viernes, 25 de septiembre de 2009

Los mentirosos patológicos

De vez en cuando di la verdad para que te crean cuando mientes.
Jules Renard


Todos mentimos. La mentira forma parte de la vida…, y de la vida de todo ser humano. Nietzsche, incluso, elevó la mentira a sostén existencial al asegurar que necesitamos de ella para poder sobrevivir.
Hay desde mentiras inofensivas hasta aquellas que revelan severas patologías; desde piadosas hasta verdaderamente insultantes. Las mentiras que ahora nos interesan son las que pronuncian los políticos, las cuales se inscriben en la categoría de patológicas e insultantes (por lo menos).
Varios analistas, periodistas y representantes populares han advertido su preocupación por ciertas actitudes y comportamientos enfermizos de los políticos mexicanos, en especial de los gobernantes. Hace unos días, el periodista Jaime Avilés dijo que “habría que convocar a un cónclave de expertos en temas de salud mental para intentar descubrir qué enfermedad lo obliga (al presidente Calderón) a mentir asidua, cotidiana y compulsivamente en todos los temas que aborda. Cada día se parece más a Richard Nixon”. Y en su participación en la glosa del tercer informe de gobierno, ante la presencia del Secretario de Gobernación Fernando Gómez Mont en San Lázaro, el diputado por el PT Gerardo Fernández Noroña, refiriéndose a Felipe Calderón, dijo: “Insiste en que van ganando la lucha contra el narcotráfico, insiste en que estamos en Calderolandia y que vivimos en la felicidad. El propio secretario del gobierno de facto acaba de decir que hay avances democráticos, cuando vivimos el peor retroceso democrático que hay en la vida del país”.
Existe un trastorno mental –ya en desuso para algunas corrientes de la psiquiatría, por lo menos con ese membrete– denominado “pseudología fantástica”. A quienes lo padecen se les llama “mentirosos patológicos”. Según algunos especialistas, la pseudología fantástica constituye “la forma más extrema del engaño patológico”. El padecimiento se caracteriza por la elaboración de fantasías a las que se considera como reales, y el paciente las presenta ante los demás como si poseyeran este carácter. Un aspecto importante es que el sujeto reconoce conscientemente la falsedad de sus ficciones, y es en el afán de presentarlas como verdades donde radica principalmente la patología. Los afectados por esta enfermedad, dice un psiquiatra, “mienten con una facilidad pasmosa, ya sea por conveniencia, ya por una absoluta y cínica falta de respeto a la verdad”.
Sería muy tedioso hacer una lista exhaustiva de síntomas de esta enfermedad que comparten decenas de especímenes pertenecientes a la clase política mexicana, pero para fundamentar la sencilla y práctica iniciativa que se propondrá más adelante, es necesario mencionar por lo menos algunos ejemplos, y qué mejor que las fantasías que el presidente Calderón se atrevió a exponer como verdades en el mensaje alusivo a su tercer informe de gobierno, a través de frases como las siguientes:
“La transformación de México está en marcha y va en la dirección correcta”.
“El establecimiento de los acuerdos necesarios entre las diversas fuerzas políticas ha permitido avanzar con éxito en la solución de desafíos torales del Estado de derecho y del desarrollo económico, social, ambiental y democrático del país”.
“En suma, la Estrategia Nacional de Seguridad no sólo ha permitido revertir la tendencia ascendente de la delincuencia y el narcotráfico, sino que ha debilitado las condiciones que hacen posible su reproducción y su ampliación. Por primera vez en mucho tiempo, el Estado está poniendo un límite a la acción de los criminales”.
“Las plazas ni se venden ni se heredan. Las obtienen los mejores maestros”.
“México es la nación en desarrollo que mayor combate al calentamiento global”.
“El país sigue fuerte y con rumbo”.
Es evidente que Felipe Calderón padece de pseudología fantástica. Si en este país no opera la revocación de mandato, si no es posible hacer que los gobernantes se separen de sus puestos por corruptos, incapaces o mentirosos comunes, debe haber alguna manera de que lo hagan con base en escrupulosos diagnósticos psiquiátricos, porque no podemos estar sino frente a verdaderos enfermos cuando han llegado al extremo de pretender que los ciudadanos nos creamos tanta mentira.
Algo verdaderamente tendrá que cambiar y tiene que ser de este lado de la línea que nos separa de los gobernantes que mienten patológicamente, pues en la medida en que están enfermos y no están siendo atendidos debidamente, no tienen remedio. Seguir permitiendo tanto cinismo y tanta burla nos hará pasar a la posteridad, a los ciudadanos de este momento histórico y de este país, como sujetos que no tuvieron la inteligencia, la voluntad y las iniciativas viables para revertir el desalentador estado de cosas, lo cual también podría ser considerado como un comportamiento no precisamente sano.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Los perdones de Jacinta


