sábado, 12 de junio de 2010

Herodes redivivo

La cabeza de la hidra del caso ABC

Existe una cierta ideología que hemos llamado (equivocadamente) maquiavélica, que nos lleva a pensar que, para el engrandecimiento propio, todo es permisible, incluso el incumplimiento de la ley. Los tiranos griegos, los césares romanos, los papas y los emperadores la poseyeron; esta feroz ideología ha desencadenado guerras, justificado atrocidades, causado indecibles sufrimientos; al final, siempre ha llevado al derrumbe de las sociedades en las cuales ha echado raíces.

Alberto Manguel, El libro de los elogios


Algunos pasajes de la Biblia cuyas anécdotas han querido pasar como hechos reales a la historia oficial son, lo sabemos, meras leyendas. Tal es el caso de la sanguinaria matanza de infantes comandada por Herodes. Sin embargo, esos acontecimientos forman parte de la memoria social, están ahí, en el ethos. Son sucesos que importan más por su verosimilitud que por su veracidad. Así, lo que se impone en el relato sobre el rey de Judea (aun frente a quienes defiendan la tesis de la autenticidad histórica) es que alguien pueda ser capaz de mandar matar a cientos de niños, más que el que efectivamente haya ordenado asesinarlos. Como en la literatura, lo fundamental es que determinadas acciones sean posibles como expresiones de la condición humana, y poco interesa su verificabilidad.

La tragedia de los 49 niños fallecidos y los más de 70 que padecen graves secuelas de salud física y emocional a consecuencia del incendio de la guardería ABC de Hermosillo ocurrido el 5 de junio de 2009, fue ocasionada por el nuevo Herodes, el Herodes redivivo, el Herodes contemporáneo, el Herodes neoliberal[1], el Herodes de la “Era de la Criminalidad” (Federico Campbell dixit).

En adecuada metáfora, los vicios y perversidades del legendario monarca que mata para perpetuarse en el poder, se han repartido o dosificado, en el asunto que nos ocupa, en una serie de individuos, grupos de poder, gobernantes, funcionarios, empresarios, asociaciones, organismos, gobiernos, dependencias, institutos. Es un Herodes diluido, portador de un camuflaje que, desde un principio, ha querido ser exitoso, triunfar sobre la verdad, una verdad que cada vez le es más difícil evadir. Un Herodes diseminado estratégicamente en un colectivo de aliados.

Ideando polos opuestos, en el lugar del dejo de decoro que podría significar la claridad y transparencia de una acción individual o de grupo que diera lugar a confesiones o reconocimientos del tipo “yo agredí a”, o “mandé matar a” (ésta es la suposición, por supuesto, menos factible), o “fulano mandó asesinar a”…; en el lugar equivalente a aquella ética ancestral del duelo, en donde la confrontación era frente a frente, asumida por las partes y a la vista de todos, encontramos la cobardía colectiva, el “entre la bola ya no se supo”. Nos topamos con el montón y los montoneros.

El Herodes que nos ocupa es un Herodes chafa, vulgar, abyecto. No da la cara, se escuda en los otros, traicionando incluso a sus propios cómplices.

El Herodes redivivo por cuyos actos negligentes y criminales murieron y enfermaron decenas de niños, es como la cabeza de la hidra, el mítico monstruo de las siete cabezas. Podríamos adjudicarle un personaje a cada una de esas seseras: las más grandes, a) los dueños de la guardería, b) el IMSS, c) el Gobierno del Estado, d) el Ayuntamiento de Hermosillo; las menos grandes pero sólo porque están subordinadas a algunas de las anteriores: e) Delegación estatal del IMSS en Sonora; f) Secretaría de Hacienda del Gobierno del Estado, g) Protección Civil del Gobierno del Estado.

Podríamos adjudicar nombres a las siete testeras de otra hidra, nombres y apellidos de personajitos de carne y hueso que andan por el mundo deambulando –a oscuras unos, a la luz otros– por la vereda ominosa de la impunidad; para ello solamente hay que remitirse al Informe Preliminar de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en donde se les señala tal cual[2].

En el caso de la guardería ABC confluyeron los elementos precisos para que la tragedia tuviera lugar. El caldo de cultivo en el que se fue engendrando el nuevo Herodes es la descomposición moral de la élite política y económica: falta de respeto, violación y burla de la ley; alianzas y componendas entre el grupo gobernante y los empresarios; corrupción en todos los ámbitos y niveles (políticos, empresarios y subordinados de ambos); tráfico de influencias, encubrimiento y mentira; desprecio por los trabajadores y sus hijos; nula conciencia sobre los derechos de los niños e insensibilidad sobre su bienestar; prepotencia, egoísmo, avaricia.

Las piezas del ingrato juego fueron deslizadas con movimientos de filigrana para lograr el resultado infernal. Quizás si sólo uno de los involucrados se hubiera[3] salido a tiempo de la jugada, la tragedia se habría evitado. Quizás si sólo uno se hubiera negado a someterse, hubiera alzado la voz y denunciado, se habría frenado la detonación de la bomba en potencia que era la guardería. Pero predominó la corrupción montonera, la maraña de contubernios, la red de complicidades. Quienes tuvieron participación en el conjunto de jugarretas, cumplieron con su deber de hacer las cosas “bien” en este país de violación de la ley: cada uno aportó su parte.

El Hermosillo de fines de la primera década del siglo XXI goza ahora de la fama de haber concentrado la podredumbre moral capaz de quitarle la vida a 49 menores, enfermar a más de 70, desgraciar la vida de decenas de familias, llenar de impotencia y dolor a muchos ciudadanos.

No cabe duda, el caso ABC es una metáfora cruel, la más cruel posible, del México de injusticias que vivimos.

Si hablamos de la herramienta homicida del Herodes redivivo nos salimos del terreno metafórico para describir un arma real: la bomba de napalm que les cayó a los niños en sus cuerpos. El cuchillo del nuevo Herodes fue esa arma explosiva, la misma que se usó en la guerra de Vietnam y se ha utilizado en otros conflictos bélicos. Así lo describe un investigador de la Universidad de Sonora, experto en transferencia de calor, en un artículo titulado “Lo que les cayó a los niños fue prácticamente napalm”:

La mezcla compuesta básicamente por benceno y poliestireno, adicionada con un agente iniciador de la ignición, como fósforo blanco, se conoce como napalm.

El poliestireno se utiliza para darle cuerpo a la mezcla, lo cual produce una especie de gel que una vez encendido difícilmente puede ser sofocado, además se comporta como un plástico pegajoso que se adhiere a la piel o a los objetos con los que tiene contacto y permanece encendido durante bastante tiempo. (…)

… un pequeño fuego iniciado, por ejemplo por un corto circuito, genera gases calientes que pueden llegar a los 1000°C, estos gases suben rápidamente buscando las partes altas de la vivienda o edificio, es aquí donde los gases calientes entran en contacto con el poliestireno. (…)

Este no es el caso de un incendio común que empieza en una parte determinada y que lentamente se desplaza conforme encuentra material inflamable, aquí la explosión de los gases extendidos por todo el techo son el medio por el cual el fuego se propaga. Como es el techo el que se colapsa, cae como un baño de aceite hirviendo e inflamado sobre todas las superficies, prácticamente como una bomba de napalm. Para esos momentos no hay solución posible. (…)[4].

Sobre los efectos del napalm sobre el cuerpo humano, Kim Phuc, la niña de aquella fotografía emblemática de la guerra de Vietnam que, escoltada por unos soldados, corre despavorida junto con otros niños con gestos de estar experimentando una tortura, dijo: “El dolor era tan terrible que perdí la conciencia (…) Yo no sabía lo que era el dolor. Me había caído en la bicicleta algunas vez, pero el napalm es lo peor que pueden imaginar. Es quemarte con gasolina por debajo de la piel. Para mí es sinónimo de infierno”[5]. Exactamente eso les ocurrió a los niños de la guardería ABC.

Sobre esa bomba a punto de estallar que fue por mucho tiempo la guardería existían serias advertencias. Una de las más completas puede leerse en las páginas 270 y 271 del citado informe de la SCJN, en el oficio 2790013200/23180 del 26 de julio de 2005. Dadas las evidentes irregularidades e incumplimiento de normas oficiales en las instalaciones del inmueble, se hacen, entre muchas otras, las siguientes recomendaciones que debieron asumirse como obligatorias y acatarse de manera inmediata (es ampliamente conocido que no fue así):

1.- Instalar puerta de entrada de dos metros de ancho libre y 2.10 de altura mínima, tipo abatible en doble hoja.

