sábado, 12 de junio de 2010

Las omisiones de San José

Tregua

Aún es larga la noche

y los enfermos se revuelven

sobre sus lechos.

Entre sus sueños piden tregua,

por cada tos, por cada pena

de estar ardidos en el frío;

un minuto es un año,

y lento se detiene el cuchillo del cielo

entre los pliegues de la herida.

Del libro A la salud de los enfermos

de Juan Domingo Argüelles

En La montaña mágica de Thomas Mann se lee: “La enfermedad es perfectamente humana, pues ser hombre es estar enfermo”. Humana, demasiada humana, la enfermedad es la medida de nuestra imperfección y a la vez de nuestra transitoriedad. Anticipo proclamado de la muerte, el que “el monstruo” (a la Foucault) despierte en nuestras entrañas significa morir un poco. Un recordatorio, una estremecida que nos hace tocar fondo, poner los pies en la tierra movediza, impredecible y amenazante que habitamos.

Mientras vivimos, vamos muriendo enfermándonos; mientras morimos, vivimos enfermándonos; mientras nos enfermamos, vamos viviendo hacia la muerte. El que esté libre de enfermedad que se dé entonces baños de pureza.

No, no es una visión fatalista-pesimista de la existencia, sino una reflexión contestataria: habría que entrenarnos, desde que comenzamos a interiorizar el mundo y hasta el “siempre” de cada quien, en ese tenor.

En esta carrera inevitable, los hospitales, al lado de la industria farmacológica y la entidad colectiva “médicos”, son instituciones normalizadores; se encargan de corregir la desviación de la norma salud. Su objetivo es “regresar” a los individuos a ella, o por lo menos aproximarlos.

Los nosocomios privados no escapan a la maquinaria burocrática capitalista. Es así por principio en tanto instituciones que venden, comercializan el acceso a la salud. Recientemente he podido comprobar in situ el peculiar mecanismo de estas clínicas debido a un internamiento de cinco días en el Hospital San José de Hermosillo, para una intervención quirúrgica. Si bien esa experiencia no es representativa de todos los hospitales privados, sí es un indicador importante.

Conozco también el funcionamiento de los hospitales públicos, de modo que tengo elementos para establecer comparaciones; pero no es ése el propósito ahora. Los privados son, ciertamente, oportunas alternativas, si bien nos va, con respecto a los operados por el Estado, plagados, en general, de deficiencias, mala operación e incluso inmiscuidos en la corrupción y otros vicios propios de los gobiernos que padecemos.

El enfermo, en especial el que está internado, se encuentra en un estado de vulnerabilidad; está frágil, expuesto: es un paciente. La contraparte de su obligada pasividad es la acción, la actividad, la diligencia del aparato hospitalario, al cual se le contrata para que subsane las contrariedades de salud. El paciente también es, entonces, un cliente al que se debe atender en correspondencia al pago de un servicio.

Para mis médicos, cardióloga y angiólogo, no tengo más que gratitud y reconocimiento a su calidad profesional, responsabilidad y buena disposición; en particular la oportuna detección y tratamiento de mi problema antes, durante y después de la operación de la doctora, y la pericia quirúrgica, cuidados y atención del período postoperatorio del médico que me intervino. El área de radiología de la clínica, a donde acudí dos veces, brinda un buen servicio gracias a los médicos que la atienden y al equipo de alta tecnología con que cuenta.

Pero la deficiencia se presentó en otras áreas.

“Cada quien habla como le va en la feria”, o más pomposamente como se dice en España, “cada cual cuenta la fiesta según le va”. Es indudable que hay pacientes que han tenido una experiencia satisfactoria en ese nosocomio (vocablo que en el griego original significa “establecimiento destinado al cuidado de enfermos”, mientras que “cuidado”, según el DRAE, significa “solicitud y atención para hacer bien algo”, requisito mínimo con el que debe cumplir un hospital).

