sábado, 12 de junio de 2010

Herodes redivivo

La cabeza de la hidra del caso ABC

Existe una cierta ideología que hemos llamado (equivocadamente) maquiavélica, que nos lleva a pensar que, para el engrandecimiento propio, todo es permisible, incluso el incumplimiento de la ley. Los tiranos griegos, los césares romanos, los papas y los emperadores la poseyeron; esta feroz ideología ha desencadenado guerras, justificado atrocidades, causado indecibles sufrimientos; al final, siempre ha llevado al derrumbe de las sociedades en las cuales ha echado raíces.

Alberto Manguel, El libro de los elogios


Algunos pasajes de la Biblia cuyas anécdotas han querido pasar como hechos reales a la historia oficial son, lo sabemos, meras leyendas. Tal es el caso de la sanguinaria matanza de infantes comandada por Herodes. Sin embargo, esos acontecimientos forman parte de la memoria social, están ahí, en el ethos. Son sucesos que importan más por su verosimilitud que por su veracidad. Así, lo que se impone en el relato sobre el rey de Judea (aun frente a quienes defiendan la tesis de la autenticidad histórica) es que alguien pueda ser capaz de mandar matar a cientos de niños, más que el que efectivamente haya ordenado asesinarlos. Como en la literatura, lo fundamental es que determinadas acciones sean posibles como expresiones de la condición humana, y poco interesa su verificabilidad.

La tragedia de los 49 niños fallecidos y los más de 70 que padecen graves secuelas de salud física y emocional a consecuencia del incendio de la guardería ABC de Hermosillo ocurrido el 5 de junio de 2009, fue ocasionada por el nuevo Herodes, el Herodes redivivo, el Herodes contemporáneo, el Herodes neoliberal[1], el Herodes de la “Era de la Criminalidad” (Federico Campbell dixit).

En adecuada metáfora, los vicios y perversidades del legendario monarca que mata para perpetuarse en el poder, se han repartido o dosificado, en el asunto que nos ocupa, en una serie de individuos, grupos de poder, gobernantes, funcionarios, empresarios, asociaciones, organismos, gobiernos, dependencias, institutos. Es un Herodes diluido, portador de un camuflaje que, desde un principio, ha querido ser exitoso, triunfar sobre la verdad, una verdad que cada vez le es más difícil evadir. Un Herodes diseminado estratégicamente en un colectivo de aliados.

Ideando polos opuestos, en el lugar del dejo de decoro que podría significar la claridad y transparencia de una acción individual o de grupo que diera lugar a confesiones o reconocimientos del tipo “yo agredí a”, o “mandé matar a” (ésta es la suposición, por supuesto, menos factible), o “fulano mandó asesinar a”…; en el lugar equivalente a aquella ética ancestral del duelo, en donde la confrontación era frente a frente, asumida por las partes y a la vista de todos, encontramos la cobardía colectiva, el “entre la bola ya no se supo”. Nos topamos con el montón y los montoneros.

El Herodes que nos ocupa es un Herodes chafa, vulgar, abyecto. No da la cara, se escuda en los otros, traicionando incluso a sus propios cómplices.

El Herodes redivivo por cuyos actos negligentes y criminales murieron y enfermaron decenas de niños, es como la cabeza de la hidra, el mítico monstruo de las siete cabezas. Podríamos adjudicarle un personaje a cada una de esas seseras: las más grandes, a) los dueños de la guardería, b) el IMSS, c) el Gobierno del Estado, d) el Ayuntamiento de Hermosillo; las menos grandes pero sólo porque están subordinadas a algunas de las anteriores: e) Delegación estatal del IMSS en Sonora; f) Secretaría de Hacienda del Gobierno del Estado, g) Protección Civil del Gobierno del Estado.

Podríamos adjudicar nombres a las siete testeras de otra hidra, nombres y apellidos de personajitos de carne y hueso que andan por el mundo deambulando –a oscuras unos, a la luz otros– por la vereda ominosa de la impunidad; para ello solamente hay que remitirse al Informe Preliminar de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en donde se les señala tal cual[2].