2.- Instalar puertas de seguridad con barra de empuje abatible hacia el exterior de 1 metro de ancho mínimo en las salas de lactantes C y en patio de juegos.

3.- Sustituir los plafones existentes en salas de usos múltiples a maternales con material no combustible, debido a que actualmente tienen instalado un plafón de base de lona plástica tipo carpa y es un material altamente combustible.

4.- Colocar material aislante en el techo del inmueble.

De la bodega de la Secretaría de Hacienda del Gobierno del Estado contigua a la guardería, en donde comenzó el incendio, se hicieron también diagnósticos y se expusieron las violaciones a normas de seguridad:

1.- Dentro de la bodega se almacenaban más de cinco mil kilogramos de inventario de sólidos combustibles, con lo que el grado de riesgo de siniestro era alto.

2.- Además de incumplir con las obligaciones impuestas por la normatividad vigente, “la bodega debía tener en sus instalaciones equipo contra incendio, respecto de lo cual no existe constancia alguna demostrativa de que tales disposiciones fueran cumplidas. Para decirlo en una palabra, la bodega no tenía ni siquiera un extinguidor, cuando su obligación era tener sistema contra incendios, o sea, rociadores o aspersores de agua, no sólo detectores de humo que son típicamente sistemas de prevención de incendios”[6]. Todo esto se expone con más detalle en el proyecto del ministro de la SCJN Arturo Zaldívar, publicado en la red el 3 de junio de 2010[7].

Así pues, el no acatamiento de la normatividad oficial en materia de seguridad por parte de la cabeza de la hidra que provocó la muerte de 49 niños y enfermedades vitalicias a más de 70, es un asunto probado e irrefutable. Pero en México la aplicación de la ley, lo sabemos y se ha repetido hasta el hastío, es un asunto de conveniencia o no para el Estado, un asunto de jerarquías políticas y de clases sociales.

El pesimismo arrecia cuando pensamos que, en el caso de lograr segar las seseras de la hidra, renacerían, como dicta el mito. Para abatir esa posibilidad no queda otro camino más que trocar a Hércules por la fuerza de una voz ciudadana férrea e incansable.

Como si el daño no fuera suficiente, asistimos al montaje de una escenografía tenebrosa por parte del estado[8]: a) El show mediático, como el deseo fallido de Calderón de tomarse la foto con los padres dolientes a unos días del primer aniversario de la tragedia, cuando durante meses se le ha solicitado que vaya a Hermosillo a atender el asunto; b) La mentira y la simulación, como aquel embuste de que la interpol buscaba a los dueños de la guardería, cuando se encontraban tranquilamente en la ciudad de la catástrofe; c) la manipulación religiosa, cuando uno de los “más altos” representantes del clero en Sonora firmó cartas de apoyo avalando la “calidad moral” de los dueños de la guardería, para presentarlas como argumentos frente al juez a cargo del caso; d) el encubrimiento entre iguales por parte de instituciones como el patronato de la Cruz Roja, la Coparmex, la Canaco, la Unión Ganadera y diputados locales, al avalar, a través de misivas dirigidas al mismo juez, el prestigio social, la bonhomía y la honorabilidad de los patrones de la estancia; e) la burla de algunos médicos y funcionarios del IMSS al pretender hacer creer que los niños que inhalaron gases tóxicos durante el incendio “no tienen nada”, además de todas las acciones sospechosas y humillantes para los padres que llevaron a cabo recién desencadenada la tragedia, como la de impedir que se trasladara a algunos menores al Hospital Shriner de Sacramento California, el lugar idóneo para que fueran atendidos.

Pero existe otra realidad que nada tiene que ver con el montaje y sí con el dolor más profundo de que puede ser víctima un ser humano: a) Familias destrozadas por el sufrimiento; b) Padres que querrían quitarse la vida pero no lo hacen porque tienen otros hijos y cónyuges a quienes proteger y responder y porque los detiene su lucha por lograr justicia; c) Decenas de niños con fibrosis pulmonar y otras afecciones que padecerán de por vida; d) Decenas de niños y adultos con trastornos emocionales y psiquiátricos; e) Padres y madres que han perdido su trabajo a raíz de la tragedia; e) Amenazas a los padres de familia del movimiento ABC intentando impedir que sigan con el desafío que se han impuesto y al que tienen absoluto derecho.

Finalmente, la frustración e impotencia frente a la impunidad por parte de los padres, familiares y muchos ciudadanos, pero al mismo tiempo el convencimiento y el coraje para eliminar al monstruo, al Herodes redivivo, al Herodes poliencefálico, como la misma hidra.



[1] Sin mayores complicaciones, con este término intento destacar el predominio de las reglas del mercado sobre el desarrollo y los avances sociales, la democracia, los derechos humanos. La objeción es a la desigualdad social y económica que promueve, a la concentración de la riqueza en un reducido grupo, a la desprotección y retroceso gradual de la mayor parte de la población. Tal es el caso de México y un análisis del caso ABC a la luz del régimen neoliberal sería muy ilustrativo.

[3] El “hubiera” no sólo existe sino que, entre otras noblezas, es una de las expresiones más útiles para suponer escenarios y develar omisiones, en este caso criminales.

[4] Rafael E. Cabanillas López, “Lo que les cayó a los niños fue prácticamente napalm”, La Jornada, México, miércoles 24 de junio de 2009. (Los subrayados son de la autora).

http://www.jornada.unam.mx/2009/06/24/index.php?section=opinion&article=a03a1cie

[6] Páginas 301 y 302 del Informe Preliminar de la SCJN.

[8] Con minúsculas, a propósito.

Las omisiones de San José

Tregua

Aún es larga la noche

y los enfermos se revuelven

sobre sus lechos.

Entre sus sueños piden tregua,

por cada tos, por cada pena

de estar ardidos en el frío;

un minuto es un año,

y lento se detiene el cuchillo del cielo

entre los pliegues de la herida.

Del libro A la salud de los enfermos

de Juan Domingo Argüelles

En La montaña mágica de Thomas Mann se lee: “La enfermedad es perfectamente humana, pues ser hombre es estar enfermo”. Humana, demasiada humana, la enfermedad es la medida de nuestra imperfección y a la vez de nuestra transitoriedad. Anticipo proclamado de la muerte, el que “el monstruo” (a la Foucault) despierte en nuestras entrañas significa morir un poco. Un recordatorio, una estremecida que nos hace tocar fondo, poner los pies en la tierra movediza, impredecible y amenazante que habitamos.

Mientras vivimos, vamos muriendo enfermándonos; mientras morimos, vivimos enfermándonos; mientras nos enfermamos, vamos viviendo hacia la muerte. El que esté libre de enfermedad que se dé entonces baños de pureza.

No, no es una visión fatalista-pesimista de la existencia, sino una reflexión contestataria: habría que entrenarnos, desde que comenzamos a interiorizar el mundo y hasta el “siempre” de cada quien, en ese tenor.

En esta carrera inevitable, los hospitales, al lado de la industria farmacológica y la entidad colectiva “médicos”, son instituciones normalizadores; se encargan de corregir la desviación de la norma salud. Su objetivo es “regresar” a los individuos a ella, o por lo menos aproximarlos.

Los nosocomios privados no escapan a la maquinaria burocrática capitalista. Es así por principio en tanto instituciones que venden, comercializan el acceso a la salud. Recientemente he podido comprobar in situ el peculiar mecanismo de estas clínicas debido a un internamiento de cinco días en el Hospital San José de Hermosillo, para una intervención quirúrgica. Si bien esa experiencia no es representativa de todos los hospitales privados, sí es un indicador importante.

Conozco también el funcionamiento de los hospitales públicos, de modo que tengo elementos para establecer comparaciones; pero no es ése el propósito ahora. Los privados son, ciertamente, oportunas alternativas, si bien nos va, con respecto a los operados por el Estado, plagados, en general, de deficiencias, mala operación e incluso inmiscuidos en la corrupción y otros vicios propios de los gobiernos que padecemos.

El enfermo, en especial el que está internado, se encuentra en un estado de vulnerabilidad; está frágil, expuesto: es un paciente. La contraparte de su obligada pasividad es la acción, la actividad, la diligencia del aparato hospitalario, al cual se le contrata para que subsane las contrariedades de salud. El paciente también es, entonces, un cliente al que se debe atender en correspondencia al pago de un servicio.