A Radio Bemba, Dossier Político y a todos los medios de comunicación, periodistas y ciudadanos que abogan abiertamente por la justicia en este país.


Frente a la ausencia de Estado, gobernabilidad y expectativas de cambio en relación a la clase política mexicana, una alternativa a las injusticias crecientes ha sido, desde hace tiempo, lo que algunos han llamado “litigio en los medios de comunicación”. Los medios lo son (medios), efectivamente. ¿Los extremos opuestos de las posibilidades que tienen de mediar?: 1.- Ser meras comparsas de los gobiernos (vocablo éste que, lamentablemente, lleva casi implicados los de corrupción e impunidad); 2.- Ser quienes exhiben sin reservas y exigen solución a los atropellos de la autoridad.
Estos litigios periodístico-ciudadanos no siempre, o más bien casi nunca, consiguen su propósito: contadas voces contra un aparato demasiado fuerte (todavía). Sin embargo, hay casos como el de Jacinta Francisco Marcial que, de no haber sido por las denuncias que de él hicieron algunos periodistas con base en investigaciones serias, honestas y valientes, de la presión que ejercieron en los medios de comunicación, no habría concluido con la liberación de la mujer otomí hace unos días. Además, sin la voz de estos periodistas, esfuerzos como el de las comisiones de Derechos Humanos “Fray Jacobo Daciano” y “Agustín Pro Juárez”, no hubieran tenido una adecuada difusión.
El asunto no es para vanagloriarse porque, como se ha dicho también, el proceso no está realmente concluido pues falta la reparación del daño, así como la liberación de otras dos mujeres que están en la misma situación de Jacinta: un encarcelamiento al que le queda chico el adjetivo de injusto.
Los argumentos esgrimidos por la autoridad al condenar a Jacinta, Alberta y Teresa son inverosímiles, absurdos y cínicos, por decir lo menos. La trama que montaron las autoridades para documentar el caso bien puede constituir el contenido de un chiste, de un chascarrillo, de una broma…, vamos, de una obra del teatro del absurdo (aunque de muy mala calidad). Solamente cuando se ha llegado al colmo del cinismo y la desvergüenza se puede fraguar el argumento de que estas mujeres secuestraron a tres miembros de la AFI… Sólo en un país en donde hasta lo más impensable en términos de abusos es posible, esta trama pudo haberse maquinado en serio.
No cabe duda de que en los cotos en donde se urden estas infamias, lo que predomina es un soberano desprecio a la inteligencia de los ciudadanos, el deporte del ultraje contra una sociedad cada vez más vapuleada.
Es muy doloroso escuchar a Jacinta. La entrevista que le hizo el periodista Ricardo Rocha al salir de la cárcel muestra una realidad que conduce inevitablemente a la conmoción, a las lágrimas, al coraje, a la impotencia excesiva. “Pobre, indígena y mujer” (sus tres verdaderos delitos, como lo ha dicho R. R.), las declaraciones de Jacinta revelan y sintetizan el México Profundo de siglos de injusticia, de usurpación, de intolerancia, de uso de la religión para favorecer la ignorancia, el conformismo y la resignación en aras de una justicia divina, así como el México “Superficial”, el de más acá, el de ahora, heredero y fortalecedor de los más cruentos vicios de la conquista y la colonización, encarnado en este caso en la figura patética de los agentes de la AFI (que ya no existe pero en su lugar está la Policía Federal Ministerial, muy acorde el nombrecito a este gobierno) y sus superiores: el México de la discriminación, de la prepotencia, del abuso, del machismo, de la misoginia, entre otras perlas.
Porque, ¿cómo podemos interpretar que los agentes hayan elegido precisamente a tres mujeres como víctimas de la infamia? Es la exhibición de la más vil cobardía, la más despreciable bajeza moral, la canallada más atroz de parte de un grupo de imbéciles con autoridad, frente a seres que concentran las más acentuadas "debilidades" en este país, según los despreciables criterios de los poderosos (ya se dijo: ser pobre, indígena y mujer). ¿Puede haber una explicación más vergonzosa y despreciable de esos remedos de hombre para justificar su aberración como la de que “las mujeres nos cachetearon, nos jalaron de los pelos”?
De verdad éste sí es un país, de plano, de a mentiritas, como dijo un destacado escritor mexicano.
Del lado de Jacinta, ¿qué arrojan sus declaraciones?: “Yo ni sabía que era secuestro por lo que me acusaron”, dijo. “¿Tiene usted algún rencor?”, le pregunta el periodista, y ella contesta. “No, no, yo no le tengo, porque pos solamente dios sabe por qué hace las cosas, pero yo no le tengo ningún rencor…, a lo mejor ellos cometieron un error, o pos no sé, es un error, a lo mejor en ese momento…, es que a veces no piensa uno las cosas y de repente…, dios tiene la última palabra y dios existe y…”.
Jacinta: ingenuidad, bondad, candidez, resignación, caridad, capacidad de perdonar, fe en el más allá, pero también, y de esto ella no tiene la menor culpa, expresión dolorosa de las consecuencias de siglos de asimilación de unos principios religiosos que fomentan la injusticia en esta tierra.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Elegir la trascendencia por la vía del humanismo: el único gran reto del próximo gobernador