En el caso de la guardería ABC confluyeron los elementos precisos para que la tragedia tuviera lugar. El caldo de cultivo en el que se fue engendrando el nuevo Herodes es la descomposición moral de la élite política y económica: falta de respeto, violación y burla de la ley; alianzas y componendas entre el grupo gobernante y los empresarios; corrupción en todos los ámbitos y niveles (políticos, empresarios y subordinados de ambos); tráfico de influencias, encubrimiento y mentira; desprecio por los trabajadores y sus hijos; nula conciencia sobre los derechos de los niños e insensibilidad sobre su bienestar; prepotencia, egoísmo, avaricia.

Las piezas del ingrato juego fueron deslizadas con movimientos de filigrana para lograr el resultado infernal. Quizás si sólo uno de los involucrados se hubiera[3] salido a tiempo de la jugada, la tragedia se habría evitado. Quizás si sólo uno se hubiera negado a someterse, hubiera alzado la voz y denunciado, se habría frenado la detonación de la bomba en potencia que era la guardería. Pero predominó la corrupción montonera, la maraña de contubernios, la red de complicidades. Quienes tuvieron participación en el conjunto de jugarretas, cumplieron con su deber de hacer las cosas “bien” en este país de violación de la ley: cada uno aportó su parte.

El Hermosillo de fines de la primera década del siglo XXI goza ahora de la fama de haber concentrado la podredumbre moral capaz de quitarle la vida a 49 menores, enfermar a más de 70, desgraciar la vida de decenas de familias, llenar de impotencia y dolor a muchos ciudadanos.

No cabe duda, el caso ABC es una metáfora cruel, la más cruel posible, del México de injusticias que vivimos.

Si hablamos de la herramienta homicida del Herodes redivivo nos salimos del terreno metafórico para describir un arma real: la bomba de napalm que les cayó a los niños en sus cuerpos. El cuchillo del nuevo Herodes fue esa arma explosiva, la misma que se usó en la guerra de Vietnam y se ha utilizado en otros conflictos bélicos. Así lo describe un investigador de la Universidad de Sonora, experto en transferencia de calor, en un artículo titulado “Lo que les cayó a los niños fue prácticamente napalm”:

La mezcla compuesta básicamente por benceno y poliestireno, adicionada con un agente iniciador de la ignición, como fósforo blanco, se conoce como napalm.

El poliestireno se utiliza para darle cuerpo a la mezcla, lo cual produce una especie de gel que una vez encendido difícilmente puede ser sofocado, además se comporta como un plástico pegajoso que se adhiere a la piel o a los objetos con los que tiene contacto y permanece encendido durante bastante tiempo. (…)

… un pequeño fuego iniciado, por ejemplo por un corto circuito, genera gases calientes que pueden llegar a los 1000°C, estos gases suben rápidamente buscando las partes altas de la vivienda o edificio, es aquí donde los gases calientes entran en contacto con el poliestireno. (…)

Este no es el caso de un incendio común que empieza en una parte determinada y que lentamente se desplaza conforme encuentra material inflamable, aquí la explosión de los gases extendidos por todo el techo son el medio por el cual el fuego se propaga. Como es el techo el que se colapsa, cae como un baño de aceite hirviendo e inflamado sobre todas las superficies, prácticamente como una bomba de napalm. Para esos momentos no hay solución posible. (…)[4].

Sobre los efectos del napalm sobre el cuerpo humano, Kim Phuc, la niña de aquella fotografía emblemática de la guerra de Vietnam que, escoltada por unos soldados, corre despavorida junto con otros niños con gestos de estar experimentando una tortura, dijo: “El dolor era tan terrible que perdí la conciencia (…) Yo no sabía lo que era el dolor. Me había caído en la bicicleta algunas vez, pero el napalm es lo peor que pueden imaginar. Es quemarte con gasolina por debajo de la piel. Para mí es sinónimo de infierno”[5]. Exactamente eso les ocurrió a los niños de la guardería ABC.