Pues bien, a las molestias, riesgos e incertidumbres naturales propias de un estado delicado, se sumaron los siguientes errores y omisiones, que se traducen en descuido e insensibilidad ante la vulnerabilidad del enfermo. Al lector quizás le parezca que la autora peca de puntillosa y concienzuda en sus señalamientos y descripciones, pero en una situación de indefensión cualquier contrariedad, por mínima que sea, provocada por aquellos de quienes uno depende, incide no sólo en el padecimiento en sí, sino en la esfera sensible de las emociones. Éstas se suman a lo ya de por sí difícil de la situación.

a) Mis familiares no fueron notificados cuando salí de la operación, de tal forma que durante un largo rato continuaron pensando que aún me encontraba en el quirófano y por consiguiente siguieron preocupados y sin saber absolutamente nada de mi estado;

b) Después me enteré de que les dieron información errada al asegurarles, cuando ya había salido de la sala de operaciones, que todavía me encontraba en ella pues la intervención “se había demorado una hora y media”, cuando en realidad el retraso fue de 15 o 20 minutos (¿de dónde sacarían ese dato falso?);

c) Una fracción de esos minutos de demora se debieron a que al llegar al área de quirófanos no había camilleros listos para trasladarme a un cubículo de espera. La enfermera, molesta, tuvo que lanzar un grito para que acudieran;

d) Cuando desperté de la anestesia en la sala de terapia intensiva no había nadie a mi alrededor. Tuve que gritar para que acudieran a mi cubículo o apartado;

e) Me enteré entonces de que mis familiares no estaban enterados de que ya había salido de la operación y me encontraba en la sala de terapia intensiva. Como excusa, me dijeron que “no había nadie en la habitación” (la que me habían asignado desde antes de la intervención y hasta mi salida de la clínica), cuando en realidad mis familiares y amigos íntimos se encontraban ahí;

f) No conseguía por ningún medio comunicarme con ellos. ¿Estaría descompuesto el sistema de magnavoces con el que todo hospital debe contar? Inmersa todavía en las molestias de la anestesia pedí (el colmo) que llamaran a un celular. Cuando la enfermera me dijo que “en esa sala estaba prohibido” su uso”, le dije: “Pues sálgase al pasillo, elemental, ¿no?”. Finalmente accedió;

g) Al constatar lo difícil que era que me atendieran cuando necesitaba algo, solicité la especie de micrófono con el que, en los cuartos habituales (que no son de terapia intensiva), el enfermo puede comunicarse con al módulo de enfermeras (recurso excelente), pero me contestaron que ese mecanismo no se utilizaba ahí porque “no era necesario”, ya que las enfermeras “estaban muy pendientes de los pacientes” pues ahí era ¡terapia intensiva! En mi caso no fue así: siempre tuve que gritar o pescar el paso de algún humano que se trasladara por enfrente de mi puerta (algo remoto pues me encontraba en el último cuarto de la sala) para conseguir que acudieran;

h) Gritar, para un paciente recién operado, es peligroso; se encuentra en riesgo de que le sobrevengan complicaciones, de ahí mi traslado al área de terapia intensiva. En las 14 o 15 horas que estuve ahí, no pude sensibilizar a las enfermeras de esa situación;

i) Mi cuarto o cubículo era literalmente un congelador. Pedí que subieran la temperatura o idearan algún otro recurso para aminorar el excesivo frío. “Ay sí, es cierto, éste es el cuarto más frío de terapia”, me dijo una enfermera, se dio la media vuelta y se retiró. Me dije y les dije: si la refrigeración en esta área es central y las necesidades de otros pacientes ameritan una temperatura baja, bien pueden cerrar las rejillas de lo que corresponde a mi espacio o, utilizando un recurso rudimentario, cubrirlas parcialmente con algún cartón, pero lo único que conseguí fue indiferencia (esa experiencia me hizo recordar otra literalmente contraria, cuando en el hospital del ISSSTE de Hermosillo un grupo de mujeres cuidadoras de sus padres prácticamente nos amotinamos en las oficinas administrativas –despacho del director incluido- para que apagaran el aire acondicionado de esa sección, pues no era justo que ahí gozaran del fresco de la refrigeración mientras los pacientes internados padecían el crudo calor del verano, ya que el sistema de aire artificial de esa área “se había descompuesto”). Debo agregar que parte de mi operación implicó la entrada de un catéter en los pulmones, y mi pobre intuición me decía que debía cuidarse la temperatura ambiental;

j) No sólo no resolvieron mi solicitud, sino que prácticamente me congelé cuando me dieron un “baño de esponja” en la cama. Ni aun ante la evidencia de la exposición desnuda de la paciente al aire helado, hubo iniciativa alguna para hacer algo con el aire acondicionado. Cuando menos pensé me estaban lavando la cabellera; después el resto del cuerpo. Los labios morados y el temblor por el frío no inmutaron a la enfermera;