Para mis médicos, cardióloga y angiólogo, no tengo más que gratitud y reconocimiento a su calidad profesional, responsabilidad y buena disposición; en particular la oportuna detección y tratamiento de mi problema antes, durante y después de la operación de la doctora, y la pericia quirúrgica, cuidados y atención del período postoperatorio del médico que me intervino. El área de radiología de la clínica, a donde acudí dos veces, brinda un buen servicio gracias a los médicos que la atienden y al equipo de alta tecnología con que cuenta.

Pero la deficiencia se presentó en otras áreas.

“Cada quien habla como le va en la feria”, o más pomposamente como se dice en España, “cada cual cuenta la fiesta según le va”. Es indudable que hay pacientes que han tenido una experiencia satisfactoria en ese nosocomio (vocablo que en el griego original significa “establecimiento destinado al cuidado de enfermos”, mientras que “cuidado”, según el DRAE, significa “solicitud y atención para hacer bien algo”, requisito mínimo con el que debe cumplir un hospital).

Pues bien, a las molestias, riesgos e incertidumbres naturales propias de un estado delicado, se sumaron los siguientes errores y omisiones, que se traducen en descuido e insensibilidad ante la vulnerabilidad del enfermo. Al lector quizás le parezca que la autora peca de puntillosa y concienzuda en sus señalamientos y descripciones, pero en una situación de indefensión cualquier contrariedad, por mínima que sea, provocada por aquellos de quienes uno depende, incide no sólo en el padecimiento en sí, sino en la esfera sensible de las emociones. Éstas se suman a lo ya de por sí difícil de la situación.

a) Mis familiares no fueron notificados cuando salí de la operación, de tal forma que durante un largo rato continuaron pensando que aún me encontraba en el quirófano y por consiguiente siguieron preocupados y sin saber absolutamente nada de mi estado;

b) Después me enteré de que les dieron información errada al asegurarles, cuando ya había salido de la sala de operaciones, que todavía me encontraba en ella pues la intervención “se había demorado una hora y media”, cuando en realidad el retraso fue de 15 o 20 minutos (¿de dónde sacarían ese dato falso?);

c) Una fracción de esos minutos de demora se debieron a que al llegar al área de quirófanos no había camilleros listos para trasladarme a un cubículo de espera. La enfermera, molesta, tuvo que lanzar un grito para que acudieran;

d) Cuando desperté de la anestesia en la sala de terapia intensiva no había nadie a mi alrededor. Tuve que gritar para que acudieran a mi cubículo o apartado;

e) Me enteré entonces de que mis familiares no estaban enterados de que ya había salido de la operación y me encontraba en la sala de terapia intensiva. Como excusa, me dijeron que “no había nadie en la habitación” (la que me habían asignado desde antes de la intervención y hasta mi salida de la clínica), cuando en realidad mis familiares y amigos íntimos se encontraban ahí;

f) No conseguía por ningún medio comunicarme con ellos. ¿Estaría descompuesto el sistema de magnavoces con el que todo hospital debe contar? Inmersa todavía en las molestias de la anestesia pedí (el colmo) que llamaran a un celular. Cuando la enfermera me dijo que “en esa sala estaba prohibido” su uso”, le dije: “Pues sálgase al pasillo, elemental, ¿no?”. Finalmente accedió;

g) Al constatar lo difícil que era que me atendieran cuando necesitaba algo, solicité la especie de micrófono con el que, en los cuartos habituales (que no son de terapia intensiva), el enfermo puede comunicarse con al módulo de enfermeras (recurso excelente), pero me contestaron que ese mecanismo no se utilizaba ahí porque “no era necesario”, ya que las enfermeras “estaban muy pendientes de los pacientes” pues ahí era ¡terapia intensiva! En mi caso no fue así: siempre tuve que gritar o pescar el paso de algún humano que se trasladara por enfrente de mi puerta (algo remoto pues me encontraba en el último cuarto de la sala) para conseguir que acudieran;

h) Gritar, para un paciente recién operado, es peligroso; se encuentra en riesgo de que le sobrevengan complicaciones, de ahí mi traslado al área de terapia intensiva. En las 14 o 15 horas que estuve ahí, no pude sensibilizar a las enfermeras de esa situación;

i) Mi cuarto o cubículo era literalmente un congelador. Pedí que subieran la temperatura o idearan algún otro recurso para aminorar el excesivo frío. “Ay sí, es cierto, éste es el cuarto más frío de terapia”, me dijo una enfermera, se dio la media vuelta y se retiró. Me dije y les dije: si la refrigeración en esta área es central y las necesidades de otros pacientes ameritan una temperatura baja, bien pueden cerrar las rejillas de lo que corresponde a mi espacio o, utilizando un recurso rudimentario, cubrirlas parcialmente con algún cartón, pero lo único que conseguí fue indiferencia (esa experiencia me hizo recordar otra literalmente contraria, cuando en el hospital del ISSSTE de Hermosillo un grupo de mujeres cuidadoras de sus padres prácticamente nos amotinamos en las oficinas administrativas –despacho del director incluido- para que apagaran el aire acondicionado de esa sección, pues no era justo que ahí gozaran del fresco de la refrigeración mientras los pacientes internados padecían el crudo calor del verano, ya que el sistema de aire artificial de esa área “se había descompuesto”). Debo agregar que parte de mi operación implicó la entrada de un catéter en los pulmones, y mi pobre intuición me decía que debía cuidarse la temperatura ambiental;

j) No sólo no resolvieron mi solicitud, sino que prácticamente me congelé cuando me dieron un “baño de esponja” en la cama. Ni aun ante la evidencia de la exposición desnuda de la paciente al aire helado, hubo iniciativa alguna para hacer algo con el aire acondicionado. Cuando menos pensé me estaban lavando la cabellera; después el resto del cuerpo. Los labios morados y el temblor por el frío no inmutaron a la enfermera;

k) A la mañana siguiente de la operación, el médico cirujano me dio de alta de terapia intensiva y autorizó y solicitó que me trasladaran a mi habitación. Pasaron horas y esa indicación no era acatada. Tuve que disgustarme y alzar la voz buscando que se acelerara el trámite. La excusa de la enfermera encargada fue que “había pacientes graves ahí” y que tenía que esperarme. En todos los hospitales, desgraciadamente, hay pacientes graves, pero tal circunstancia no es una justificación para desatender a los enfermos menos delicados. Exagerando un poco para ilustrar el despropósito, no se le puede pedir a una mujer a punto de dar a luz que detenga o desacelere su trabajo de parto alegando que en otro lugar del nosocomio hay internos graves. Cada enfermo-cliente debe ser atendido según sus necesidades. Cuando, molesta, expresé mi opinión, no pasaron cinco minutos para que los camilleros llegaran por mí. Al parecer, el grito y el disgusto son gestos que en la sala de terapia intensiva de ese hospital sí funcionan para conseguir lo adecuado y justo;

l) Por lo menos en lo que consta a mi experiencia, no existe en esa clínica la rutina de la visita colectiva formal (médico de guardia, jefa de enfermeras, enfermeras) a los pacientes cada cambio de turno, en la que se informa en voz alta sobre la enfermedad, la gravedad o no del caso, los medicamentos que se están suministrando, y se hacen las recomendaciones pertinentes para el debido cuidado del interno. Presencié únicamente visitas informales, nunca presididas por un médico ni con todo el personal responsable. Por ello, en varias ocasiones tuve que explicar tanto al médico de guardia (cuando lo llamé para disipar algunas dudas, porque nunca acudió por iniciativa propia) como a las enfermeras en turno, por qué estaba hospitalizada, de qué me habían operado, etcétera. Vamos, hasta mi nombre tuve que repetir varias veces, pues no se tomaban la molestia de acercarse al pequeño letrero en donde estaba escrito, de tal forma que me divertí jugando con las distintas opciones cada vez: Guadalupe, Beatriz, Lupita, Guadalupe Beatriz, Lupe…

m) En mi caso no se cumplió la regla imprescindible en todo nosocomio de preguntar al paciente diariamente, incluso varias veces al día, sobre sus actividades fisiológicas elementales, las que, si no son regulares, pueden obstruir o dificultar un adecuado restablecimiento;

n) Y el colmo. Al ingresar al hospital y antes de que me suministraran medicamentos, los doctores indicaron que se me tomara una muestra de sangre para practicarle un análisis especial que sólo se realiza en laboratorios foráneos, en este caso en la ciudad de México. Dicho estudio era muy importante pues arrojaría datos sobre las condiciones de mi sangre y quizás sobre las posibles causas de mi padecimiento. Cuando llegó el momento de recoger los resultados una semana después, se nos dijo que durante el traslado al DF “la sangre se había derramado”; en una palabra, la muestra se perdió. Dicen en el laboratorio de la clínica que, ¡previendo situaciones similares! (¿habrá aprobado el ISO correspondiente la empresa a la que subcontratan para esos traslados?), ellos guardan una dosis del granate líquido, el cual supuestamente se envió de nuevo a la ciudad de México para su análisis.