Sobre esa bomba a punto de estallar que fue por mucho tiempo la guardería existían serias advertencias. Una de las más completas puede leerse en las páginas 270 y 271 del citado informe de la SCJN, en el oficio 2790013200/23180 del 26 de julio de 2005. Dadas las evidentes irregularidades e incumplimiento de normas oficiales en las instalaciones del inmueble, se hacen, entre muchas otras, las siguientes recomendaciones que debieron asumirse como obligatorias y acatarse de manera inmediata (es ampliamente conocido que no fue así):

1.- Instalar puerta de entrada de dos metros de ancho libre y 2.10 de altura mínima, tipo abatible en doble hoja.

2.- Instalar puertas de seguridad con barra de empuje abatible hacia el exterior de 1 metro de ancho mínimo en las salas de lactantes C y en patio de juegos.

3.- Sustituir los plafones existentes en salas de usos múltiples a maternales con material no combustible, debido a que actualmente tienen instalado un plafón de base de lona plástica tipo carpa y es un material altamente combustible.

4.- Colocar material aislante en el techo del inmueble.

De la bodega de la Secretaría de Hacienda del Gobierno del Estado contigua a la guardería, en donde comenzó el incendio, se hicieron también diagnósticos y se expusieron las violaciones a normas de seguridad:

1.- Dentro de la bodega se almacenaban más de cinco mil kilogramos de inventario de sólidos combustibles, con lo que el grado de riesgo de siniestro era alto.

2.- Además de incumplir con las obligaciones impuestas por la normatividad vigente, “la bodega debía tener en sus instalaciones equipo contra incendio, respecto de lo cual no existe constancia alguna demostrativa de que tales disposiciones fueran cumplidas. Para decirlo en una palabra, la bodega no tenía ni siquiera un extinguidor, cuando su obligación era tener sistema contra incendios, o sea, rociadores o aspersores de agua, no sólo detectores de humo que son típicamente sistemas de prevención de incendios”[6]. Todo esto se expone con más detalle en el proyecto del ministro de la SCJN Arturo Zaldívar, publicado en la red el 3 de junio de 2010[7].

Así pues, el no acatamiento de la normatividad oficial en materia de seguridad por parte de la cabeza de la hidra que provocó la muerte de 49 niños y enfermedades vitalicias a más de 70, es un asunto probado e irrefutable. Pero en México la aplicación de la ley, lo sabemos y se ha repetido hasta el hastío, es un asunto de conveniencia o no para el Estado, un asunto de jerarquías políticas y de clases sociales.

El pesimismo arrecia cuando pensamos que, en el caso de lograr segar las seseras de la hidra, renacerían, como dicta el mito. Para abatir esa posibilidad no queda otro camino más que trocar a Hércules por la fuerza de una voz ciudadana férrea e incansable.

Como si el daño no fuera suficiente, asistimos al montaje de una escenografía tenebrosa por parte del estado[8]: a) El show mediático, como el deseo fallido de Calderón de tomarse la foto con los padres dolientes a unos días del primer aniversario de la tragedia, cuando durante meses se le ha solicitado que vaya a Hermosillo a atender el asunto; b) La mentira y la simulación, como aquel embuste de que la interpol buscaba a los dueños de la guardería, cuando se encontraban tranquilamente en la ciudad de la catástrofe; c) la manipulación religiosa, cuando uno de los “más altos” representantes del clero en Sonora firmó cartas de apoyo avalando la “calidad moral” de los dueños de la guardería, para presentarlas como argumentos frente al juez a cargo del caso; d) el encubrimiento entre iguales por parte de instituciones como el patronato de la Cruz Roja, la Coparmex, la Canaco, la Unión Ganadera y diputados locales, al avalar, a través de misivas dirigidas al mismo juez, el prestigio social, la bonhomía y la honorabilidad de los patrones de la estancia; e) la burla de algunos médicos y funcionarios del IMSS al pretender hacer creer que los niños que inhalaron gases tóxicos durante el incendio “no tienen nada”, además de todas las acciones sospechosas y humillantes para los padres que llevaron a cabo recién desencadenada la tragedia, como la de impedir que se trasladara a algunos menores al Hospital Shriner de Sacramento California, el lugar idóneo para que fueran atendidos.

