobiernos que no cumplen la ley y las oligarquías que se enriquecen gracias a que tampoco la cumplen, y en la otra se encuentra la población que no pertenece a ninguno de esos ámbitos, sobre todo la clase trabajadora y la que ni siquiera ha llegado a ese estatus porque carece de formas para obtener sustento (en México, no hay que olvidar, hay ochenta millones de pobres). Evidentemente, los ubicados en esta última trinchera participan en ella contra su voluntad, prácticamente no tienen armas y llevan todas las de perder.
En esta guerra desigual, de ultrapoderosos contra desprotegidos en extremo, el Estado es un fantasma, o, como dice Federico Campbell, simplemente no es: “Se indignan en Los Pinos porque unos intelectuales de Estados Unidos deciden que, junto a otros, México es un Estado fallido. Ojalá que fuera nada más fallido. Lo desgarrador y triste es que ni siquiera Estado es, al menos en la concepción de los politólogos italianos que considera inexistente a un Estado cuando no se cumple la ley de manera objetiva e impersonal, y en todos los casos sin excepción. Ésa es su premisa para sostener que no existe el Estado”.
Podrían ilustrarse las reflexiones anteriores con el escenario del incendio de la guardería ABC y no dejaríamos ningún cabo suelto. No sería difícil diseñar un diagrama de flujo como los que se utilizan en algunas materias para representar gráficamente procesos multifactoriales, e ir, flecha con flecha, estableciendo las redes de complicidad, contubernio y corrupción entre los actores que fueron fabricando las condiciones para que la tragedia tuviera lugar.
En esta guerra de fuertes contra débiles que parece infinita, lo más despreciable es el vicio incontrolable de la acumulación de dinero, que nubla toda consideración frente a las consecuencias que puede tener esa degeneración en el prójimo, en los otros, aunque esas consecuencias equivalgan a la muerte. Los dueños de la guardería y todas las autoridades involucradas padecen ese vicio, porque es el dinero, finalmente, el elemento que ha prevalecido en todo esto (ya sea recibido o dado en cash o como compra de silencios). A esa mezquindad la acompaña otra: el desprecio por los pobres. Ésa es otra guerrilla moral que debería estarse librando en las conciencias de los involucrados, cuyo contendiente sería un conjunto de principios ajeno a esas conciencias, como el sentido de justicia, de equidad, de respeto por los demás y en particular por los más desprotegidos.
Ahora, después de que un ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación justificó su propuesta de negativa para que esa instancia no nombrara una comisión investigadora para el caso de la guardería, con el argumento de que “no se está ante un acontecimiento que tenga un impacto trascendente en la forma de vida de una comunidad”, ¿no dan ganas, ahora sí, de gritar a los cuatro vientos: “Al diablo con las instituciones”?
Pero la necesidad de justicia y la esperanza se imponen y hay que hacer y contestar una segunda pregunta: ¿Qué hacer, qué sigue? En virtud de que lo acontecido es inédito, de que algo tan monstruoso era inimaginable, se está creando un gran espacio para la libertad política creadora por parte de la sociedad civil.
¿O queremos un acontecimiento más trascendente que éste?
Las ironías del trinomio impugnación-spots-modelo golden boy
Un político debe ser capaz de predecir lo que pasará mañana, y la próxima semana, y el mes que viene y el año próximo. Y también debe ser capaz de explicar por qué no acertó.
Winston Churchill
El hartazgo de los ciudadanos frente a determinadas prácticas no tiene ningún peso, o lo tiene tan poco que es imperceptible, en el diseño y rediseño (reformas) de la política electoral mexicana. ¿Qué puede ser más evidente para ilustrar ese fastidio que el rechazo generalizado a la excesiva transmisión de spots televisivos durante las campañas? Antes o después de la reforma electoral, comprados directamente por los partidos o transmitidos en calidad de prerrogativas, el caso es que los spots siguen siendo el soporte de lo que se ha denominado “telecracia electoral” (“República del Spot” llamó el analista y periodista Jenaro Villamil a este escenario cada vez más invasivo en la vida nacional).