¿Qué hará posible que un gobernante decida no ser un “títere en la comedia de la Historia”? ¿Qué cualidad tendría que formar parte de su constitución moral para, auténticamente, desear no ser una pieza inercial más en el engranaje de la dinámica política, tal como desde afuera se le presenta? ¿En qué intersticio de su humanidad residirá aquello que puede impulsarlo a sentar una diferencia real enfrentando condicionamientos (determinismos) difíciles, pero no imposibles de franquear?
Generalmente la palabra “cambio” (tan vapuleada, lo sabemos) suele situarse en el terreno de los propósitos y los logros concretos a los que aspira ‒o finge aspirar‒ el gobernante, en lo político, económico y social. Ejemplo: el inefable “cambio del cambio” del presidente Calderón (por el lado de la simulación). Pero, por la misma falta de credibilidad, confianza y esperanza en la figura del gobernante, poco ahondamos en algo mucho más inmediato: lo que se esperaría de la persona del político. Porque es de la persona, ese ente de carne, hueso y alma que asume el poder, de donde parte todo lo demás.
Hay varias formas de trascender, o de concebir la trascendencia. Sin duda para muchos políticos ésta consiste en conquistar un puesto, una posición en el rompecabezas de la burocracia gubernamental; en formar parte de “la banda” ‒si se permite la expresión coloquial‒ que ejerce el poder en determinado momento; quizás simplemente en ser conocido, famoso, en ufanarse porque su nombre “suena” en los medios de comunicación e irrumpe inevitablemente en las conversaciones. Sí, así de banales y mezquinas pueden ser las pretensiones: piénsese por ejemplo en muchos diputados y senadores que pasan sin pena ni gloria por las pasarelas del Congreso de la Unión.
En este mundo permanentemente en crisis, en donde reina la injusticia, la desigualdad, la incomprensión, la incapacidad de ponerse en el lugar de los desprotegidos, de Los Nadies como diría Eduardo Galeano, que cada vez son más y que con nuestros sistemas y métodos de gobierno se siguen multiplicando, trascender tendría que tener como condición el asumir una postura humanista de gobierno. Quizás suene idealista, pero si así lo parece es a causa de la solemnidad de la palabra, que, desposeyéndola de esa equivocada connotación significa, sencillamente, centrar el pensamiento y la acción en el valor y la dignidad del ser humano. Simple pero profundamente complejo a la hora de los hechos, de las acciones, del actuar gubernamental. Antes hay que escudriñar a qué realmente corresponde esa palabra (dignidad) en la realidad, y para lograrlo, la condición es realmente querer trascender.
“Es humanista ‒dice otra definición más académica‒ cualquier posición que cargue el acento sobre el valor y la dignidad del hombre y sus capacidades creadoras, sobre el hecho de que él es el artífice y el soberano del orbe en que vive” (Garin). Así, el humanismo conviene a la figura del político que quiere trascender, ya que a través de esa vía reafirma las posibilidades que el privilegio del poder le otorga para construir, crear, subvertir, sustraerse al estatismo que marca la fetichización de la política (“políticos karaoke” llamó el periodista Jenaro Villamil a aquellos acartonados, teatrales, montadores de escenarios mediáticos para sustituir su incapacidad, su falta de vocación auténtica; humanista, agregaríamos).
Querer trascender es renunciar a esa farsa.
¿Un ejemplo de cómo gobernar desde esa postura humanista? Tratar a los otros, a los gobernados, como semejantes. Ver en ellos un reflejo de la propia humanidad. ¿Cuál es el problema con establecer el diálogo (que implica el reconocimiento de la dignidad del otro) como parte de una metodología de gobierno?
Asumir una postura humanista, es, por ejemplo, tratar más allá de los pleitos leguleyos a los papás de los niños víctimas del incendio de la guardería ABC, como si el gobernante estuviera tratando consigo mismo en una situación similar. Es no hablar irresponsablemente, no prometer lo que se sabe que no se va a cumplir porque no se quiere o no se puede cumplir, es saber callar para no humillar, para no ofender; es enterrar para siempre la retórica y hablar con la verdad; abandonar la frialdad del trato y optar por el acercamiento genuino; renunciar a la autocomplacencia y optar por la autocrítica.
La conquista de ese reto garantizaría la consecución de otros múltiples desafíos, por eso tendría que convertirse en el objetivo integral del gobernante; y por eso hablamos de que se trata de su único GRAN reto, ya que engloba a todos los demás.
La vía humanista, por definición, no se proclama, se practica. Ojalá dentro de uno, dos, cinco, seis años, concluyamos, a partir de los hechos, que tuvimos un gobernante que realmente quiso trascender.