Pero existe otra realidad que nada tiene que ver con el montaje y sí con el dolor más profundo de que puede ser víctima un ser humano: a) Familias destrozadas por el sufrimiento; b) Padres que querrían quitarse la vida pero no lo hacen porque tienen otros hijos y cónyuges a quienes proteger y responder y porque los detiene su lucha por lograr justicia; c) Decenas de niños con fibrosis pulmonar y otras afecciones que padecerán de por vida; d) Decenas de niños y adultos con trastornos emocionales y psiquiátricos; e) Padres y madres que han perdido su trabajo a raíz de la tragedia; e) Amenazas a los padres de familia del movimiento ABC intentando impedir que sigan con el desafío que se han impuesto y al que tienen absoluto derecho.

Finalmente, la frustración e impotencia frente a la impunidad por parte de los padres, familiares y muchos ciudadanos, pero al mismo tiempo el convencimiento y el coraje para eliminar al monstruo, al Herodes redivivo, al Herodes poliencefálico, como la misma hidra.



[1] Sin mayores complicaciones, con este término intento destacar el predominio de las reglas del mercado sobre el desarrollo y los avances sociales, la democracia, los derechos humanos. La objeción es a la desigualdad social y económica que promueve, a la concentración de la riqueza en un reducido grupo, a la desprotección y retroceso gradual de la mayor parte de la población. Tal es el caso de México y un análisis del caso ABC a la luz del régimen neoliberal sería muy ilustrativo.

[3] El “hubiera” no sólo existe sino que, entre otras noblezas, es una de las expresiones más útiles para suponer escenarios y develar omisiones, en este caso criminales.

[4] Rafael E. Cabanillas López, “Lo que les cayó a los niños fue prácticamente napalm”, La Jornada, México, miércoles 24 de junio de 2009. (Los subrayados son de la autora).

http://www.jornada.unam.mx/2009/06/24/index.php?section=opinion&article=a03a1cie

[6] Páginas 301 y 302 del Informe Preliminar de la SCJN.

[8] Con minúsculas, a propósito.

Las omisiones de San José

Tregua

Aún es larga la noche

y los enfermos se revuelven

sobre sus lechos.

Entre sus sueños piden tregua,

por cada tos, por cada pena

de estar ardidos en el frío;

un minuto es un año,

y lento se detiene el cuchillo del cielo

entre los pliegues de la herida.

Del libro A la salud de los enfermos

de Juan Domingo Argüelles

En La montaña mágica de Thomas Mann se lee: “La enfermedad es perfectamente humana, pues ser hombre es estar enfermo”. Humana, demasiada humana, la enfermedad es la medida de nuestra imperfección y a la vez de nuestra transitoriedad. Anticipo proclamado de la muerte, el que “el monstruo” (a la Foucault) despierte en nuestras entrañas significa morir un poco. Un recordatorio, una estremecida que nos hace tocar fondo, poner los pies en la tierra movediza, impredecible y amenazante que habitamos.

Mientras vivimos, vamos muriendo enfermándonos; mientras morimos, vivimos enfermándonos; mientras nos enfermamos, vamos viviendo hacia la muerte. El que esté libre de enfermedad que se dé entonces baños de pureza.

No, no es una visión fatalista-pesimista de la existencia, sino una reflexión contestataria: habría que entrenarnos, desde que comenzamos a interiorizar el mundo y hasta el “siempre” de cada quien, en ese tenor.