No sólo el sentir ciudadano es ignorado en ese terreno, sino que, como una burla, que a la vez es una contradicción histórica en el supuesto camino de construcción de la democracia, la cantidad de spots emitidos ha sido directamente proporcional al fastidio: es decir, a mayor hartazgo, la respuesta es… ¡más elementos para el hartazgo!, o sea, una mayor cantidad de spots. En las elecciones de este año fueron difundidos más de 23 millones de esas cuñas (como prefiere llamarles la RAE para evitar el anglicismo), contra los aproximadamente 800 mil de 2006.
Además de actuar ofendiendo la percepción ciudadana, se desdeñan las conclusiones de estudios serios y rigurosos realizados por especialistas en el tema, las cuales señalan que el centrar las campañas electorales en los spots:
a) Desplaza o relega la verdadera comunicación política, la que privilegia el planteamiento de ideas, argumentos y propuestas, y propicia el diálogo y el debate.
b) Rehúye el interés y participación de la ciudadanía.
c) Promueve el “personalismo”, la ficción de que la acción política procede y depende de individuos concretos: los candidatos.
d) Deja la comunicación política en mano de los publicistas y asesores de imagen, es decir, en manos del marketing, con lo que las diferentes opciones electorales se promueven como mercancías, desvirtuando los principios democráticos. (Estos excesos han dado lugar a la instauración del “modelo bombón” o “modelo golden boy”, como le llama Denise Dresser refiriéndose a un personaje de por allá del centro del país. Tal patrón tiene, ¡por supuesto que las tiene!, sus variantes regionales).
e) No contribuye a mejorar la calidad de la democracia, sino que la tergiversa, la frena, la entorpece.
Ahora bien, ¿no es irónico que una demanda de impugnación (que en esta ocasión la emprende un partido político en particular, pero que, a la mexicana, podría ser cualquier otro) esté centrada en el regateo de la cantidad de spots transmitidos durante el proceso electoral, es decir, basada precisamente en ese género publicitario que entraña múltiples indicadores de nuestro retraso democrático?
Pertinencia legal aparte, ¿no es irónico que el recurso que persigue algo tan drástico como la anulación de la contienda, destaque un argumento finalmente tan pobre y desdeñable?
¿No es irónico que el partido político demandante alegue como parte de la explicación de su fracaso electoral la transmisión de una menor cantidad de sus spots, cuando eso es precisamente lo que la población clama, la reducción de esos comerciales?
¿No es una burla a la democracia y a la inteligencia de los ciudadanos que se ponga en juego una elección porque supuestamente la gente vio más a un candidato que a otro en la televisión (o lo escuchó más en la radio)?
¿No han reparado en que la publicidad electoral se parece cada vez más a la (mala) caricatura, que es insultante, grotesca y en muchos casos ridícula, y que devalúa la política?
¿No se percatan de que para lo que es útil esa publicidad tan vulgar, tan poco elaborada, tan cada vez menos provista de calidad y menos hecha para estimular la reflexión, es para exaltar el humor, para inspirar el chiste, el chascarrillo, la charra (lo que por lo menos aligera un poco los estragos de la impotencia y la frustración que genera tanto desmán)?
¿Algún ciudadano se percató acaso de la descomunal diferencia de spots de la que se habla?
Sí, la impugnación incluye otros argumentos, pero los dos primeros refieren directamente a los spots, e indirectamente también el tercer punto, en tanto alega una extralimitación en el tope de gastos de campaña del otro partido (con lo que en parte se habrían comprado los “spots ilegales”).
¿No será, para rematar con la ironía, que mucha gente decidió no votar por el candidato perdedor a consecuencia de la saturación de su imagen producto del exceso de cobertura y propaganda que le dieron la radiodifusora y la televisora oficiales, que cuentan con amplia penetración en todo el estado?