jueves, 3 de septiembre de 2009

La crisis de la palabra o la soberanía del mal-decir


La devaluación metódica del habla en la propaganda política y en el esperanto del mercado de masas es demasiado poderosa y difusa para ser definida sin dificultad. En aspectos decisivos, la nuestra es una civilización “después de la palabra”.
George Steiner


Hay un crimen que, en cierto sentido, engloba a todos los demás: el crimen contra la palabra. ¿Su nicho?: la esfera de la política, en concreto la de los hombres en el poder. Si el mundo sobrevive, si la humanidad no perece, esta época será calificada como aquella en la que la palabra perdió casi completamente su propósito, su fin último, que, en el terreno de la relación entre gobernantes y gobernados incluye, o debería incluir, la fidelidad del discurso, el nombramiento veraz de la realidad.
Con Steiner, la retórica política, la falsedad de los medios de comunicación dominantes, la trivialización del discurso público, han hecho que todo lo que oímos hoy en día sea una jerga vacía, una “locuacidad cancerosa”.
Entre gobernantes y gobernados la brecha es cada vez más grande en virtud de ese crimen contra la palabra: ahí en donde supondríamos debía estar la intersección de ambas entidades, el punto de encuentro, la comunicación efectiva, útil, se ha abierto un hoyo negro, un vacío cada vez más profundo.
Acá la realidad, y su discurso allá. Las cifras dramáticas sobre la pobreza, la corrupción, el delito, el crimen organizado, el abuso de autoridad, la falta de respeto a los derechos humanos, la desconsideración cada vez más irresponsable hacia los niños, todo eso que conocemos porque afortunadamente existen formas más o menos objetivas de evaluar la realidad (por parte de organismos internacionales, centros de investigación, universidades y Organizaciones No Gubernamentales), todo eso acá, y ellos con su palabra devaluada, falsa, corrupta, sucia, allá. Ellos maquillando, enmascarando la realidad, simulando que aquello no pasa, y que si pasa es “de a poquito”, meros catarritos, detallitos sin importancia, y los ciudadanos padeciendo la brutalidad de las circunstancias reales.
Dos mundos, dos historias que se desencadenan en sentidos opuestos.
La historia se repite cada informe de gobierno, cada intervención pública del funcionario, cada vez que ocurre un crimen escalofriante y el gobernante en turno sale a decir que se hará justicia, que “nada ni nadie por encima de la ley”, que no habrá distingos ni excepciones en su aplicación. Y después: la palabra burlada. Aquello fue una mera sucesión de vocablos para salir del paso, para sortear el momento difícil de la indignación social.
Veámoslo bien: estamos atrapados en el absurdo. Ellos con su palabra devaluada, simuladora, encubridora, mentirosa, y los ciudadanos sometidos a ella como público cautivo de un montaje grotesco y degradante. ¡Y las cosas no cambian: empeoran! Cada vez más simulación, más mentira, más crímenes contra la palabra.
Sí, la historia se repite. Para ellos no es complicado porque basta con “refritear” los discursos pasados, desempolvar unos, rehacer otros, para volver a soltar la misma arenga en el proscenio del mal-decir. Pero para el ciudadano no es fácil porque resulta cada vez menos tolerable ver cómo la palabra se devalúa más, los asideros se pierden y sobreviene con mayor fuerza lo que es ya sustancia en la atmósfera ciudadana: la incertidumbre, la desconfianza, la desesperanza, el desencanto.