Es común que, como respuesta a las quejas que expreso frente a familiares y amigos, escuche frases del tipo “En todas partes es igual”, “Hasta en los mejores hospitales del mundo pasan cosas como ésas”, “Ni para qué te quejas, todo va a seguir igual”. Se trata de visiones que, multiplicadas en ámbitos diversos, han favorecido la constante falta de respeto a los derechos ciudadanos en todos los órdenes

Si quienes consideramos tener una visión no conformista sino crítica de la existencia, otorgáramos un peso específico al “mal de muchos” como consuelo, no denunciaríamos nada en este mundo en donde el principal enemigo del hombre es el hombre mismo.

PS. El Hospital San José de Hermosillo fue inaugurado durante el sexenio de Eduardo Bours. Le antecede el Hospital San José de Ciudad Obregón, inaugurado en 1992; el antecedente de éste es, a su vez, la Clínica San José de esa misma ciudad. En la página de internet del hospital, www.grupomedicosanjose.com.mx, que, por cierto, no cuenta con directorio, se anuncia que próximamente se abrirá el Hospital San José de Nogales. Se trata, pues, de una cadena o franquicia sonorense, cuyos accionistas son constructores, empresarios y un grupo de médicos.

martes, 2 de febrero de 2010

Caso ABC: la antidemocracia de la justicia II

No se ha visto el caso como lo que es, una tragedia de alcance social: JD.

El trasfondo sonoro de la conversación: las campanadas de catedral. Las paredes porosas de la tienda de campaña, que junto con otras más fueron dispuestas frente al palacio de gobierno para albergar la huelga de hambre y ayunos de padres de niños fallecidos en la guardería ABC, dejaban pasar los estruendos de los emplazamientos a misa. Y muy a propósito: “¿Están con dios o con el diablo?”. El entrevistado, JD, papá de uno de los niños que murieron en el incendio, se refiere a la posición de la iglesia ante los sucesos trágicos del 5 de junio de 2009:

“El gobierno estatal anterior pidió al clero que nos hablara de dios, que nos dijera que nuestros niños están en el cielo, que son angelitos. Nos quisieron tocar el corazón, nos quisieron tocar el lado sentimental para que tuviéramos resignación. Después vimos las cartas que el obispo y el arzobispo mandaron a los juzgados, entonces, ¿están con dios o con el diablo?”. Y agrega: “Siempre ha habido un matrimonio entre el clero y la nobleza. A la clase baja le dicen ‘tú doblégate y entrega el diezmo’”.

El caso ABC: un asunto de clases sociales.

Como para muchos padres víctimas de la tragedia, para JD (egresado de la carrera de Derecho de la Universidad de Sonora y actualmente profesor de música en la misma universidad) la impunidad en el caso ABC obedece a un asunto de clases sociales:

“La muerte de los 49 niños no tiene mucha importancia porque pertenecen a la clase baja, si hubiera sido un solo niño de la clase alta se viene el mundo encima, solamente por pertenecer a esa clase”.

En natural congruencia y confirmación de su sentir, los dueños de la guardería, de estatus privilegiado, nunca se acercaron a ellos, “tampoco el dueño de los almacenes, él los rentaba, nunca hubo un acercamiento. Hay una propuesta de los padres de familia de que se tumbe ese almacén en el que estaba la guardería para hacer un parque, pero el dueño no piensa en donarlo, si quieren hacerlo que se lo compren, es de su propiedad. Él le apuesta a que se olvide todo para volver a construir sus bodegas ahí y volver a rentar. Hay un materialismo en la visión de las cosas”.

La desigualdad, el desprecio, la indiferencia que han padecido en el de por sí doloroso trance que atraviesan los padres, se percibe en actitudes de funcionarios de la nueva administración estatal:

“Cuando eres funcionario de gobierno te sientes el príncipe azul. En esta administración, más que funcionarios son niños fresas que llegaron al poder, andan preocupados por sus zapatitos de catálogo, por el carro que se compraron. Hay una total indiferencia. Pasan por enfrente de nosotros como diciendo ‘no veo nada, no existe nada’. Ahorita pasó el presidente municipal, pasó de frente, ni siquiera saludó. El gobernador entra por la puerta de al lado porque por la de enfrente no tiene cara para entrar, llega muy sonriente con la prensa y los demás funcionarios achichincles pasan impecables con su celular en mano, son los dandis, los edecanes, los chambelanes del gobierno, porque en verdad capacidad de gobernar no tienen, no tienen la menor idea de qué están haciendo ahí”.

No estamos en un Estado de Derecho, estamos en un estado de indefensión frente al Estado.

Como víctima del delito, ¿de qué forma has sido tratado, cuál ha sido la respuesta de las autoridades a ese rol que desafortunadamente te ha tocado vivir?

“Se supone que estamos en un Estado de Derecho, pero no, estamos en un estado de indefensión frente al Estado. No hay un apoyo contundente de parte del gobierno en ninguno de los tres niveles, municipal, estatal o federal, ni del Congreso, en donde debería haber una comisión para el caso. Están apostándole al olvido. Como padres de familia estamos en una situación de desprotección, de indiferencia del Estado. No hay intención de resolver esto. Por ejemplo, se dispuso que el día 5 de cada mes la entrada al parque infantil “La Sauceda” sería gratis para todos los niños, piensan que con esas cositas van a arreglar todo, que con migajas van a contentar a los padres de familia.

“Quiero que lo sepas: todavía no alcanzamos a hacer mella, a tocar el corazón de ningún funcionario, ven este asunto de manera muy fría. Los ciudadanos nos sentimos desprotegidos, solos en la lucha”.

No se ha tomado el caso como algo trágico para la sociedad en general.

¿Cómo ha sido la respuesta de la sociedad?

“Creo que no se ha visto el caso como una tragedia de alcance social. Desgraciadamente en México somos muy individualistas. Hay quien puede decir ‘yo tengo a mi niño en una guardería y no le ha pasado nada’, en general así lo han estado viendo, de esa manera sí hemos sentido un poco de vacío. No se ha tomado el caso como algo trágico para la sociedad en general. Si lo ves desde el punto de vista individual, a todo mundo se nos ha muerto un ser querido y la vida continúa, pero en este caso fue algo colectivo, son 49 niños que murieron por las deficiencias del gobierno, porque el gobierno fue el culpable de todo esto. No hay forma de callar, de decir ‘uno más en el mundo que se fue’: se trata de un delito.

“Eran demasiados niños para tan pocos empleados, no hubo los suficientes empleados para sacarlos a todos, entonces la responsabilidad recae en los concesionarios de la guardería y en la mala reglamentación, en el descuido del gobierno, en el hecho de que convirtieron las guarderías en empresas, en mercado. ¿Que hay que buscar culpables? Sí. Pero la lucha de nosotros no es de venganza, es con el fin de que esto no vuelva a suceder en nuestro país. Es un problema de la sociedad”.

Hay un espacio que no se llena. Hay un vacío porque faltan esas almas en la familia, en la casa.

¿Qué sentimientos predominan en ti? ¿Cómo vive una pareja de padres ese dolor?

“Dolor. Soledad. Psicológicamente estamos muy maltratados; nuestro corazón, muy lastimado. Hay un espacio que no se llena. Hay un vacío porque faltan esas almas en la familia, en la casa. También sentimientos de ira, coraje, impotencia, desesperación. Lógicamente a oscuras, en tu soledad, tienes que desahogarte...

“En la pareja es un sentimiento compartido. Mientras están, es cierto que los niños son más apegados a la mamá, a la mano que les da el alimento. Pero una vez que no están, es el mismo dolor para los dos, un espacio que no se llena, ese espacio para las dos personas es igual. Decimos ‘compartido’ en el sentido de que cada quién está sufriendo lo suyo pero hay una unidad, existe el mismo dolor. Así los padres no estuvieran juntos, el dolor es intrínseco por la falta de ese ser. Aunque el dolor es un punto ciego, porque como te puede unir te puede separar”.

¿Qué esperan, qué sigue en el proceso legal?

“Los resultados del peritaje. En México y Sonora es muy poca la preparación en esa área, por eso se trajo a investigadores de Estados Unidos. Estamos esperando los resultados científicos. Hasta que se tengan pruebas de lo que ocurrió ese día en la guardería, el ministerio público puede mandarlas al juez para que se les dé proceso”.