Suprema ironía, ¿verdad?
Un político debe ser capaz de predecir lo que pasará mañana, y la próxima semana, y el mes que viene y el año próximo. Y también debe ser capaz de explicar por qué no acertó.
Winston Churchill
El hartazgo de los ciudadanos frente a determinadas prácticas no tiene ningún peso, o lo tiene tan poco que es imperceptible, en el diseño y rediseño (reformas) de la política electoral mexicana. ¿Qué puede ser más evidente para ilustrar ese fastidio que el rechazo generalizado a la excesiva transmisión de spots televisivos durante las campañas? Antes o después de la reforma electoral, comprados directamente por los partidos o transmitidos en calidad de prerrogativas, el caso es que los spots siguen siendo el soporte de lo que se ha denominado “telecracia electoral” (“República del Spot” llamó el analista y periodista Jenaro Villamil a este escenario cada vez más invasivo en la vida nacional).
No sólo el sentir ciudadano es ignorado en ese terreno, sino que, como una burla, que a la vez es una contradicción histórica en el supuesto camino de construcción de la democracia, la cantidad de spots emitidos ha sido directamente proporcional al fastidio: es decir, a mayor hartazgo, la respuesta es… ¡más elementos para el hartazgo!, o sea, una mayor cantidad de spots. En las elecciones de este año fueron difundidos más de 23 millones de esas cuñas (como prefiere llamarles la RAE para evitar el anglicismo), contra los aproximadamente 800 mil de 2006.
Además de actuar ofendiendo la percepción ciudadana, se desdeñan las conclusiones de estudios serios y rigurosos realizados por especialistas en el tema, las cuales señalan que el centrar las campañas electorales en los spots:
a) Desplaza o relega la verdadera comunicación política, la que privilegia el planteamiento de ideas, argumentos y propuestas, y propicia el diálogo y el debate.
b) Rehúye el interés y participación de la ciudadanía.
c) Promueve el “personalismo”, la ficción de que la acción política procede y depende de individuos concretos: los candidatos.
d) Deja la comunicación política en mano de los publicistas y asesores de imagen, es decir, en manos del marketing, con lo que las diferentes opciones electorales se promueven como mercancías, desvirtuando los principios democráticos. (Estos excesos han dado lugar a la instauración del “modelo bombón” o “modelo golden boy”, como le llama Denise Dresser refiriéndose a un personaje de por allá del centro del país. Tal patrón tiene, ¡por supuesto que las tiene!, sus variantes regionales).
e) No contribuye a mejorar la calidad de la democracia, sino que la tergiversa, la frena, la entorpece.
Ahora bien, ¿no es irónico que una demanda de impugnación (que en esta ocasión la emprende un partido político en particular, pero que, a la mexicana, podría ser cualquier otro) esté centrada en el regateo de la cantidad de spots transmitidos durante el proceso electoral, es decir, basada precisamente en ese género publicitario que entraña múltiples indicadores de nuestro retraso democrático?
Pertinencia legal aparte, ¿no es irónico que el recurso que persigue algo tan drástico como la anulación de la contienda, destaque un argumento finalmente tan pobre y desdeñable?
¿No es irónico que el partido político demandante alegue como parte de la explicación de su fracaso electoral la transmisión de una menor cantidad de sus spots, cuando eso es precisamente lo que la población clama, la reducción de esos comerciales?
¿No es una burla a la democracia y a la inteligencia de los ciudadanos que se ponga en juego una elección porque supuestamente la gente vio más a un candidato que a otro en la televisión (o lo escuchó más en la radio)?
¿No han reparado en que la publicidad electoral se parece cada vez más a la (mala) caricatura, que es insultante, grotesca y en muchos casos ridícula, y que devalúa la política?
¿No se percatan de que para lo que es útil esa publicidad tan vulgar, tan poco elaborada, tan cada vez menos provista de calidad y menos hecha para estimular la reflexión, es para exaltar el humor, para inspirar el chiste, el chascarrillo, la charra (lo que por lo menos aligera un poco los estragos de la impotencia y la frustración que genera tanto desmán)?