El discurso de Felipe Calderón con motivo de su tercer informe de gobierno es un ejemplo de esta burocratización de la palabra: frases hechas, manipulación de la información, omisiones, escamoteo de lo esencial, retórica, vacuidad. Es un discurso que repite a los dos anteriores (2007 y 2008); comparte con ellos una lista ejemplar de lugares comunes, de buenos propósitos, de bellos pensamientos sobre el gran país que somos y sobre la fortaleza de los mexicanos para soportar estoicamente las crisis (que, claro, la mayoría nos vienen de fuera), pero sobre todo, los tres son el mismo mar de promesas.
Es un ejercicio interesante leer y comparar los tres mensajes porque se confirma lo que hemos expuesto. Si en el discurso de antier se notó un ligero cambio de tono es porque, en este escenario de notable presión social, había que inocular la percepción de que se está en sintonía con la preocupación colectiva, pero no, se trata de las mismas palabras vacías de significado. No sería necesario esperar al informe para convencernos de que el presidente continúa con su propósito de “transformar al país” como lo ha repetido hasta la saciedad. Los hechos hablarían por sí solos.
En el mensaje con motivo de su primer informe de gobierno FC convocó a “transformar a México de ser un país con casi la mitad de su población en la pobreza, a ser un país próspero y donde hayamos erradicado totalmente la miseria”. En el mensaje alusivo a su tercer informe, adujo (en relación a los 10 pasos para “salvar al país”): “El primero y fundamental, tiene que ver con las condiciones de pobreza en la que vive la mitad de la población, y en particular la pobreza extrema, que sufre uno de cada cinco mexicanos”. En sus palabras, en dos años la pobreza aumentó de “casi la mitad de la población” a “la mitad de la población”, y nunca supimos por qué su convocatoria de 2007 falló y cómo fue, pues, que pasamos de casi la mitad de pobres en el país a estrictamente la mitad. Ejemplos como éste abundan en los tres discursos.
Por eso, tanto los informes anuales como los mensajes a la nación deberían ser documentos fundamentalmente evaluadores de las promesas y propósitos inscritos en el documento antecedente: el informe y el mensaje del segundo informe, una evaluación y autocrítica de lo que se cumplió o no se cumplió de lo dicho en el primero, y así sucesivamente. De otra manera no saldremos nunca de este círculo vicioso, de esta farsa de la palabra política (y de la palabra “política”).
Como dijo ayer el analista Adolfo Sánchez Rebolledo: “la elite dirigente se esconde tras las palabras para no aceptar su pobreza intelectual y moral, pero se prepara para proseguir con las mismas políticas de siempre”.
Los políticos han creado una suprarrealidad y las tensiones entre ella y la realidad cotidiana son cada vez más fuertes. El fondo que se ha tocado no es el fondo al que alude Calderón (por cierto, repite 17 veces la palabra “fondo” en su discurso, con lo que al final el vocablo ya no nos dice mucho, ha sido desgastado: todo lo quiere hacer “a fondo”, ¿qué termina por ser “a fondo”?), en donde desde hace tiempo nos estamos precipitando, sino la falta de fondo que proyectan sus palabras.