¿Es probable que hayan modificado, manipulado el sitio, la bodega en la que estaba la guardería?

“Así como no tienen la capacidad para hacer investigación, tampoco tienen la capacidad para saber qué es lo que necesitaban destruir. Aunque hubieran tratado de manipular el lugar, no tienen la capacidad suficiente para saber qué es lo que tenían que manipular. Con pruebas científicas se nos dirá por ejemplo qué tanto tiempo tardó un papel en quemarse, cuánto tiempo pasó desde que inició el incendio… Todo saldrá en el peritaje”.

Ya no puede haber mayor violencia.

¿En algún momento han pensado en emprender acciones violentas?

“Como éste fue un caso de violencia extrema, ya no puede haber mayor violencia. Cualquier acto que se realice no se puede equiparar a lo que ocurrió porque no cumpliría con el rango que ya se estableció de qué es violencia. Para que sea malo hay que rebasar al más malo, y cualquier cosa que se hiciera sería algo sublime en comparación con la violencia que significa la muerte de los 49 niños”.


jueves, 21 de enero de 2010

Caso ABC: la antidemocracia de la justicia

"No se lo deseo a nadie, es algo terrible, no hay razón para estar bien”: Luis Carlos Santos

Porque es inevitable y necesario, el lenguaje, y en particular el discurso escrito, apresa, circunscribe la realidad; más que obvia, esa mediatización originaria da lugar a otras cuyo discernimiento es más complejo, como las implicadas por principio en los medios de comunicación.

Una tragedia como el incendio de la guardería ABC se convierte en noticia, y al paso de los días, semanas, meses, mediatizaciones de por medio, lo trascendente del acontecimiento se va diluyendo o desapareciendo, y circunstancias ajenas a lo esencial marcan la agenda noticiosa. Hasta antes de la huelga de hambre y ayunos (24 de diciembre de 2009 al 10 de enero de 2010) de padres de niños fallecidos en el siniestro, la mayoría de los medios “ya nada más hablaban cuando era día 5 o cuando venían funcionarios de organismos como la Suprema Corte de Justicia; ya tenían una agenda, ya estaban agendados en cuanto a cuándo iban a hablar del caso”, dice Luis Carlos Santos, papá de uno de los pequeños. La difusión, pues, había caído en la monotonía de la rutina. Prácticamente no había, o había muy poco lenguaje público que se ocupara de apresar, de convertir en sustancia escrita esa realidad. Esta entrevista y otra más que se publicará pronto, quieren contribuir a evitar el olvido, y para ello está la palabra.

A partir de la manifestación frente al palacio de gobierno en Hermosillo, algunos medios de comunicación estatales y nacionales redirigieron su interés hacia los directamente afectados por el suceso: “Ahora todos los días vienen, quiere decir que sí impactó, incluso a nivel nacional. Lo que se le ocurrió a Manuel Rodríguez [quien por decisión personal inició la huelga de hambre que continuó por más de una semana] logró una respuesta positiva de la sociedad, mis respetos para él; yo, con las 22 horas que tengo aquí, más me sorprendo de él, si para mí un día es difícil…, porque no es nada más el hambre, es el estrés, es la tristeza que traes, se te juntan todos los malos y buenos sentimientos y todo esto sumado al hambre…, recuerdas todo y no nada más piensas en ti”.

A diferencia de otras protestas, el motivo que ha impulsado a los padres a manifestarse (marchas, plantones, entrevistas con funcionarios) es el dolor más profundo e intenso que, según lo dicta un consenso social tácito, puede experimentar un ser humano: la pérdida de un hijo. Esa coincidencia general radicada en el ámbito de lo elementalmente humano, suscita, en general, una empatía y solidaridad espontáneas en los hombres y mujeres comunes, aunque no precisamente en los gobiernos y sus avaladores o cómplices, pues pareciera que el formar parte de la autoridad, el tener poder (o amigos o parientes con poder), los despoja de esa parte de la sensibilidad y del sentido de justicia gracias a la cual, contrariamente, un movimiento ciudadano puede lograr sus propósitos.

No es “el incendio”, ni siquiera el desnudo sustantivo “tragedia” lo que nos puede acercar a la realidad del caso: es el sentir, la subjetividad de los miembros concretos de 49 familias, y de casi el doble de familias más con hijos que padecerán secuelas toda su vida. Dado que la catástrofe (no el incendio y sus orígenes, que ése es otro tema no menos escabroso, sino la muerte infantil masiva) fue provocada por la violación de la ley, el tráfico de influencias, el contubernio, la negligencia, la irresponsabilidad, el desprecio por los menos favorecidos económica y socialmente, prácticas que, entre otras de no menos nefastas repercusiones, están presentes en la mayoría de las instituciones que “organizan” la vida social en México, bien podríamos haber sido o podremos ser, cualquiera de nosotros, las víctimas. De modo que, mínimamente, se esperaría que los acontecimientos generaran respuestas solidarias de parte de la población.

Luis Carlos Santos es miembro de una de las familias que desde el 5 de junio vive en duelo. Con una vida difícil desde que nació, cuando era niño presenció los fallecimientos de tres pequeños hermanos, lo que le hace comprender mejor el trance por el que están atravesando sus hijas de 6 y 8 años, y le ha otorgado el tacto y la prudencia para actuar con ellas de manera que el dolor y la incomprensión por lo ocurrido les sea menos difícil de sobrellevar.

Como parte de los incidentes de la vida cotidiana a los que tendrían que enfrentarse las familias los días posteriores a lo ocurrido, sólo 10 días después Luis Carlos y su esposa decidieron cumplir con el plan de hacerles la fiesta de cumpleaños a sus hijas, programada desde hacía mucho tiempo:

“La fiesta estaba programada con mucha anticipación para el 15 de junio; a las niñas no les podíamos decir que no, lo pensamos mucho, lo meditamos mucho y decidimos hacerla ese día. Fue como todas sus fiestas, nosotros siempre se las hemos organizado como ellas piden, ellas se ponen de acuerdo, desde que tienen uso de razón ponen sus condiciones. Decidimos hacer la fiesta ante toda la adversidad, pero sin música… Ésa y otras acciones que hemos tomado, como haber puesto el árbol de Navidad, el haber compartido con ellas lo que ellas han querido, ha servido para que sea menos difícil la situación”.

Luis y su esposa son padres trabajadores, sus hijas van a la primaria y su pequeño hijo iba a la guardería ABC. Ella es pediatra y él ingeniero industrial, profesor en el sistema CONALEP y en el Instituto Tecnológico de Hermosillo. Días después de la tragedia iniciaron las vacaciones de verano, unas vacaciones, para él, “escuetas, vacías”. Cuando reiniciaron las actividades escolares se encerró en el trabajo: “A lo mejor fue una de las razones por las que al principio no me sumé al movimiento, así, de lleno. Emocionalmente no tenía humor de salir a las calles, sin embargo, a las reuniones de magistrados, a las de Derechos Humanos, a donde me llamaron ahí estuve”.

Cada padre, cada familia, vivió de manera distinta la tragedia: “Hay de todo, hubo de todo, son decenas de casos diferentes, en mi caso tengo a mis dos niñas y a mi esposa, pero hay compañeras como Patricia Duarte [mamá víctima y además vocera actualmente del movimiento] que me dice: ‘Yo me quedé sola’, y me duele, y te unes. Igual, en los trabajos de cada quién hubo de todo, hubo patrones de la IP que fueron muy espléndidos, otros que corrieron a los papás afectados... En mi caso yo tuve el apoyo de las autoridades de mi trabajo, de mis compañeros”.

Son muchos casos distintos, sí, pero en lo que coincide la mayoría es en el reclamo de justicia y en el coraje, la impotencia y la desesperación por no poder conseguir su objetivo.

¿Por qué estás aquí, Luis Carlos, participando en esta manifestación?

“En primer lugar porque hasta esta fecha no hay nadie en la cárcel. En segundo, para contribuir a romper con ese esquema de lo que se dice de las cárceles, que las cárceles son nada más para los pobres, no para los ricos ni para los políticos. Si alguien se roba un pan en un súper, cualquier cosita, lo que te guste, y se dan cuenta, lo detienen, lo turnan, lo consignan y lo mandan al Cereso. Si una persona comete un delito de ese tipo, muy probablemente lo hace porque carece de recursos y tiene hambre. Recursos, de seguro, no tiene, ¿tendrá para salir de la cárcel?, no, ¿para pagar una sanción?, no. Se queda ahí, si no le dan el perdón ahí se queda. ¿Por qué tiene que ser así?