¿Algún ciudadano se percató acaso de la descomunal diferencia de spots de la que se habla?
Sí, la impugnación incluye otros argumentos, pero los dos primeros refieren directamente a los spots, e indirectamente también el tercer punto, en tanto alega una extralimitación en el tope de gastos de campaña del otro partido (con lo que en parte se habrían comprado los “spots ilegales”).
¿No será, para rematar con la ironía, que mucha gente decidió no votar por el candidato perdedor a consecuencia de la saturación de su imagen producto del exceso de cobertura y propaganda que le dieron la radiodifusora y la televisora oficiales, que cuentan con amplia penetración en todo el estado?
Suprema ironía, ¿verdad?
Los narcisistas del poder
En la orientación narcisista se experimenta como real sólo lo que existe en nuestro interior, mientras que los fenómenos del mundo exterior carecen de realidad de por sí y se experimentan sólo desde el punto de vista de su utilidad o peligro para uno mismo. (…) (Para el narcisista) la única realidad que existe es la que está dentro de él, la de sus temores y deseos.
Erich Fromm
En Sonora muchos ciudadanos estamos inconformes con los resultados de la elección a gobernador, pero tal disentimiento no tiene que ver con el triunfo o la derrota de determinado candidato sino con la desesperanza y la indignación que provoca un sistema político cada vez más enfermo. La naturaleza de este estadio del acontecer cotidiano nacional, es decir, el desencanto mayúsculo de la población, no puede ser más evidente, está ahí, permea todos los ámbitos de la sociedad, sin embargo los-que-viven-de-la-política (decir “clase política” o “políticos” es quizá concederles una estatura que, en virtud de su mal papel, no han alcanzado) suelen actuar completamente desvinculados de esa realidad.
Padecemos en su ya casi intolerable expresión el narcisismo de los hombres de poder. En los ámbitos de la mitología y del psicoanálisis la figura de Narciso es compleja y resulta imposible agotar sus distintas facetas en unas cuantas líneas. Algunos pensadores han calificado a la época contemporánea como “la era de Narciso” (Gilles Lipovetsky) o han definido a la cultura actual como “la cultura del narcisismo” (Christopher Lasch). Si bien esa condición es atribuible a grupos sociales o a personas en lo particular, el asunto se torna grave cuando quienes la despliegan son individuos en los que recae una responsabilidad de representación ciudadana o de servicio público.
De ese tan vasto y abordado tema, y sobre todo tan vigente, lo que interesa destacar es el papel que los otros desempeñan en la mirada narcisista, es decir, qué son los otros para el narcisista, en este caso para el prototípico hombre de poder a la mexicana. Cuando Freud se refería a que en el narcicismo “la libido ha sido sustraída al mundo exterior y aportada al yo”, daba pie a la definición de una serie de características de ese tipo de personalidad, como la concentración en sí mismo, el aislamiento del entorno, la incapacidad para percibir la realidad externa, el desprecio de los demás, el desconocimiento del valor de éstos y la insensibilidad frente a sus problemas y necesidades.
En ese sentido Narciso es la antítesis de Prometeo: el que robó el fuego a los dioses para otorgárselo a los mortales simboliza la filantropía, la solidaridad con los otros, el énfasis en el conocimiento, el interés en el progreso civilizatorio, el avance integral del hombre; aquello que, digamos, consideraríamos como lo deseable y óptimo en un hombre que se jacte de ser político en el sentido aristotélico: zoon politikon, que implica que los grandes valores humanos sólo pueden ser conquistados en la polis, en la plenitud de lo social.