En esta carrera inevitable, los hospitales, al lado de la industria farmacológica y la entidad colectiva “médicos”, son instituciones normalizadores; se encargan de corregir la desviación de la norma salud. Su objetivo es “regresar” a los individuos a ella, o por lo menos aproximarlos.

Los nosocomios privados no escapan a la maquinaria burocrática capitalista. Es así por principio en tanto instituciones que venden, comercializan el acceso a la salud. Recientemente he podido comprobar in situ el peculiar mecanismo de estas clínicas debido a un internamiento de cinco días en el Hospital San José de Hermosillo, para una intervención quirúrgica. Si bien esa experiencia no es representativa de todos los hospitales privados, sí es un indicador importante.

Conozco también el funcionamiento de los hospitales públicos, de modo que tengo elementos para establecer comparaciones; pero no es ése el propósito ahora. Los privados son, ciertamente, oportunas alternativas, si bien nos va, con respecto a los operados por el Estado, plagados, en general, de deficiencias, mala operación e incluso inmiscuidos en la corrupción y otros vicios propios de los gobiernos que padecemos.

El enfermo, en especial el que está internado, se encuentra en un estado de vulnerabilidad; está frágil, expuesto: es un paciente. La contraparte de su obligada pasividad es la acción, la actividad, la diligencia del aparato hospitalario, al cual se le contrata para que subsane las contrariedades de salud. El paciente también es, entonces, un cliente al que se debe atender en correspondencia al pago de un servicio.

Para mis médicos, cardióloga y angiólogo, no tengo más que gratitud y reconocimiento a su calidad profesional, responsabilidad y buena disposición; en particular la oportuna detección y tratamiento de mi problema antes, durante y después de la operación de la doctora, y la pericia quirúrgica, cuidados y atención del período postoperatorio del médico que me intervino. El área de radiología de la clínica, a donde acudí dos veces, brinda un buen servicio gracias a los médicos que la atienden y al equipo de alta tecnología con que cuenta.

Pero la deficiencia se presentó en otras áreas.

“Cada quien habla como le va en la feria”, o más pomposamente como se dice en España, “cada cual cuenta la fiesta según le va”. Es indudable que hay pacientes que han tenido una experiencia satisfactoria en ese nosocomio (vocablo que en el griego original significa “establecimiento destinado al cuidado de enfermos”, mientras que “cuidado”, según el DRAE, significa “solicitud y atención para hacer bien algo”, requisito mínimo con el que debe cumplir un hospital).

Pues bien, a las molestias, riesgos e incertidumbres naturales propias de un estado delicado, se sumaron los siguientes errores y omisiones, que se traducen en descuido e insensibilidad ante la vulnerabilidad del enfermo. Al lector quizás le parezca que la autora peca de puntillosa y concienzuda en sus señalamientos y descripciones, pero en una situación de indefensión cualquier contrariedad, por mínima que sea, provocada por aquellos de quienes uno depende, incide no sólo en el padecimiento en sí, sino en la esfera sensible de las emociones. Éstas se suman a lo ya de por sí difícil de la situación.

a) Mis familiares no fueron notificados cuando salí de la operación, de tal forma que durante un largo rato continuaron pensando que aún me encontraba en el quirófano y por consiguiente siguieron preocupados y sin saber absolutamente nada de mi estado;

b) Después me enteré de que les dieron información errada al asegurarles, cuando ya había salido de la sala de operaciones, que todavía me encontraba en ella pues la intervención “se había demorado una hora y media”, cuando en realidad el retraso fue de 15 o 20 minutos (¿de dónde sacarían ese dato falso?);

c) Una fracción de esos minutos de demora se debieron a que al llegar al área de quirófanos no había camilleros listos para trasladarme a un cubículo de espera. La enfermera, molesta, tuvo que lanzar un grito para que acudieran;

d) Cuando desperté de la anestesia en la sala de terapia intensiva no había nadie a mi alrededor. Tuve que gritar para que acudieran a mi cubículo o apartado;