“En este caso de la guardería hay responsabilidades mucho mayores que éstas de las que estoy hablando. Los delincuentes de cuello blanco, los que conocen las leyes y en ello se basan para delinquir y para evadir a la justicia... ¿Hasta cuándo? Nunca imaginé estar en esta trinchera discutiendo estas cosas.

“Suponiendo que esto hubiera pasado en las clases altas, ahí no hay problema, se arregla, no quiero pensarlo así pero en esos casos los problemas se solucionan de otra forma. Seguramente hubiera habido una solución inmediata, porque conociendo cómo es el país, cómo es México, a sabiendas de cómo está distribuida la riqueza, es obvio que la justicia se aplica de una forma arriba y de otra abajo, siempre ha sido así”.

¿Cómo has vivido tu duelo? ¿Te ofrecieron ayuda psicológica?

“Sí, el Seguro Social, los grupos de ayuda, el movimiento…, sí, me tocó ir a terapias pero sinceramente me parecieron aburridas; vaya, yo soy a la antigua, en mi caso no es por ahí, no es por la religión ni con métodos terapéuticos. Acercarme a mi mamá es lo que me ayuda más, es lo que me inspira tranquilidad, paz, porque ella ha sufrido más que yo con la pérdida de sus tres hijos. Estoy con ella y me identifico, me identifico con ella y eso me ayuda”.

Sobre el duelo compartido con su esposa, comenta: “Yo creo que nos hemos entendido muy bien, cada quién a su manera, yo a ella la comprendo, es pediatra y ha hecho muy bien su trabajo, de repente pasa esto…, seguramente ella ha salvado vidas y el haberle pasado esto…, es doblemente triste”.

¿Qué esperas, Luis Carlos?

“Que se cumpla la ley. Es la forma de que no se vuelva a repetir algo así, que se cumpla la ley. Si eso no se logra aquí en Sonora, tenlo por seguro que se va a repetir en Oaxaca, en el DF, en Nuevo León, en cualquier parte. ¿Que si hay gente que debe estar en la cárcel? ¡Claro!”.

¿Cómo has sentido el apoyo de la sociedad en este punto?

“¿Que si la sociedad nos apoya? Claro que nos apoya, lo sentimos, lo hemos vivido. Por cierto no he visto encuestas sobre si deben o no estar en la cárcel los responsables. Los medios de comunicación, que a veces utilizan las encuestas con otros objetivos, no han sido tajantes en preguntar a la ciudadanía si debe estar en la cárcel fulano y mangano, ¿sí o no?, ¡pregúntenlo!, yo creo que la respuesta ahí estaría, ¡pregunten directamente a la sociedad! Me tocó ver una encuesta sobre la declaración de un funcionario, ¡sobre eso preguntan!, ¿está bien lo que dijo fulano o mangano? Con un tinte político y no con el objetivo de llegar realmente a lo que queremos, saber qué opina la sociedad.

“Si hay quienes tienen dudas sobre si el pueblo sonorense o hermosillense es apático a las exigencias de nosotros, que se haga una encuesta, yo te puedo decir que todas las personas que vienen aquí se compadecen, nos dan su apoyo, nos dicen que están con nosotros, ése es el sentir de la gente… yo no me atrevería a decir que la gente es apática”.

¿Crees que las instituciones respondan?

“Una vez a un político muy conocido en México lo criticaron mucho cuando dijo ‘al diablo con las instituciones’, ¿entonces por qué las fiscalías especiales?, ¿por qué no los jueces?, ¿por qué las personas que están investidas para aplicar la justicia no lo hacen? ¡Entonces háganlo!, si les dolió mucho lo que dijo el político tabasqueño, ¡manos a la obra, instituciones a sus funciones! Si no, yo no sé por qué estamos aquí, si las instituciones sí funcionan... ¿Tú te explicas por qué hay tanto alboroto ahorita aquí enfrente del palacio? ¿Por qué? ¡Reivindíquense, hagan valer su autoridad!”.

Expresa, por último: “No se lo deseo a nadie, es algo terrible, no hay razón para estar bien. A mí el tiempo es lo que me va a ir restableciendo, pero en cuestión de justicia no creo. En cuestión de justicia es otra cosa…”.

martes, 22 de diciembre de 2009

Las exenciones religiosas VIP o de cómo “gaviotear” una bendición nupcial

El numeral 1055 del derecho canónico define el matrimonio como un “consorcio de toda la vida”, y el 1056 considera la indisolubilidad como propiedad esencial de esa unión. Según el canon 1141, “El matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte”. El matrimonio es rato si es sacramental, es decir, si se ha efectuado entre personas bautizadas, y ha sido consumado “si los cónyuges han realizado de modo humano el acto conyugal apto de por sí para engendrar la prole” (canon 1061).

La Iglesia no anula matrimonios consumados, es decir, no atiende, como en el caso de la ley civil, causas posibles de disolución del vínculo matrimonial una vez que dicho vínculo ha cumplido de origen con las condiciones de validez, pero tiene la facultad de declarar la nulidad de un matrimonio si en el preciso momento de la unión hubo circunstancias que lo hicieron improcedente o inválido. Es decir, la duda que interesa despejar es si los cónyuges verdaderamente se han casado, o si su matrimonio fue nulo de origen, independientemente de lo que haya ocurrido en el transcurso de la vida matrimonial. El juez eclesiástico establecerá si verdaderamente se celebró el matrimonio, o si se interpuso alguna dificultad por la que el consentimiento emitido no fue válido.

El tribunal, por tanto, sólo puede dar dos respuestas: sentencia pro nullitate o pro validitate: el matrimonio fue nulo o válido.

Las principales causas de declaración de nulidad matrimonial se agrupan en tres ejes:

1.- Los impedimentos matrimoniales o inhabilidades para ser contrayente legítimo, como estar ya casado con otra persona o que la pareja tenga una relación de parentesco próxima, entre otras.

2.- Los defectos del consentimiento matrimonial. El consentimiento matrimonial presupone la capacidad y madurez mental de los cónyuges para asumir la responsabilidad de la unión, la cual no ha de haber sido propiciada por violencia, engaño, simulación o condicionamiento. El acto no puede ser declarado libre, pleno y responsable si el participante: a) Carece de suficiente uso de razón; b) Tiene un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio; c) No puede asumir las obligaciones del vínculo por causas de naturaleza psíquica.

3.- El tercer eje es la forma de celebración del matrimonio: los contrayentes han de ser católicos y haber celebrado el acto ante una persona designada por el derecho canónico, como el párroco, sacerdote o diácono delegado, y ante dos testigos.

Cuando alguna de las condiciones de estos tres ejes no se cumple el matrimonio puede declararse nulo “en un proceso judicial mediante pruebas fiables que lleven al tribunal eclesiástico a una certeza moral de su invalidez, expresada en la correspondiente sentencia de nulidad”. (Para toda esta información, remito a la página electrónica http://www.iuscanonicum.org).

Sirva la extensa y engorrosa explicación anterior para dar cuenta de las complicaciones que supone lograr una sentencia de nulidad matrimonial, la cual faculta al postulante para contraer nuevamente un matrimonio religioso. Para mucha gente, aun cuando tenga intenciones de casarse de nuevo después de un divorcio (civil), este proceso no es fundamental en la medida en que un segundo matrimonio por la iglesia no le es significativo. Al contrario, algunas personas son capaces de falsear datos para lograr el propósito. Tal es el caso de alguien que alega que su cónyuge padecía de “insanidad mental” al momento de contraer matrimonio, cuando, contradictoriamente, fue capaz de convivir con esa pareja durante, digamos, más de 15 años, en cuyo transcurso procrearon hijos y llevaron una vida más o menos estándar.

Viéndolo desde un punto de vista en cierta medida contrario, las causas de nulidad matrimonial no dejan de prestarse a la manipulación ni de contener vicios burocráticos como los de cualquier otra institución: si se cuenta con los “apoyos” necesarios, no debe ser tan difícil tergiversar documentos o situaciones de origen para lograr el propósito final. Además, es curioso que detalles meramente técnicos, como algunos de los mencionados más arriba, puedan ser causa suficiente para anular años o décadas de vida en común de un matrimonio que se comportó como “religioso” durante todo ese tiempo.