En la medida en que para el narcisista “el objeto es él mismo”, no hay cabida para el diálogo. El psicoanalista Joan Coderech define al narcisismo, precisamente, como la imposibilidad del diálogo, como el “no diálogo”. De ahí que mientras los hombres de poder se regocijan en su afección narcisista, amplían la distancia que mantienen con los ciudadanos: sus discursos son encadenamientos de palabras vacías de sentido; sus imágenes, repulsivas caricaturas; sus propuestas, meros recursos para salir del paso mientras logran satisfacer el beneficio para sí mismos; sus discusiones, guiones fraguados para ser escenificados en papeles que se reparten ellos mismos, en un franco autismo teatral: el público no existe.
No inspiran el menor indicio de credibilidad pero no reparan en ello, se hacen los desentendidos, no cambian, se mantienen ciegos y sordos; están, pues, limitados por su narcisismo. Esto tiene sus costos, pero no tenemos aún respuestas claras sobre la magnitud del importe.
El narcisismo “puro” corresponde a un estadio muy preciso en la vida del individuo: es fundamentalmente en la niñez cuando el propio yo constituye el objeto primordial del amor (léase interés en el mundo exterior, reconocimiento del otro…). A medida que el ser humano crece, madura, ese narcisismo en estado puro va cediendo; se presentan rasgos, sí, pero “la vida anímica se ve forzada a traspasar las fronteras del narcisismo y a investir de libido objetos exteriores. (…) Un intenso egoísmo protege contra la enfermedad; pero, al fin y al cabo, hemos de comenzar a amar para no enfermar…”, dice Freud.
Pero el empeño narcisista de los hombres de poder arroja una conclusión bastante vulgar: su anclaje en el estadio primordial, básico, elemental del desarrollo psíquico, pone de manifiesto una condición enfermiza.
Si bien habría que enriquecer esta interpretación con aspectos históricos concretos de la historia política mexicana para tener un cuadro más ilustrativo de lo que parecería ser nuestro destino manifiesto en ese terreno, hay que decir que el desenlace de Narciso es su desintegración. Al serle imposible sostenerse en su afección, se fragmenta y muere.
En la orientación narcisista se experimenta como real sólo lo que existe en nuestro interior, mientras que los fenómenos del mundo exterior carecen de realidad de por sí y se experimentan sólo desde el punto de vista de su utilidad o peligro para uno mismo. (…) (Para el narcisista) la única realidad que existe es la que está dentro de él, la de sus temores y deseos.
Erich Fromm
En Sonora muchos ciudadanos estamos inconformes con los resultados de la elección a gobernador, pero tal disentimiento no tiene que ver con el triunfo o la derrota de determinado candidato sino con la desesperanza y la indignación que provoca un sistema político cada vez más enfermo. La naturaleza de este estadio del acontecer cotidiano nacional, es decir, el desencanto mayúsculo de la población, no puede ser más evidente, está ahí, permea todos los ámbitos de la sociedad, sin embargo los-que-viven-de-la-política (decir “clase política” o “políticos” es quizá concederles una estatura que, en virtud de su mal papel, no han alcanzado) suelen actuar completamente desvinculados de esa realidad.
Padecemos en su ya casi intolerable expresión el narcisismo de los hombres de poder. En los ámbitos de la mitología y del psicoanálisis la figura de Narciso es compleja y resulta imposible agotar sus distintas facetas en unas cuantas líneas. Algunos pensadores han calificado a la época contemporánea como “la era de Narciso” (Gilles Lipovetsky) o han definido a la cultura actual como “la cultura del narcisismo” (Christopher Lasch). Si bien esa condición es atribuible a grupos sociales o a personas en lo particular, el asunto se torna grave cuando quienes la despliegan son individuos en los que recae una responsabilidad de representación ciudadana o de servicio público.
De ese tan vasto y abordado tema, y sobre todo tan vigente, lo que interesa destacar es el papel que los otros desempeñan en la mirada narcisista, es decir, qué son los otros para el narcisista, en este caso para el prototípico hombre de poder a la mexicana. Cuando Freud se refería a que en el narcicismo “la libido ha sido sustraída al mundo exterior y aportada al yo”, daba pie a la definición de una serie de características de ese tipo de personalidad, como la concentración en sí mismo, el aislamiento del entorno, la incapacidad para percibir la realidad externa, el desprecio de los demás, el desconocimiento del valor de éstos y la insensibilidad frente a sus problemas y necesidades.