e) Me enteré entonces de que mis familiares no estaban enterados de que ya había salido de la operación y me encontraba en la sala de terapia intensiva. Como excusa, me dijeron que “no había nadie en la habitación” (la que me habían asignado desde antes de la intervención y hasta mi salida de la clínica), cuando en realidad mis familiares y amigos íntimos se encontraban ahí;

f) No conseguía por ningún medio comunicarme con ellos. ¿Estaría descompuesto el sistema de magnavoces con el que todo hospital debe contar? Inmersa todavía en las molestias de la anestesia pedí (el colmo) que llamaran a un celular. Cuando la enfermera me dijo que “en esa sala estaba prohibido” su uso”, le dije: “Pues sálgase al pasillo, elemental, ¿no?”. Finalmente accedió;

g) Al constatar lo difícil que era que me atendieran cuando necesitaba algo, solicité la especie de micrófono con el que, en los cuartos habituales (que no son de terapia intensiva), el enfermo puede comunicarse con al módulo de enfermeras (recurso excelente), pero me contestaron que ese mecanismo no se utilizaba ahí porque “no era necesario”, ya que las enfermeras “estaban muy pendientes de los pacientes” pues ahí era ¡terapia intensiva! En mi caso no fue así: siempre tuve que gritar o pescar el paso de algún humano que se trasladara por enfrente de mi puerta (algo remoto pues me encontraba en el último cuarto de la sala) para conseguir que acudieran;

h) Gritar, para un paciente recién operado, es peligroso; se encuentra en riesgo de que le sobrevengan complicaciones, de ahí mi traslado al área de terapia intensiva. En las 14 o 15 horas que estuve ahí, no pude sensibilizar a las enfermeras de esa situación;

i) Mi cuarto o cubículo era literalmente un congelador. Pedí que subieran la temperatura o idearan algún otro recurso para aminorar el excesivo frío. “Ay sí, es cierto, éste es el cuarto más frío de terapia”, me dijo una enfermera, se dio la media vuelta y se retiró. Me dije y les dije: si la refrigeración en esta área es central y las necesidades de otros pacientes ameritan una temperatura baja, bien pueden cerrar las rejillas de lo que corresponde a mi espacio o, utilizando un recurso rudimentario, cubrirlas parcialmente con algún cartón, pero lo único que conseguí fue indiferencia (esa experiencia me hizo recordar otra literalmente contraria, cuando en el hospital del ISSSTE de Hermosillo un grupo de mujeres cuidadoras de sus padres prácticamente nos amotinamos en las oficinas administrativas –despacho del director incluido- para que apagaran el aire acondicionado de esa sección, pues no era justo que ahí gozaran del fresco de la refrigeración mientras los pacientes internados padecían el crudo calor del verano, ya que el sistema de aire artificial de esa área “se había descompuesto”). Debo agregar que parte de mi operación implicó la entrada de un catéter en los pulmones, y mi pobre intuición me decía que debía cuidarse la temperatura ambiental;

j) No sólo no resolvieron mi solicitud, sino que prácticamente me congelé cuando me dieron un “baño de esponja” en la cama. Ni aun ante la evidencia de la exposición desnuda de la paciente al aire helado, hubo iniciativa alguna para hacer algo con el aire acondicionado. Cuando menos pensé me estaban lavando la cabellera; después el resto del cuerpo. Los labios morados y el temblor por el frío no inmutaron a la enfermera;

k) A la mañana siguiente de la operación, el médico cirujano me dio de alta de terapia intensiva y autorizó y solicitó que me trasladaran a mi habitación. Pasaron horas y esa indicación no era acatada. Tuve que disgustarme y alzar la voz buscando que se acelerara el trámite. La excusa de la enfermera encargada fue que “había pacientes graves ahí” y que tenía que esperarme. En todos los hospitales, desgraciadamente, hay pacientes graves, pero tal circunstancia no es una justificación para desatender a los enfermos menos delicados. Exagerando un poco para ilustrar el despropósito, no se le puede pedir a una mujer a punto de dar a luz que detenga o desacelere su trabajo de parto alegando que en otro lugar del nosocomio hay internos graves. Cada enfermo-cliente debe ser atendido según sus necesidades. Cuando, molesta, expresé mi opinión, no pasaron cinco minutos para que los camilleros llegaran por mí. Al parecer, el grito y el disgusto son gestos que en la sala de terapia intensiva de ese hospital sí funcionan para conseguir lo adecuado y justo;