k) A la mañana siguiente de la operación, el médico cirujano me dio de alta de terapia intensiva y autorizó y solicitó que me trasladaran a mi habitación. Pasaron horas y esa indicación no era acatada. Tuve que disgustarme y alzar la voz buscando que se acelerara el trámite. La excusa de la enfermera encargada fue que “había pacientes graves ahí” y que tenía que esperarme. En todos los hospitales, desgraciadamente, hay pacientes graves, pero tal circunstancia no es una justificación para desatender a los enfermos menos delicados. Exagerando un poco para ilustrar el despropósito, no se le puede pedir a una mujer a punto de dar a luz que detenga o desacelere su trabajo de parto alegando que en otro lugar del nosocomio hay internos graves. Cada enfermo-cliente debe ser atendido según sus necesidades. Cuando, molesta, expresé mi opinión, no pasaron cinco minutos para que los camilleros llegaran por mí. Al parecer, el grito y el disgusto son gestos que en la sala de terapia intensiva de ese hospital sí funcionan para conseguir lo adecuado y justo;

l) Por lo menos en lo que consta a mi experiencia, no existe en esa clínica la rutina de la visita colectiva formal (médico de guardia, jefa de enfermeras, enfermeras) a los pacientes cada cambio de turno, en la que se informa en voz alta sobre la enfermedad, la gravedad o no del caso, los medicamentos que se están suministrando, y se hacen las recomendaciones pertinentes para el debido cuidado del interno. Presencié únicamente visitas informales, nunca presididas por un médico ni con todo el personal responsable. Por ello, en varias ocasiones tuve que explicar tanto al médico de guardia (cuando lo llamé para disipar algunas dudas, porque nunca acudió por iniciativa propia) como a las enfermeras en turno, por qué estaba hospitalizada, de qué me habían operado, etcétera. Vamos, hasta mi nombre tuve que repetir varias veces, pues no se tomaban la molestia de acercarse al pequeño letrero en donde estaba escrito, de tal forma que me divertí jugando con las distintas opciones cada vez: Guadalupe, Beatriz, Lupita, Guadalupe Beatriz, Lupe…

m) En mi caso no se cumplió la regla imprescindible en todo nosocomio de preguntar al paciente diariamente, incluso varias veces al día, sobre sus actividades fisiológicas elementales, las que, si no son regulares, pueden obstruir o dificultar un adecuado restablecimiento;

n) Y el colmo. Al ingresar al hospital y antes de que me suministraran medicamentos, los doctores indicaron que se me tomara una muestra de sangre para practicarle un análisis especial que sólo se realiza en laboratorios foráneos, en este caso en la ciudad de México. Dicho estudio era muy importante pues arrojaría datos sobre las condiciones de mi sangre y quizás sobre las posibles causas de mi padecimiento. Cuando llegó el momento de recoger los resultados una semana después, se nos dijo que durante el traslado al DF “la sangre se había derramado”; en una palabra, la muestra se perdió. Dicen en el laboratorio de la clínica que, ¡previendo situaciones similares! (¿habrá aprobado el ISO correspondiente la empresa a la que subcontratan para esos traslados?), ellos guardan una dosis del granate líquido, el cual supuestamente se envió de nuevo a la ciudad de México para su análisis.

Es común que, como respuesta a las quejas que expreso frente a familiares y amigos, escuche frases del tipo “En todas partes es igual”, “Hasta en los mejores hospitales del mundo pasan cosas como ésas”, “Ni para qué te quejas, todo va a seguir igual”. Se trata de visiones que, multiplicadas en ámbitos diversos, han favorecido la constante falta de respeto a los derechos ciudadanos en todos los órdenes

Si quienes consideramos tener una visión no conformista sino crítica de la existencia, otorgáramos un peso específico al “mal de muchos” como consuelo, no denunciaríamos nada en este mundo en donde el principal enemigo del hombre es el hombre mismo.

PS. El Hospital San José de Hermosillo fue inaugurado durante el sexenio de Eduardo Bours. Le antecede el Hospital San José de Ciudad Obregón, inaugurado en 1992; el antecedente de éste es, a su vez, la Clínica San José de esa misma ciudad. En la página de internet del hospital, www.grupomedicosanjose.com.mx, que, por cierto, no cuenta con directorio, se anuncia que próximamente se abrirá el Hospital San José de Nogales. Se trata, pues, de una cadena o franquicia sonorense, cuyos accionistas son constructores, empresarios y un grupo de médicos.

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