En ese sentido Narciso es la antítesis de Prometeo: el que robó el fuego a los dioses para otorgárselo a los mortales simboliza la filantropía, la solidaridad con los otros, el énfasis en el conocimiento, el interés en el progreso civilizatorio, el avance integral del hombre; aquello que, digamos, consideraríamos como lo deseable y óptimo en un hombre que se jacte de ser político en el sentido aristotélico: zoon politikon, que implica que los grandes valores humanos sólo pueden ser conquistados en la polis, en la plenitud de lo social.
En la medida en que para el narcisista “el objeto es él mismo”, no hay cabida para el diálogo. El psicoanalista Joan Coderech define al narcisismo, precisamente, como la imposibilidad del diálogo, como el “no diálogo”. De ahí que mientras los hombres de poder se regocijan en su afección narcisista, amplían la distancia que mantienen con los ciudadanos: sus discursos son encadenamientos de palabras vacías de sentido; sus imágenes, repulsivas caricaturas; sus propuestas, meros recursos para salir del paso mientras logran satisfacer el beneficio para sí mismos; sus discusiones, guiones fraguados para ser escenificados en papeles que se reparten ellos mismos, en un franco autismo teatral: el público no existe.
No inspiran el menor indicio de credibilidad pero no reparan en ello, se hacen los desentendidos, no cambian, se mantienen ciegos y sordos; están, pues, limitados por su narcisismo. Esto tiene sus costos, pero no tenemos aún respuestas claras sobre la magnitud del importe.
El narcisismo “puro” corresponde a un estadio muy preciso en la vida del individuo: es fundamentalmente en la niñez cuando el propio yo constituye el objeto primordial del amor (léase interés en el mundo exterior, reconocimiento del otro…). A medida que el ser humano crece, madura, ese narcisismo en estado puro va cediendo; se presentan rasgos, sí, pero “la vida anímica se ve forzada a traspasar las fronteras del narcisismo y a investir de libido objetos exteriores. (…) Un intenso egoísmo protege contra la enfermedad; pero, al fin y al cabo, hemos de comenzar a amar para no enfermar…”, dice Freud.
Pero el empeño narcisista de los hombres de poder arroja una conclusión bastante vulgar: su anclaje en el estadio primordial, básico, elemental del desarrollo psíquico, pone de manifiesto una condición enfermiza.
Si bien habría que enriquecer esta interpretación con aspectos históricos concretos de la historia política mexicana para tener un cuadro más ilustrativo de lo que parecería ser nuestro destino manifiesto en ese terreno, hay que decir que el desenlace de Narciso es su desintegración. Al serle imposible sostenerse en su afección, se fragmenta y muere.
Las subjetividades atrofiadas
La compasión es una emoción inestable. Necesita traducirse en acciones o se marchita.
Susan Sontag, Ante el dolor de los demás
La compasión es una emoción inestable. Necesita traducirse en acciones o se marchita.
Susan Sontag, Ante el dolor de los demás
Solo una conciencia omnisciente ‒como la del narrador de la novela clásica, que conoce, sostiene y controla sin excepción todos los hilos de la trama, las escenas, los personajes‒ podría evaluar en su real significado las contradicciones humanas que el caso de la guardería ABC ha puesto en descubierto. Por más agudeza crítica de que podamos presumir, escasamente podemos medir la magnitud de las zonas oscuras que el acontecimiento ha develado.
Por lo menos en estos momentos tan próximos a la tragedia, es difícil precisar y comprender el sentido profundo de las paradojas, absurdos e ironías exhibidas desde un principio y que, en una verdadera cadena fatídica, siguen presentándose.