No hay que olvidar que la búsqueda de la nulidad matrimonial, sobre todo cuando existe la intención de unirse de nuevo con otra persona, o ya se ha establecido ese vínculo por la vía civil, obedece a la negativa de vivir en “pecado”, pues ése es el estatus que la Iglesia impone a quienes optan por esa decisión: volver a casarse por la vía civil después de un matrimonio religioso, equivale al pecado de adulterio, por lo que la persona en cuestión no puede comulgar ni confesarse. La iglesia reclama ese “pecado” en diversos ámbitos, no sólo en lo que compete a los sacramentos. Véase el caso de una madre de familia divorciada y casada de nuevo que pretendió, por razones ajenas a lo religioso, inscribir a su hijo en una escuela católica pero su solicitud fue rechazada por estar viviendo “en pecado”, según las palabras literales del funcionario de la orden que la atendió. Evidentemente en dichas escuelas no realizan exámenes de honradez y moralidad a la comunidad de padres, compuesta en gran medida por empresarios y políticos de renombre, ya que para la institución educativa es suficiente el dato técnico de que “no viven en pecado”.

Por lo regular son los católicos VIP, grandes empresarios, conocidos políticos, actores, actrices, gente con poder, quienes pueden solventar los largos y onerosos trámites que el procedimiento de declaración de nulidad implica; además, esos personajes suelen contar con la amistad de altos jerarcas de la iglesia, quienes les funcionan como asesores e intermediarios (la gente famosa y con rating puede coadyuvar a contener y cohesionar el redil). Esto nos lleva al eterno tema de los privilegios que otorga la institución religiosa según las clases sociales, lo que implica la no igualdad de los fieles ante ella, la antidemocracia clerical, la discriminación (léanse arzobispos y obispos que casan y bautizan solamente a miembros de las clases pudientes, fanáticos de las páginas de sociales, etcétera).

Pongamos por caso las declaraciones de nulidad matrimonial otorgadas a los sendos primeros matrimonios de Vicente Fox y Marta Sahagún, quienes gozan nuevamente de una cándida unión religiosa. No es una casualidad que los dos consiguieran el fallo a favor por parte de la justicia eclesiástica, incluido el receso obligado del ex presidente para que lo declararan psicológicamente apto para dar el añorado paso. Por cierto, según el obispo de San Cristóbal de las Casas, Felipe Arizmendi Esquivel, la “Santa Sede declaró nulo el matrimonio religioso del ex presidente (…) porque se comprobó, después de estudios especializados, que tenía graves trastornos de personalidad en el momento de haberse realizado la ceremonia” (http://www.exonline.com.mx/diario/noticia/primera/pulsonacional/experto_cuestiona_alarde_de_fox_por_segunda_boda/456214). ¡O sea que los ciudadanos no estábamos tan mal en nuestras apreciaciones: Fox sí estaba mal de la cabeza! ¿O se tratará de un trastorno especial que afecta a la persona, luego la abandona (cuando tiene el cargo de presidente, por ejemplo), después la vuelva a afectar, y así sucesivamente?

Y por supuesto, el reciente caso de quien se siente ya candidato presidencial, si no es que presidente de México, Enrique Peña Nieto (o “golden boy”), al montar tan burdamente, para congraciarse con la tendencia antilaicista que se promueve con empecinamiento en el país, la escena del anuncio de su boda frente al mismísimo Papa para conseguir su bendición (¡que todo México y el mundo se entere a través de las cámaras de Televisa enviadas ex profeso!), y también con el fin de abonar argumentos para la declaración de nulidad del primer matrimonio de su futura esposa, la actriz Angélica Rivera (la Gaviota). Después de esa bendición, ¿quién de la iglesia se atreverá a interponer obstáculos para que la ex esposa de conocido productor de aquella misma televisora quede libre para casarse de nuevo por la ley de Dios, y como Dios manda?

Habrase visto mayor ridículo, mayor desacierto, mayor alarde anticonstitucional en un país que no encuentra salida para su recuperación, en buena parte por ignorar o darle la espalda a las enseñanzas de la historia.

Durante la breve entrevista y posterior rueda de prensa el susodicho reiteró, como para continuar cosechando votos del ala conservadora y azul a la que parece estar apostándole todo, que existe una “espléndida relación con los obispos de su entidad”, alardeando soberana indiferencia a los principios del laicismo.

¿Qué pensarán de todo esto algunos compañeros de partido del gobernador del Estado de México, integrantes, junto con miembros de otros partidos y destacados académicos e intelectuales, del recién creado frente “Ciudadanos en defensa del Estado laico”, cuyo fin es preservar la separación entre el Estado y la Iglesia y oponerse a las “acciones que buscan instaurar un régimen confesional en el país”?

Por lo pronto su desplante, inmaduro, alocado, irracional, grotesco, irrisorio, propio de un imberbe aprendiz de actorcillo cilindreado por Televisa, no insulta la inteligencia del espectador. Su condición de político premoderno, anacrónico, trasnochado, es demasiado obvia.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Las nuevas brujas de Veracruz