l) Por lo menos en lo que consta a mi experiencia, no existe en esa clínica la rutina de la visita colectiva formal (médico de guardia, jefa de enfermeras, enfermeras) a los pacientes cada cambio de turno, en la que se informa en voz alta sobre la enfermedad, la gravedad o no del caso, los medicamentos que se están suministrando, y se hacen las recomendaciones pertinentes para el debido cuidado del interno. Presencié únicamente visitas informales, nunca presididas por un médico ni con todo el personal responsable. Por ello, en varias ocasiones tuve que explicar tanto al médico de guardia (cuando lo llamé para disipar algunas dudas, porque nunca acudió por iniciativa propia) como a las enfermeras en turno, por qué estaba hospitalizada, de qué me habían operado, etcétera. Vamos, hasta mi nombre tuve que repetir varias veces, pues no se tomaban la molestia de acercarse al pequeño letrero en donde estaba escrito, de tal forma que me divertí jugando con las distintas opciones cada vez: Guadalupe, Beatriz, Lupita, Guadalupe Beatriz, Lupe…

m) En mi caso no se cumplió la regla imprescindible en todo nosocomio de preguntar al paciente diariamente, incluso varias veces al día, sobre sus actividades fisiológicas elementales, las que, si no son regulares, pueden obstruir o dificultar un adecuado restablecimiento;

n) Y el colmo. Al ingresar al hospital y antes de que me suministraran medicamentos, los doctores indicaron que se me tomara una muestra de sangre para practicarle un análisis especial que sólo se realiza en laboratorios foráneos, en este caso en la ciudad de México. Dicho estudio era muy importante pues arrojaría datos sobre las condiciones de mi sangre y quizás sobre las posibles causas de mi padecimiento. Cuando llegó el momento de recoger los resultados una semana después, se nos dijo que durante el traslado al DF “la sangre se había derramado”; en una palabra, la muestra se perdió. Dicen en el laboratorio de la clínica que, ¡previendo situaciones similares! (¿habrá aprobado el ISO correspondiente la empresa a la que subcontratan para esos traslados?), ellos guardan una dosis del granate líquido, el cual supuestamente se envió de nuevo a la ciudad de México para su análisis.

Es común que, como respuesta a las quejas que expreso frente a familiares y amigos, escuche frases del tipo “En todas partes es igual”, “Hasta en los mejores hospitales del mundo pasan cosas como ésas”, “Ni para qué te quejas, todo va a seguir igual”. Se trata de visiones que, multiplicadas en ámbitos diversos, han favorecido la constante falta de respeto a los derechos ciudadanos en todos los órdenes

Si quienes consideramos tener una visión no conformista sino crítica de la existencia, otorgáramos un peso específico al “mal de muchos” como consuelo, no denunciaríamos nada en este mundo en donde el principal enemigo del hombre es el hombre mismo.

PS. El Hospital San José de Hermosillo fue inaugurado durante el sexenio de Eduardo Bours. Le antecede el Hospital San José de Ciudad Obregón, inaugurado en 1992; el antecedente de éste es, a su vez, la Clínica San José de esa misma ciudad. En la página de internet del hospital, www.grupomedicosanjose.com.mx, que, por cierto, no cuenta con directorio, se anuncia que próximamente se abrirá el Hospital San José de Nogales. Se trata, pues, de una cadena o franquicia sonorense, cuyos accionistas son constructores, empresarios y un grupo de médicos.