Uno de los absurdos mayores es el que deviene del alejamiento dramático, impactante, que se resiste a ser comprendido, entre dos escenarios: uno, el de los padres de los niños fallecidos, invadidos de dolor e impotencia por las pérdidas y por si fuera poco avasallados ahora por la indignación y las humillaciones de que siguen siendo objeto, y otro, el de la bajeza moral con que se han conducido políticos, funcionarios y empresarios directa e indirectamente involucrados en el asunto.
Nada que no hayamos presenciado día con día desde el 5 de junio. Pero hay que repetirlo, sin que el cansancio llegue nunca.
Acotemos dos escenas: la de unos padres de familia expulsando de su cuerpo y de su alma un llanto en el que se mezcla el sufrimiento, la impotencia, la desesperación, el coraje, el desencanto vital, la desesperanza, el infierno emocional, y la de funcionarios ferozmente preocupados por salvar su imagen, su posición, sus cotos, sus canonjías, para seguir mordiendo, insaciables, los beneficios personales que les otorga el poder.
Grotesco, escandaloso el contraste.
Inaudito, intolerable dolor por un lado; indiferencia y descomunal cinismo por el otro.
Si se busca una frase que enlace esas dos aristas tan distantes, resultará una de un significado tan deleznable como ésta: El dolor de los demás se ha convertido en mero objeto de discurso politiquero.
¿Qué ingrediente está presente en la subjetividad de los actores políticos que les impidió gestionar desde un principio el cuidado y la atención absoluta de todos los afectados por la tragedia, sin escatimar recursos? Absoluta en este caso quiere decir integral: ayuda médica, económica, laboral, social, psicológica, psiquiátrica, espiritual, ¡tanatológica!; quiere decir la contratación de equipos de profesionales en cada área para procurar que a las víctimas les sea menos insoportable la existencia.
Más allá o más acá de las leyes y de la tan lejana justicia, lo que aquí interesa es reflexionar sobre la reacción de los hombres de poder frente a las experiencias de sufrimiento de los ciudadanos (no es fácil atreverse a decir “de sus semejantes”, porque pareciera que para ellos no lo son), sobre todo porque son quienes disponen de los elementos materiales para solventar situaciones críticas y extremas.
Se trata, sí, de la dimensión humana del problema. No de declaraciones, ruedas de prensa, promesas de apoyo, visitas protocolarias a los enfermos para cumplir con el requisito mediático de la foto, olvidando lo esencial; no de sumas y restas para calcular cuánto dinero le tocaría a cada familia por indemnización o como cumplimiento de un decreto; no de palabras, pues, sino de acciones concretas resultado de una verdadera consternación por la tragedia, de una solidaridad con el dolor humano.
¿Dónde está el seguimiento, el expediente de vida de cada uno de los padres de familia y niños afectados, que nos impediría pensar que no son, todos ellos, un conglomerado anónimo, despersonalizado, vacío de humanidad, para los gobiernos?
¿Por qué hay niños afectados sin la correcta atención médica? ¿Por qué no se impidió que algunas madres fueran despedidas o afectadas en sus trabajos por haberse ausentado durante los días posteriores a la desgracia?
¿Por qué se ha permitido que a las terribles pérdidas y a las consecuencias fatales de la catástrofe se sumen privaciones, desatención, pobreza, es decir, mayor sufrimiento?
¿Por qué la compasión, si es que existe, no se ha traducido en acciones tangibles, contundentes y efectivas, como quería Sontag cuando hablaba del dolor de los demás?
¿Qué ingrediente está presente, pues, en la subjetividad de los políticos contemporáneos (de éstos en particular) que les impide afrontar las desgracias de sus congéneres con verdadero interés y solidaridad?
La respuestas son múltiples; una de ellas tiene que ver (y esto exige otro artículo) con que son, sin resistencia alguna, fieles portadores de los valores predominantes que hacen que el modelo neoliberal funcione, siempre a favor de una minoría. Son calcas, prototipos de los individuos que el sistema actual requiere para que la injusticia social siga predominando.
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