La atribución, sin diagnósticos claros y precisos, de enfermedades mentales y facultades sobrenaturales nada inocuas como la brujería, a las mujeres, es una práctica antigua.
En la Europa de la Edad Media y más fuertemente en los siglos XVI y XVII, tuvieron lugar las célebres y atroces cacerías de brujas. El sustantivo femenino corresponde precisamente al hecho de que las perseguidas eran sobre todo mujeres que mostraban comportamientos distintos a los esquemas permitidos o tolerados: por ejemplo rebeldía o “mal carácter”.
Muchas mujeres, en realidad melancólicas o histéricas, fueron consideradas brujas. Para que la conversión de una a otra figura pudiera ser consistente, tuviera una lógica, existían recursos basados en la medicina de la época. Así, uno de los tantos intentos de explicación del humor negro o melancolía tenía que ver con la acción del demonio: éste se aprovechaba de la bilis negra para provocar males en las personas. Según algunos médicos, el diablo inducía con mayor facilidad a las mujeres pues el sexo femenino “es inconstante en razón de su complexión, de creencias ligeras, malicioso, impaciente, melancólico por ser incapaz de dirigir sus afecciones: y principalmente las viejas débiles, estúpidas y de espíritu vacilante” (citado por Roger Bartra en Cultura y Melancolía).
En 1610 ocurrió la última ejecución de brujas en Holanda; en 1684, en Inglaterra; 1745, en Francia; 1775, en Alemania, y 1782 en Suiza. Pero vendrían otro tipo de cacerías cuyas presas serían también las mujeres.
En el siglo XIX, en un pabellón del famoso hospital de la Salpêtrière de París, se encontraban hospitalizadas, en una mezcla nada favorable, pacientes “alienadas”, “histéricas” y epilépticas, es decir, las que padecían trastornos psicológicos o psiquiátricos convivían con enfermas que soportaban síntomas mucho más severos, violentos y traumáticos, o por lo menos más estrepitosos (El teatro de las histéricas. Y de cómo Charcot descubrió, entre otras cosas, que también había histéricos, Héctor Pérez Rincón). Las consideradas alienadas e histéricas eran enviadas ahí por sus familiares con argumento tan vagos como que presentaban “constantes crisis nerviosas” y comportamientos “caprichosos e impredecibles”. En realidad se trataba, nuevamente, de conductas no consideradas positivas ni deseables en el sexo femenino, tales como inusitados afanes de independencia, carácter fuerte que pretendía imponerse, crítica o rechazo de las normas morales prevalecientes, comportamiento sexual reprobable en una mujer, etcétera.
En 1835, el médico y antropólogo James Cowles Pritchard, acuñó el concepto de insania moral para designar estados de propensión a la melancolía y la pena, que luego daban lugar a “períodos de condición opuesta de excitación preternatural” (lo que después se conocería como enfermedad maniacodepresiva)”. En ese “desarreglo moral”, las personas mostraban expresiones inusuales de “sentimientos fuertes”, principios de conducta “pervertidos” y eran incapaces de comportarse con decencia y propiedad. Para ilustrar el caso, Pritchard pone el ejemplo de “una mujer modesta y discreta (que) se transforma en violenta y abrupta en sus maneras, locuaz, impetuosa y gritona”.
De ahí en adelante, en el membrete “insania moral” quedarían comprendidas las mujeres cuyo comportamiento no es el que la sociedad tradicional espera. Argumentos absurdos para sustentar supuestos diagnósticos de locura o insania moral, abundaban. He aquí algunas expresiones que podrían considerarse típicas: (de un médico a su paciente) “Su delirio es total, y lo más peligroso e incurable es que usted habla como una persona en plena posesión de su raciocinio”, “usted padece de ‘orgullo incurable’”; (de un doctor a los padres de una chica destinada al manicomio) “Quiere demasiado, tiene demasiadas ideas, es demasiado independiente. No sabe lo que es mejor para ella. No sabe qué es una conducta adecuada. Es moralmente insana”.
Los propios padres, quienes con engaños trasladaban a sus hijas a las clínicas, se mostraban intolerantes y escandalizados ante conductas y actitudes “fuera de lo normal”, al grado de estar completamente seguros de que lo mejor era aislarlas, muchas veces para toda la vida. Así, una madre le dice al médico que su hija “lee novelas de Zola, tiene un affair con su tutor y desea ganarse la vida como profesora de piano”; además rechaza la religión y dista mucho de tener fe en la autoridad, lo cual la convertía en una candidata ideal para el hospital de salud mental (Juicio a la psicoterapia, Jeffrey Masson Mouffaieff).
Todo esto ocurrió en países como Francia, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos durante el siglo XIX y buena parte del XX.
Ahora en México, el 17 de noviembre de este año, una diputada del Congreso del Estado de Veracruz, avalada por las bancadas mayoritarias del PRI y el PAN, presentó la iniciativa de sustituir, para el delito de aborto, “la pena privativa de libertad por un tratamiento médico integral y multa”. Se trata de una reforma al Artículo 150 del Código Penal del Estado, infructuosamente desaprobada por el PRD, PT y Convergencia (treinta y siete votos a favor, seis en contra y cero abstenciones), que quedó así: “A la mujer que se provoque o consienta que se le practique un aborto se le impondrá un tratamiento en libertad consistente en la aplicación de medidas educativas y de salud y multa de setenta y cinco días de salario mínimo”.
Es decir, en ese estado, quien aborte ya no irá a la cárcel (mientras no reincida), sino que recibirá tratamiento médico, de lo que se infiere que las mujeres que abortan están... enfermas, necesitan rehabilitación.
Esta propuesta pone en evidencia la fabricación despiadada de una nueva satanización de las mujeres que practican el aborto: ¿Enfermas? ¿Brujas?
Según la aclaración de un diputado promotor del texto de reforma, las medidas que se aplicarán en ese tratamiento integral son “laborales, educativas, de salud o de cualquier índole…”: un tratamiento “con las medidas educativas de salud” (sic).
La intención nada inocente de la iniciativa se comprueba al leer la versión estenográfica de la sesión, durante la cual la diputada Dalia Edith Pérez Castañeda, única priista que votó en contra de la reforma, solicitó tiempo para revisar con cuidado el texto antes de la votación, pues no se habían entregado copias a los miembros del congreso, es decir, ¡no lo conocían!, pero el presidente en turno se negó, arguyendo lo siguiente: “Finalmente, el resultado de la votación le va a permitir a usted o a cualquier diputado hacer el debate sobre el tema”. Es decir, se pretendía que la discusión se diera después de que el texto fuera votado, y así ocurrió: la propuesta fue aprobada por el PRI y el PAN y después se procedió a la discusión.
Todavía más: inicialmente la Junta de Coordinación Política había acordado que ese punto no se incluyera en el orden del día de la sesión del 17 de noviembre, pero en ausencia de la diputada del PRD, Margarita Guillaumín Ramírez, quien después denunciaría el hecho ante el pleno, el resto de los diputados decidió que sí se incluyera, pero una vez que ya había concluido la sesión de la Junta, por lo que esa modificación era formalmente improcedente.
Con trampas, pues, la iniciativa logró colarse y los ganones fueron, en contubernio como muchas otras veces y cada vez con mayor frecuencia, el PRI y el PAN.
La diputada Guillaumín criticó el “benévolo concepto de que (las mujeres que abortan) están enfermas, están perturbadas, están locas, son ignorantes”, cuando lo que necesitan es “vivir en un Estado de derecho, en un Estado laico, en un Estado que respete la libertad, la vida, la dignidad y las diferencias religiosas, ideológicas y filosóficas…”. Pero sus palabras fueron terminantemente ignoradas.
Bienvenidos, pues, a la cacería de brujas neomedieval en plena era posmoderna.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Perdón por el pesimismo:
Si la muerte de 49 niños sigue impune, no tenemos remedio como sociedad


Perdón por la tristeza, dice Joaquín Sabina en una fina paráfrasis al “Perdonen la tristeza” de César Vallejo. Para completar el cuadro que nos toca interpretar habría que agregar: “Perdón por el pesimismo”. Pesimismo, precisamente, por estar advirtiendo la tristeza, por ésa que comienza a abundar, a penetrar en los individuos, a permear los ambientes. La tristeza producto de la decepción, la incredulidad, el escepticismo, la impotencia. La que se respira en los espacios de la pobreza, el desamparo, la desigualdad, la injusticia; en los hoyos negros de la impunidad.
La tristeza resultado del cansancio acumulado de decenas de años de relativa esperanza que llevamos a cuestas los que compartimos el transcurrir de parte del siglo pasado y de éste que, parece, no cumplirá su sino.
Si la esperanza muere al último, pareciera que la carrera está por terminar.
Cuando hablamos de política en este país, las verdades de Perogrullo se convierten en una necesidad. Decir “políticos corruptos, insensibles e irresponsables” es en realidad una perogrullada, porque cumple con las condiciones de clara evidencia y obviedad que caracterizan a esas verdades. Pero seguimos repitiéndolas porque, tras la falta de reacciones adecuadas, positivas e inteligentes de parte de los gobiernos y los políticos frente a la decadencia en picada que soportamos, no nos queda más recurso que la palabra, ya sea a través de la escritura o de los gritos descarnados de quienes piden justicia en mítines, marchas, plantones, huelgas de hambre, y desde sus propios hogares –o devastados espacios en donde estuvieron fincados sus hogares, si hogares se les pudo llamar– los humillados y ofendidos, los olvidados, cuando, por ejemplo, las fuerzas de la naturaleza arrasan con su paupérrimo patrimonio de un minuto a otro.
Pese a las demostraciones constantes de que las circunstancias cambian pero para empeorar, nuestra capacidad de asombro se mantiene: a pesar de todo seguimos creyendo, o nos esforzamos en seguir creyendo, no nos resignamos, pero esa fuerza impulsora natural hacia la confianza y el optimismo se ve traicionada una y otra vez, y el asombro negativo prevalece para dar lugar al pesimismo, la tristeza.
Sin embargo, la capacidad de creer no puede ser eterna. Habrá que sustituirla por nuevas acciones que ya se están urdiendo en muchos rincones de México.
En autocrítica –la cual esperemos dé lugar a muchas de esas acciones contundentes de rebeldía productiva, constructiva–, estamos alejados de las desgracias ajenas, desvinculados, desconectados unos de otros; no existen instancias, estructuras viables y efectivas de conexión, de comunicación y por lo tanto de solidaridad. La sociedad mediatizada es, como nunca, el fenómeno que nos tiene en estado de sitio social. Para muchos el mundo es lo que las grandes televisoras deciden difundir. Y punto.
Sabemos muy poco. No sabemos nada.
Entran y salen, llegan y se van generaciones de políticos y nos siguen traicionando. Se ha llegado al extremo de que si queremos saber qué es lo que los gobernantes no harán durante sus gestiones, sólo hay que escuchar atentamente sus promesas de campaña: “todo lo que digan será al revés”, como dice el dicho juguetón. Estamos situados no ya en el doble discurso, sino en el discurso al revés. Tal es el caso de mayor impunidad de los últimos tiempos: el de la guardería ABC y las promesas de justicia de Guillermo Padrés cuando era candidato a gobernador. Un elemento más para el asombro, y para el pesimismo y la tristeza.
Al igual que hace casi seis meses no conocemos a detalle y profundidad el estado de los familiares de los niños fallecidos en el incendio, ni el de los pequeños cuya salud se vio gravemente afectada, en algunos casos para toda la vida, a consecuencia del siniestro. No se ha molestado el nuevo gobierno en hacer el diagnóstico global de la tragedia, y tampoco, claro, se ha aplicado la ley; mucho menos se ha hecho justicia.
Si hay alguna razón legal o justificación jurídica avaladora de que las pompis antes tan pronunciadas de Alejandra Guzmán y hace unos días bastante enfermitas (perdón por el ejemplo tan difundido, pero es muy bueno), generen de manera casi inmediata la acción de la ley, en contraste con la no aplicación de ésta en el caso de la muerte de 49 niños como resultado de la negligencia de los dueños de la guardería y funcionarios de los tres niveles de gobierno, la ley no sirve y este país no tiene remedio.
La impunidad en el caso ABC es un asunto de clases sociales, de contubernios, de complicidades delictivas, del miserable Estado de Desecho de este país del cinismo.
Perdón, pues, por el pesimismo, la tristeza...